sábado, 27 de diciembre de 2014

ALTAZOR, TEMBLOR DE CIELO de VICENTE HUIDOBRO


Yo sería capaz de llorar en el amanecer por verte sonreír.
Sería capaz de mendigar el saludo del espectro que camina
solemne hacia la edad de piedra.
Bien lo sabes, por ti pasaré como un reflejo de selva en selva.
¿Qué más quieres?
Dos cuerpos enlazados domestican la eternidad.
Y es preciso ponerse de rodillas.
Entonces el castillo se convierte en una flor, el ojo se convierte
en un río lleno de barcas y toda clase de peces.
El piano se convierte en una montaña, el mar en una pequeña
alcachofa que gira como un molino.
Los nervios se convierten en un árbol lleno de temblores y
sus temblores se propagan en l anoche de trecho en trecho
hasta el infinito.
El cerebro rueda cuerpo abajo y se va no sabe dónde. Al
mismo instante las selvas huyen a la desbandada.
Empieza el suplicio de los huesos con su saco de nubes a
cuestas, bajando desde la cumbre de la matriz silenciosa,
triste como el pájaro de una bruja, como la flor amenazada
en la noche.
Preparado por la soledad todo es posible. Desde luego
colgada de cada lámpara una mujer se mece en el aire
que respiramos. Sale una música de cada cuadro en la pared,
puesto que sabemos que todo paisaje es un instrumento musical.
Y detrás de cada puerta hay un esqueleto impaciente que espera.
La noche llora en su retiro completamente abandonada.
La noche que te auscultaba el corazón. La noche ¿te acuerdas?
Cuando las cortinas tomaban forma de orejas y forma de párpados
con pestañas de silencio. Entonces yo me inclinaba sobre ti como
en una mesa de disección, hundía en ti mis labios y te miraba;
tu vientre semejante a una herida viva y tus ojos como el fin
del mundo.
Arrastrados por la soledad, Isolda, nos sumergimos en la noche

que nos esperaba al pie de la casa..

martes, 23 de diciembre de 2014

DISCURSO VICENTE ALEIXANDRE, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1977


En una hora como esta, tan importante en la vida de un cultivador de las letras, quisiera expresar, con las palabras más bellas, la emoción que un hombre siente y la gratitud que experimenta en unos actos como los que ahora se desarrollan. Yo nací de una familia burguesa, pero tuve la suerte de su vocación, ampliamente abierta y liberal. Mi espíritu inquieto me llevó a ejercer contradictorias profesiones. Fuí profesor de Derecho Mercantil, empleado en una empresa ferroviaria, periodista financiero. Desde joven esta inquietud de que hablo me exaltaba a un placer: la lectura, y, en seguida, la escritura. A los 18 años empezó el aprendiz de poeta a escribir sus primeros versos, que furtivamente yo trazaba, en medio del fragor de una vida, que por no haberse aún centrado en su verdadero eje, yo podría llamar aventurera. El destino de mi vida, el enderezamiento de ésta lo trajo un fallo de mi cuerpo. Caí enfermo de gravedad, de una enfermedad crónica. Hube de abandonar todos mis otros quehaceres que denominaría corporales y escapar al campo, lejos de mis actividades anteriores. El vacío que esto rne dejó lo llenó rápidamente otro quehacer que no necesitaba la colaboración corporal y era compatible con el reposo que los médicos me habían recomendado. Esta invasión inolvidable, desalojadora, fue el ejercicio de las letras; la poesía ocupó plenamente la actividad vacante. Empecé a escribir con dedicación completa, y entonces, realmente, entonces, se adueñó de mí la pasión que no me había de abandonar nunca.
Horas de soledad, horas de creación, horas de meditación. La soledad y la meditación me trajeron un sentimiento nuevo, una perspectiva que no he perdido jamás: la de la solidaridad con los hombres. Desde entonces he proclamado siempre que la poesía es comunicación, empleando la palabra en ese preciso sentido.
La poesía es una sucesión de preguntas que el poeta va haciendo. Cada poema, cada libro es una demanda, una solicitación, una interrogación, y la respuesta es tácita, pero también sucesiva, y se la da el lector con su lectura, a través del tiempo. Hermoso diálogo en que el poeta interroga y el lector calladamente da su plena respuesta.
Con bellas palabras quisiera decir ahora lo que es el Premio Nobel para el poeta. No puede ser; solo me cabe expresar que estoy entre vosotros en cuerpo y alma, y que el Premio Nobel es como la respuesta, no sucesiva, no callada, sino agrupada y coincidente, súbita, de una voz general que generosamente y milagrosamente se hace única y responde a la interrogación sin tregua que ha venido dirigiendo a los hombres. Así, mi gratitud al símbolo de la voz agrupada y simultánea que la Academia Sueca me ha hecho escuchar con los sentidos del alma, y por la cual aquí públicamente le doy mis rendidas gracias.
Por otra parte, estimo que un premio como el que hoy recibo es, en toda circunstancia, y creo que sin excepciones, un premio a la tradición literaria en la que el autor de que se trate, en este caso, mi persona, se ha formado. Pues, sin duda, poesía, arte, es siempre y ante todo, tradición, de la que cada autor no representa otra cosa que la de ser, como máximo, un modesto eslabón de tránsito hacia una expresión estética diferente; alguien cuya fundamental misión es, usando otro símil, transmitir una antorcha viva a la generación más joven, que ha de continuar en la ardua tarea. Puede darse un poeta que haya nacido con las más altas prendas para llevar a término un destino. Nada o muy poco podrá hacer si no tiene la suerte de hallarse situado en una corriente artística de suficiente fuerza o entidad. Creo que, en cambio, acaso un poeta menos dotado haría mejor papel si tuviere la suerte de producirse en medio de un movimiento literario verdaderamente creador y vivo. Yo vine al mundo, en ese sentido, con buena estrella, pues desde un tiempo suficientemente extenso, anterior a mi nacimiento, la cultura española había venido sufriendo un importantísimo proceso de acelerada reviviscencia que hoy, creo, no es un secreto para nadie. Novelistas como Galdós; poetas como Machado, Unamuno,Juan Ramón Jiménez, y, antes, Becquer; filósofos como Ortega y Gasset; prosistas como Azorín y Baroja; hombres de teatro como Valle-Inclán; pintores como Picasso o Miró; músicos como Falla no se improvisan ni son frutos del azar. Mi generación se vio así asistida y enriquecida por ese cálido entorno, por ese manantial, por ese fecundísimo caldo de cultivo, sin el cual acaso nada seríamos ninguno de nosotros.
Desde la tribuna en la que ahora me dirijo a vosotros quiero, pues, asociar mi palabra a la de todo ese plantel generoso de compatriotas míos que desde otra edad y en las más diversas vías nos formaron y nos permitieron, a mi y a mis compañeros de generación, alcanzar un sitio desde el que pudiésemos hablar con una voz tal vez genuina o propia.
Y no me refiero solo a esas figuras que constituyen la tradición inmediata, siempre la más visible y decisiva. Aludo también a la otra tradición, la mediata, si más remota en el tiempo, capaz de enlazar cálidamente con nosotros, la tradición formada por nuestros clásicos del Siglo de Oro, Garcilaso, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Góngora, Quevedo, Lope de Vega, con la que también nos hemos sentido vinculados, y de la que hemos recibido no pocas esencias. España pudo renacer y renovarse gracias a que, a través de la generación de Galdós y luego a través de la generación del 98, se desobturó, digámoslo así, y se hizo accesible y fluyó abundantemente hacia nosotros toda la savia nutricia que nos llegaba del más remoto pasado. La generación del 27 no quiso desdeñar nada de lo mucho que seguía vivo en ese largo pretérito, abierto de pronto ante nuestra mirada como un largo relámpago de ininterrumpida belleza. No fuimos negadores, sino de la mediocridad; nuestra generación tendía a la afirmación y al entusiasmo, no al escepticismo ni a la taciturna reticencia. Nos interesó vivamente todo cuanto tenía valor, sin importarnos donde éste se hallase. Y si fuimos revolucionarios, si lo pudimos ser, fue porque antes habíamos amado y absorbido incluso aquellos valores contra los que ahora íbamos a reaccionar. Nos apoyábamos fuertemente en ellos para poder así tomar impulso y lanzarnos hacia adelante en brinco temeroso al asalto de nuestro destino. No os asombre, pues, que un poeta que empezó siendo superrealista haga hoy la apología de la tradición. Tradición y revolución. He ahí dos palabras idénticas.
Y luego la tradición, no vertical sino horizontal, la que nos acorría como aliciente y fraternal emulación desde nuestros costados, al lado mismo de nuestro camino. Me refiero a aquel otro grupo de jóvenes (cuando yo lo era también) que corría con nosotros en la misma carrera. Qué suerte la mía poder vivir y tener que hacerme junto a poetas tan admirables como los que yo hube de conocer y asumir en calidad de coetáneos míos! A todos los amé, uno a uno. Y los amé, justamente porque yo buscaba otra cosa; otra cosa que solo era posible hallar por diferenciación y contraste respecto de aquellos poetas, mis compañeros. Nuestro ser solo alcanza, su verdadera individualidad junto a los demás, frente al prójimo. Cuanta mayor calidad tenga ese contorno humano en el que nuestra personalidad se hace, tanto mejor para nosotros. Puedo decir que también aquí yo he tenido la fortuna de haber realizado mi destino desde una de las mejores compañías posibles. Hora es de nombrarla en toda su multiplicidad: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillen, Pedro Salinas, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda.
Hablo, pues, de solidaridad, de comunión, y también de contraste. Tal ha sido, por otra parte, el sentimiento que se halla más profundamente inserto en mi alma, y el que late, de un modo u otro, con más fuerza, detrás de la mayoría de mis versos. Es natural entonces que tenga mucho que ver con esto el modo mismo con que entreveo al hombre y a la poesía. El poeta, el decisivo poeta, es siempre un revelador; es, esencialmente, vate, profeta. Pero su "vaticinio" no es, claro está, vaticinio de futuro: porque puede serlo de pretérito: es profecía sin tiempo. Iluminador, asestador de luz, golpeador de los hombres, poseedor de un sésamo que es, en cierto modo, misteriosamente, palabra de su destino.
En definitiva, el poeta es así un hombre que fuese más que un hombre: porque es además poeta. El poeta está lleno de "sabiduría", pero no puede envanecerse, porque quizá no es suya: una fuerza incognoscible, un espíritu habla por su boca: el de su raza, el de su peculiar tradición. Con los dos pies hincados en la tierra, una corriente prodigiosa se condensa, se agolpa bajo sus plantas para correr por su cuerpo y alzarse por su lengua. Es entonces la tierra misma, la tierra profunda, la que llamea por ese cuerpo arrebatado. Pero otras veces el poeta ha crecido, ahora hacia lo alto, y con su frente incrustada en un cielo habla con voz estelar, con cósmica resonancia, mientras está sintiendo en su pecho el soplo mismo de los astros. Todo se hace fraterno y comunicante. La diminuta hormiga, la brizna de hierba dulce sobre la que su mejilla otras veces descansa, no son distintas de él mismo. Y él puede entenderlas y espiar su secreto sonido, que delicadamente es perceptible entre el rumor del trueno.
No creo que el poeta sea definido primordialmente por su labor de orfebre. La perfección de su obra es gradual aspiración de su factura, y nada valdrá su mensaje si ofrece una tosca o inadecuada superficie a los hombres. Pero la vaciedad no quedará salvada por el tenaz empeño del abrillantador del metal triste.
Unos poetas - otro problema es éste, y no de expresión sino de punto de arranque - son poetas de "minorías". Son artistas (no importa el tamaño) que se dirigen al hombre atendiendo, cuando se caracterizan, a exquisitos temas estrictos, a refinadas parcialidades (¡ qué delicados y profundos poemas hizo Mallarmé a los abanicos!); a decantadas esencias, del individuo expresivo de nuestra minuciosa civilización.
Otros poetas (tampoco importa el tamaño) se dirigen a lo permanente del hombre. No a lo que refinadamente diferencia, sino a lo que esencialmente une. Y si le ven en medio de su coetánea civilización, sienten su puro desnudo irradiar inmutable bajo sus vestidos cansados. El amor, la tristeza, el odio o la muerte son invariables. Estos poetas son poetas radicales y hablan a lo primario, a lo elemental humano. No pueden sentirse poetas de "minorías". Entre ellos me cuento.
Por eso, el poeta que yo soy tiene, como digo vocación comunicativa. Quisiera hacerse oir desde cada pecho humano, puesto que, de alguna manera, su voz es la voz de la colectividad, a la que el poeta presta, por un instante, su boca arrebatada. De ahí la necesidad de ser entendido en otras lenguas, distintas a la suya de origen. La poesía sólo en parte puede ser traducida. Pero desde esa zona de auténtico traslado, el poeta hace la experiencia, realmente extraordinaria, de hablar de otro modo a otros hombres y de ser comprendido por ellos. Y entonces ocurre un hecho inesperado. El lector se instala, como por milagro, en una cultura que en buena parte no es la suya, pero desde la que siente palpitar con naturalidad su propio corazón, que de este modo se comunica y vive en dos dimensiones de la realidad: la suya propia y la que le concede el nuevo asilo que le acoge. Lo cual sigue siendo cierto, me parece, vuelto del revés, y referido, no al lector, sino al poeta vertido a otro idioma. También el poeta se siente como esos personajes de los sueños que tienen, perfectamente identificadas, dos personalidades distintas: Así el autor traducido que siente en sí dos personas: la que le confiere la nueva vestidura verbal que ahora le cubre y la suya genuina, que, por debajo de la otra, aún insiste y es.
Termino así recabando para el poeta una representación simbólica: la de cifrar en su persona el anhelo de solidaridad con los hombres, para cuyo logro fue instituido, precisamente, el Premio Nobel.


viernes, 19 de diciembre de 2014

YO MISMO. CÓMO HACER VERSOS. MAYAKOVSKI



  Una precaución oratoria: la creación de reglas no es un fin poético en sí mismo. Si a así fuera, el poeta no tardaría en convertirse en una especie de escolástico habilidoso que crea reglas para cosas y situaciones inútiles o inexistentes. Sería, por ejemplo inútil crear reglas para contar estrellas pedaleando una bicicleta a toda velocidad.
  ¿Qué situaciones tenemos que formular? ¿Qué situaciones exigen reglas? La vida nos las está poniendo delante continuamente. Los procedimientos expresivos y el objeto real de esas reglas los definen la clase y las exigencias de nuestra lucha.
   Por ejemplo: con la revolución irrumpió en la calle el áspero lenguaje de millones de hombres, y el argot de los suburbios llegó hasta las céntricas avenidas. “Lo ideal”, “los principios de justicia”, “el principio divino”, “la imagen trascendental del Cristo y el Anti-Cristo”: todas esas palabras castradas, todos los discursos susurrados en los restaurantes, el lenguaje, en suma, de los corrillos intelectuales, tuvieron que desaparecer. El lenguaje se asoma a una nueva era. ¿Cómo preservar su fuerza poética?      Las reglas antiguas, los “amor, siempre”, el verso alejandrino, han dejado de servirnos. ¿Cómo introducir en la poesía el lenguaje hablado y cómo salvar la poesía de esas conversaciones?

¿Montarse a caballo de la revolución de los yambos?
Nos hemos vuelto ruines, resignados,
No hay para nosotros salida,
Desde el camino levanta sus brazos negros la atalaya (Z. HIPPIUS)

¡No! ¡A quién se le ocurre imitar con yambos de cuatro pies, concebidos para el secreteo, el estrépito ensordecedor de la revolución!

Héroes, vagabundos de los mares, albatros,
Invitados de honor en bulliciosos festines,
Tribu de águilas, marineros, marineros,
¡Vuestras son las joyas de los cantos, las palabras! (KIRILOV)

¡No!
¡Hay que conceder, de una vez, el derecho de ciudadanía a la nueva lengua! ¡Hay que gritar, en vez de tararear, hay que redoblar los tambores en vez de arrullar!
¡No perdáis el ritmo de la revolución! (BLOCK).
¡Desplegad filas en la marcha! (MAYAKOVSKI)

No basta con poner ejemplos de versos nuevos, ni con proporcionar reglas para actuar, por medio de la palabra, sobre las masas revolucionarias. Tenemos también que calcular esta acción, de manera que ayude de la mejor manera posible a su clase.
No basta decir: “Vigila, el enemigo incansable” (Block), hay que describir con precisión el rostro de ese enemigo o, al menos, contribuir a desenmascararlo.


sábado, 6 de diciembre de 2014

AHORA TE QUIERO de ENRIQUE MOLINA



Ahora te quiero
como el mar quiere a su agua:
desde afuera, por arriba,
haciéndose sin parar
con ella tormentas, fugas,
albergues, descansos, calmas.
¡Que frenesíes, quererte!
¡Qué entusiasmo de olas altas,
y qué desmayos de espuma
van y vienen!Un tropel
de formas, hechas, deshechas,
galopan desmelenadas.
Pero detrás de sus flancos
está soñándose un sueño
de otra forma más profunda
de querer, que está allá abajo:
de no ser ya movimiento,
de acabar este vaivén,
este ir y venir, de cielos
a abismos, de hallar por fin
la inmóvil flor sin otoño
de un quererse quieto, quieto.
Más allá de ola y espuma
el querer busca su fondo.
Esa hondura donde el mar
hizo la paz con su agua
y están queriéndose ya
aún signo, sin movimiento.
Amor
tan sepultado en su ser,
tan entregado, tan quieto,
que nuestro querer en vida
se sintiese
seguro de no acabar
cuando terminaran los besos,
las miradas, las señales.
Tan cierto de no morir
como está
el gran amor de los muertos.


Enrique Molina

sábado, 29 de noviembre de 2014

ESPANTAPÁJAROS (AL ALCANCE DE TODOS) (1932) de Oliverio Girondo




9
¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra sombra nos abandona de vez en cuando?
Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su presencia.
Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco. Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria, un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene, nos encontramos con nuestra sombra.
¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la calle?
La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que nos preocupe la contestación a esas preguntas.
Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen insuficientes.
Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma toda la noche a nuestro lado.











viernes, 31 de octubre de 2014

Los omicritas y el hombre-pez Cuento de Juan Jacobo Bajarlía



La pecera medía dos metros de alto por uno y medio de ancho. Era de un material
rojizo e irrompible, semejante a un cristal de color. Estaba emplazada sobre un
promontorio, en el cruce de dos canales cuyas aguas, provenientes del deshielo de los
casquetes polares de Omicron B, se introducían en ella renovándola
permanentemente. En el agua de la pecera se movía (nadaba) el hombre-pez. Medía
50 centímetros de largo, y braceaba con lentitud, como si estuviera meditando. A
veces se paraba y miraba extrañamente a los niños marcianos que lo contemplaban.
Entonces, éstos lo amedrentaban y le hacían piruetas. Y el hombre-pez recobraba la
lentitud de sus movimientos.
-Está triste -dijo un niño omicrita ese día, hablando con sus amigos-. Le falta la
hembra. Pero su raza ya está extinguida. La tierra fue destruida hace mucho tiempo, y
ahora sólo es una pequeña bola de plomo cuya órbita se ha desplazado hacia
Omicron B.
-¡Entonces era un terresiano!
-Ni más ni menos. Cuando lo trajeron medía cerca de dos metros de alto y
tenía mucha fuerza. Lo pusieron en la pecera para conservarlo, y parece que el frío
contrajo su corpulencia. Es muy posible que dentro de cien años más mida un
centímetro. Nadie sabe cómo impedirlo.
-Si eso es verdad -intervino otro niño-, el hombre-pez se va a convertir en un
gusano. Después morirá.
-No. No morirá ni se convertirá en gusano -repuso el primer niño-. El frío lo
reducirá hasta trasmutarlo en una bacteria. Luego lo pondrán en un caldo de cultivo,
con otras bacterias, para ver cómo se comporta con sus semejantes. Si da resultado lo
utilizarán en la guerra contra Saturno. Porque tú debes saber que sólo determinados
microorganismos pueden enfrentar el poder destructivo de la energía atómica. Es algo
que se está estudiando en el Planetarium.
Los niños observaban al hombre-pez. Repetían las hipótesis de sus mayores, y
se imaginaban que ese ser que se movía con lentitud ya era una bacteria, acaso la
más débil de todas, devorada por otras bacterias. Y el hombre-pez miraba a los niños
extrañamente. Tenía los ojos tristes, y a veces abría sus fauces como para decir algo.
Pero su voz también se había reducido. Había perdido intensidad. Ahora sólo podía
exhalar algo así como un resoplido ronco, penoso, que dibujaba espirales
desvanecidas en derredor de su figura. De pronto, el hombre-pez pareció irritarse.
Comenzó a bracear como poseído por la histeria. En vez de nadar trataba de erguirse
como los antiguos hombres que un día habitaron la Tierra. Pero no lo conseguía.
Perdía el equilibrio y seguía la irritación. Los niños se miraron. La conducta del
hombre-pez obedecía a la presencia, en ese momento, de un omicrita cuyos
ascendientes habían participado en la guerra de los mundos. Parecía detectarlo como
a uno de los enemigos que habían destruido su planeta. Los niños exigieron una
explicación. Mecranis, entonces pronunció estas palabras:
-Ese animal que ven en la pecera, que ya no es ni un pez ni un animal sino un
mutante próximo a extinguirse, dio la señal de muerte en la guerra de los mundos.
Decíase hijo de un ser omnipotente que había creado el universo para que él lo gozara
o lo destruyera. Que era capaz de desencadenar el misterio de la materia y formar
otros mundos a su arbitrio. Sin embargo, cierto día quiso escalar el espacio para matar
al ser que lo había fabricado. Construyó una torre para llegar al cielo. Pero a poco de
avanzar, cayó estrepitosamente con todos los suyos, porque éstos habían confundido
su propia lengua, expresándose cada uno con un lenguaje ininteligible. Siglos
después, en reemplazo de la primera, construyó una torre de lanzamiento, y amenazó
a los planetas de su galaxia con la destrucción. Lanzó miles y miles de robots
portadores de eyectores atómicos. Pero los robots se volvieron contra los mismos
terresianos confundiendo sus mecanismos (como el habla en la torre primitiva), y
facilitaron nuestra defensa. El resultado ya lo saben ustedes por haberlo aprendido en
el falansterio: fue la destrucción de la Tierra, el más hermoso de los planetas,
convertido ahora en una mole de plomo en órbita de desplazamiento hacia Omicron B.
Ya es un satélite muerto. El único recuerdo vivo que aún queda es el hombre-pez de la
pecera, en cuyas aguas se ha conservado todavía por el alimento extraído de otros
mutantes que se originan en los cuásares. Sin embargo, está próximo a extinguirse.
Un día morirá, y la Tierra será una hipótesis en algún sistema planetario que pobló el
cosmos.
-¿Y habla el hombre-pez?- preguntó el más joven.
Mecranis extrajo de sus bolsillos un acuófono: dos pequeñas esferas de cristal
unidas por cierto cable rojizo, una de las cuales introdujo en la pecera. La otra fue
ajustada al oído del niño. Y éste oyó los roncos resoplidos del hombre-pez, que
expresaban un lenguaje misterioso que el acuófono traducía simultanea-mente al
idioma omicrita. Las palabras eran siempre las mismas, monótonas, cenagosas, como
si hablara una montaña de barro deshecha bajo la lluvia.
-¿Qué dice el hombre-pez?- interrogó otro niño. El niño del acuófono pasó la esfera a su compañero. Y éste al siguiente. Y así
a los demás. Las palabras del hombre-pez no variaban:
-¡Yo soy el rey de la creación! ¡Yo soy el rey de la creación!
Los niños se miraron espantados y resolvieron abandonar el lugar. El frío
comenzaba a congelar el aliento. Mecranis, a lo lejos, daba tumbos como una máquina
desvencijada.

miércoles, 22 de octubre de 2014

SAINT JOHN PERSE DISCURSO PARA RECIBIR EL PREMIO NOBEL - DICIEMBRE DE 1960


He aceptado para la poesía el homenaje que aquí se le rinde, y tengo prisa por restituírselo.
La poesía no recibe honores a menudo. Pareciera que la disociación entre la obra poética y la actividad de una sociedad sometida a las servidumbres materiales fuera en aumento. Apartamiento aceptado, pero no perseguido por el poeta, y que existiría también para el sabio si no mediasen las aplicaciones prácticas de la ciencia.
Pero ya se trate del sabio o del poeta, lo que aquí pretende honrarse es el pensamiento desinteresado. Que aquí, por lo menos, no sean ya considerados como hermanos enemigos, Pues ambos se plantean idéntico interrogante, al borde de un común abismo; y sólo los modos de investigación difieren.
Cuando consideramos el drama de la ciencia moderna que descubre sus límites racionales hasta en lo absoluto matemático; cuando vemos, en la física, que dos grandes doctrinas fundamentales plantean, una, un principio general de relatividad, otra, un principio “cuántico” de incertidumbre y de indeterminismo que limitaría para siempre la exactitud misma de las medidas físicas; cuando hemos oído que el más grande innovador científico de este siglo, iniciador de la cosmología moderna y garante de la más vasta síntesis intelectual en términos de ecuaciones, invocaba la intuición para que socorriese a lo racional y proclamaba que “la imaginación es el verdadero terreno de la germinación científica”, y hasta reclamaba para el científico los beneficios de una verdadera “visión artística”, ¿no tenemos derecho a considerar que el instrumento poético es tan legítimo como el instrumento lógico?
En verdad, toda creación del espíritu es, ante todo, “poética”, en el sentido propio de la palabra. Y en la equivalencia de las formas sensibles y espirituales, inicialmente se ejerce una misma función para la empresa del sabio y para la del poeta. Entre el pensamiento discursivo y la elipse poética, ¿cuál de los dos va o viene de más lejos? Y de esa noche original en que andan a tientas dos ciegos de nacimiento, el uno equipado con el instrumental científico, el otro asistido solamente por las fulguraciones de la intuición. ¿Cuál es el que sale a flote más pronto y más cargado de breve fosforescencia? Poco importa la respuesta. El misterio es común. Y la gran aventura del espíritu poético no es inferior en nada a las grandes entradas dramáticas de la ciencia moderna. Algunos astrónomos han podido perder el juicio ante la teoría de un universo en expansión; no hay menos expansión en el infinito moral del hombre: ese universo. Por lejos que la ciencia haga retroceder sus fronteras, en toda la extensión del arco de esas fronteras se oirá correr todavía la jauría cazadora del poeta. Pues si la poesía no es, como se ha dicho, “lo real absoluto”, es por cierto la codicia más cercana y la más cercana aprehensión en ese límite extremo de complicidad en que lo real en el poema parece informarse a sí mismo.
Por el pensamiento analógico y simbólico, por la iluminación lejana de la imagen mediadora y por el juego de sus correspondencias, en miles de cadenas de reacciones y de asociaciones extrañas, merced, finalmente, a un lenguaje al que se trasmite el movimiento mismo del ser, el poeta se inviste de una superrealidad que no puede ser la de la ciencia. ¿Puede existir en el hombre una dialéctica más sobrecogedora y que comprometa más al hombre? Cuando los filósofos mismos abandonan el umbral metafísico, acude el poeta para relevar al metafísico; y es entonces la poesía, no la filosofía, la que se revela como la verdadera “hija del asombro”, según la expresión del filósofo antiguo para quien la poesía fue asaz sospechosa.
Pero más que modo de conocimiento, la poesía es, ante todo, un modo de vida, y de vida integral. El poeta existía en el hombre de las cavernas; existirá en el hombre de las edades atómicas: porque es parte irreductible del hombre. De la exigencia poética, que es exigencia espiritual, han nacido las religiones mismas, y por la gracia poética la chispa de lo divino vive para siempre en el sílex humano. Cuando las mitologías se desmoronan, lo divino encuentra en la poesía su refugio; aun tal vez su relevo. Y hasta en el orden social y en lo inmediato humano, cuando las Portadoras de pan del antiguo cortejo dan paso a las Portadoras de antorchas, en la imaginación poética se enciende todavía la alta pasión de los pueblos en busca de claridad.
¡Altivez del hombre en marcha bajo su carga de eternidad! Altivez del hombre en marcha bajo su carga de humanidad -cuando para él se abre un nuevo humanismo-, de universidad real y de integridad psíquica… Fiel a su oficio, que es el de profundizar el misterio mismo del hombre, la poesía moderna se interna en una empresa cuya finalidad es perseguir la plena integración del hombre. No hay nada pítico en esta poesía. Tampoco nada puramente estético. No es arte de embalsamador ni de decorador. No cría perlas de cultivo ni comercia con simulacros ni emblemas, y no podría contentarse con ninguna fiesta musical. Traba alianza en su camino con la belleza –suprema alianza-, pero no hace de ella su fin ni su único alimento. Negándose a disociar el arte de la vida, y el amor del conocimiento, es acción, es pasión, es poder y es renovación que siempre desplaza los lindes. El amor es su hogar, la insumisión su ley, y su lugar está siempre en la anticipación. Nunca quiere ser ausencia ni rechazo.
Nada espera sin embargo de las ventajas del siglo. Atada a su propio destino y libre de toda ideología, se reconoce igual a la vida misma, que nada tiene que justificar de sí mismo. Y con un mismo abrazo, como con una sola y grande estrofa viviente, enlaza al presente todo lo pasado y lo por venir, lo que humano con lo sobrehumano y todo el espacio planetario con el espacio universal. La oscuridad que se le reprocha no proviene de su naturaleza propia, que es la de esclarecer, sino de la noche misma que explora, a la que está consagrada a explorar: la del alma misma y la del misterio que baña al ser humano. Su expresión se ha prohibido siempre la oscuridad y esa expresión no es menos exigente que la de la ciencia.
Ahí, por su adhesión total a lo que existe, el poeta nos enlaza con la permanencia y la unidad del ser. Y su lección es de optimismo. Para él una misma ley de armonía rige el mundo entero de las cosas. Nada puede, ocurrir en ella que, por naturaleza, sobrepuje los límites del hombre. Los peores trastornos de la historia no son sino ritmos de las estaciones en un más vasto ciclo de encadenamientos y de renovaciones. Y las Furias que atraviesan el escenario, con la antorcha en alto, no iluminan sino un instante del muy largo tema que sigue su curso. Las civilizaciones que maduran no mueren de los tormentos de un otoño; no hacen sino transformarse. Sólo la inercia es amenaza. Poeta es aquél que rompe, para nosotros, la costumbre.
Y es así también como el poeta se encuentra ligado, a pesar de él, al acontecer histórico. Y nada le es extraño en el drama de su tiempo. ¡Que diga a todos, claramente, el gusto de vivir este tiempo fuerte! Pues la hora es grande y nueva para recobrarse de nuevo. ¿Y a quién le cederíamos, pues, el honor de nuestro tiempo?...

“No temas”, dice la Historia, quitándose un día la máscara de violencia y haciendo con la mano levantada ese ademán conciliador de la Divinidad asiática en el momento más fuerte de su danza destructora. “No temas, ni dudes, pues la duda es estéril y el temor servil. Escucha más bien ese latido rítmico que mi mano en alto imprime, renovadora, a la gran frase humana siempre en vías de creación. No es verdad que la vida pueda renegar de sí misma. Nada viviente procede de la nada, ni de la nada se enamora. Pero tampoco nada guarda forma ni medida bajo el incesante flujo del Ser. La tragedia no finca en la metamorfosis misma. El verdadero drama del siglo está en la distancia que dejamos crecer entre el hombre temporal y el hombre intemporal. El hombre iluminado sobre una vertiente ¿irá acaso a oscurecerse en la otra? Y su maduración forzada, en una comunidad sin comunión, ¿no sería quizá una falsa madurez?...”

Al poeta indiviso tócale atestiguar entre nosotros la doble vocación del hombre. Y esto es alzar ante el espíritu un espejo más sensible a sus posibilidades espirituales. Es evocar en el siglo mismo una condición humana más digna del hombre original. Es asociar, en fin, más ampliamente el alma colectiva con la circulación de la energía espiritual en el mundo… Frente a la energía nuclear, la lámpara de arcilla del poeta ¿bastará para este fin? -Sí, si de la arcilla se acuerda el hombre.

Y ya es bastante, para el poeta, ser la mala conciencia de su tiempo.

ESCRIBIR de Gioconda Belli


Escribir, escribirte, dibujarte. Llenarte el pelo de todas las
palabras detenidas, colgadas en el aire, en el tiempo, en
aquella rama llena de flores amarillas del cortés cuya
belleza me pone los pelos de punta cuando vengo bajando
sola, por la carretera, pensando. Definir el misterio, el
momento preciso del descubrimiento, el amor, esta
sensación de aire comprimido dentro del cuerpo curvo, la
explosiva felicidad que me saca las lágrimas y me colorea
los ojos, la piel, los dientas, mientras voy volviéndome
flor, enredadera, castillo, poema, entre tus manos que me
acarician y me van deshojando, sacándome las palabras,
volteándome de adentro afuera, chorreando mi
pasado, mi infancia de recuerdos felices, de sueños, de
mar reventando contra los años, cada vez más hermoso y
más grande, más grande y más hermoso.

Cómo puedo agarrar la ilusión, empuñarla en la mano y
soltártela en la cara como una paloma feliz que saliera a
descubrir la tierra después del diluvio; descubrirte hasta
en los reflejos más ignorados, irte absorbiendo
lentamente, como un secante, perdiéndome,
perdiéndonos los dos, en la mañana en la que hicimos el
amor con todo el sueño, el olor, el sudor de la noche
salada en nuestros cuerpos, untándonos el amor,
chorreándolo en el piso en grandes olas inmensas,
buceando en el amor, duchándonos con el amor que nos sobra.

Gioconda Belli  

jueves, 11 de septiembre de 2014

CARTA A DOS DESCONOCIDAS de Octavio Paz

  
   Todavía no sé cuál es tu nombre. Te siento tan mía que llamarte de algún modo sería como separarme de ti, reconocer que eres distinta a la substancia de que están hechas las silabas que forman mi nombre. En cambio, conozco demasiado bien el de ella y hasta qué punto ese nombre se interpone entre nosotros, como una muralla impalpable y elástica que no se puede nunca atravesar.
   Todo esto debe parecerte confuso. Prefiero explicarte cómo le conocí, cómo advertí tu presencia y por que pienso que tú y ella son y no son lo mismo.
No me acuerdo de la primera vez. ¿Naciste conmigo o ese primer encuentro es tan lejano que tuvo tiempo de madurar en mi interior y fundirse a mi ser? Disuelta en mí mismo, nada me permitía distinguirte del resto de mí, recordarle, reconocerte. Pero el muro de silencio que ciertos días cierra el paso al pensamiento, la oleada innombrable —la oleada de vacío— que sube desde mi estómago hasta mi frente y allí se instala como una avidez que no se aplaca y una sentencia que no se tuerce, el invisible precipicio que en ocasiones se abre frente a mí, la gran boca maternal de la ausencia —la vagina que bosteza y me engullo y me deglute y me expulsa: ¡al tiempo, otra vez al tiempo!—, el mareo y el vómito que me tiran hacia abajo cada voz que desde lo alto de la torre de mis ojos me contemplo… todo, en fin, lo que me enseña que no soy sino una ausencia que se despeña, me revelaba —¿cómo decirlo?— tu presencia. Me habitabas como esas arenillas impalpables que se deslizan en un mecanismo delicado y que, si no impiden su marcha, la trastornan hasta corroer todo el engranaje.
   La segunda vez: un día te desprendiste de mi carne, al encuentro de una mujer alta y rubia, vestida de blanco, que te esperaba sonriente en un pequeño muelle. Recuerdo la madera negra y luciente y el agua gris retozando a sus pies. Había una profusión de mástiles, velas, barcas y pájaros marinos que chillaban. Siguiendo tus pasos me acerqué a la desconocida, que me cogió de la mano sin decir palabra. Juntos recorrimos la costa solitaria hasta que llegamos al lugar de las rocas. El mar dormitaba. Allí canté y dancé; allí pronuncié blasfemias en un idioma que he olvidado. Mi amiga reía primero; después empezó a llorar. Al fin huyó. La naturaleza no fue insensible a mi desafío; mientras el mar me amenazaba con el puño, el sol descendió en línea recta contra mí. Cuando el astro hubo posado sus garras sobre mi cabeza erizada, comencé a incendiarme. Después se restableció el orden. El sol regresó a su puesto y el mundo se quedó inmensamente solo. Mi amiga buscaba mis cenizas entre las rocas, allí donde los pájaros salvajes dejan sus huevecillos.
   Desde ese día empecé a perseguirla. (Ahora comprendo que en realidad te buscaba a ti.) Años más tarde, en otro país, marchando de prisa contra un crepúsculo que consumía los altos muros rojos de un templo, volví a verla. La detuve, pero ella no me recordaba. Por una estratagema que no hace al caso logré convertirme en su sombra. Desde entonces no la abandono. Durante años y meses, durante atroces minutos, he luchado por despertar en ella el recuerdo de nuestro primer encuentro. En vano le he explicado como te desprendiste de mí para habitarla, nuestro paseo junto al mar y mi fatal imprudencia. Soy para ella ese olvido que tu fuiste para mí. He gastado mi vida en olvidarte y recordarte, en huirte y perseguirte. No estoy menos solo que, cuando niño, le descubrí en el charco de aquel jardín recién llovido, menos solo que cuando, adolescente, te contemplé entre dos nubes rotas, una tarde en ruinas. Pero no caigo ya en mi propio sinfín, sino en otro cuerpo, en unos ojos que se dilatan y contraen y me devoran y me ignoran, una abertura negra que palpita, coral vivo y ávido como una herida fresca. Cuerpo en el que pierdo cuerpo, cuerpo sin fin. Si alguna vez acabo de caer, allá, del otro lado del caer, quizá me asome a la vida. A la verdadera vida, a la que no es noche ni día, ni tiempo ni destiempo, ni quietud ni movimiento, a la vida hirviente de vida, a la vivacidad pura. Pero acaso todo esto no sea sino una vieja manera de llamar a la muerte. La muerte que nació conmigo y que me ha dejado para habitar otro cuerpo.

jueves, 17 de julio de 2014

JUACINTO CAMINADOR de RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN




Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente,
lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad
y si hay alguna persona que quiere saber lo que me ha ocurrido
ya se puede ir enterando
Vamos a girar, por ejemplo, alrededor de La Rioja
y de esos rostros y esos paisajes que giraron a mi alrededor
hace algunos años,
y que hoy se prolongan en la muerte de tantas fotografías perdidas.
Me había ocurrido el nacer y el vagabundear adolescente
-cuando era chico miraba llover y me gustaban los agrios dulces -
y cuando de pronto me vi corriendo delante de la muerta -
estaba trémulo, solo, en la soledad de los Llanos -
la vida me pareció tremendamente deliciosa y tremendamente,
verdaderamente peligrosa.
Me dijeron: “Octavio Porcela se murió”.
Y entonces pensé. ¿Es que uno no puede morirse?
Infiel no fui con el amigo querido.
Juro que le rendí el mejor de los homenajes.
Cuando él murió yo sentí un gusto inmenso de la vida y dije:
-Voy a vivir también por lo que le quedaba vivir.
Nunca conocí el arrepentimiento feroz aunque no quise verlo muerto.
Me parecía imposible que alguien se muriera mientras yo, ah,
mientras Juancito Caminador amaba a las muchachas del verano,
los vinos ácidos, los versos de Rimbaud,
las bombas, las orejas de las mujeres tuberculosas, los expresos
y los ventiladores enloquecidos en los ángulos de las amuebladas.
Recuerdo que él estaba asomado a una ventana del Hospital
y en el fondo velaban a la chica muerta del día,
y él decía: “Qué olor tienen los caballos placeros”
y el florero estaba vacío sobre la pila de libros vacíos
porque ya habíamos releído los libros y estábamos llenos
de la ideas de los libros.
Yo tenía nostalgia de cosas que iban a sucederme y pensaba:
¿Qué estará haciendo ahora la Reina de Rumanía?
¡Después la conocí saliendo de un hotel de lujo
en el corazón rencoroso de Europa!
Y después anduve sobre los aeroplanos
y me metí en estaciones absurdas, escondidas,
con vagos aromas de aserraderos y destilerías.
Me gustaba contar: “El día 14 de febrero el señor (aquí un nombre)
penetró a la casa señalada con el número 1-7-7-4
y fue ladrado por un perro sin cabeza”.
La primera vez que robé un libro, es otra en fui preso
por dormir en un hotel de vagos y ladrones
o simplemente, la vez que enamoré a la hija del guardabarrera,
¡una hija de la distancia, del camino, del horizonte desconocido!
Solía frecuentar las obras en construcción, borracho, y
recuerdo que una vez
Arturo Santillán me dijo: “Por pasar por abajo nos vamos
a quedar solteros”
Y yo tenía dos queridas y una cajetilla de marfil llena de opio.
¡Todos los relojes enloquecieron de pronto!
¡Todas las marionetas lloraron en los organitos!
¡Todos los almanaques rodaron degollados sobre las mesas de oficinas!
¡Todos los miembros de la Liga de las Naciones
fallecieron de pulmonía!
Y mi corazón continúa alegre y violento
como el corazón alborotado de un mundo nuevo.


lunes, 30 de junio de 2014

EL ARTE Y LA BELLEZA INUNDAN TU MIRADA


Grupo cero en Málaga


Hoy día es poco lógico que diversas personas de un mismo grupo se lleven de tal manera que se coordinen para formar un espectáculo tal que sirva de ánimo para una ciudad entera como pasó en la semana pasada en Málaga.
Aires de poesía, flamenco, tango, guitarra, en conjunto… aires de CULTURA!!! que bien viene haciendo falta para la vida diaria de cada uno de los que pudimos disfrutar de tal espectáculo.
Poesía cantada, poesía desgarradora y a veces hasta cómica, bailarina de pies de gacela que se contorneaba al son de una guitarra española y de una poesía diferente en si misma al ser cantada por su autor.
Pudimos disfrutar de un ambiente agradable en distintas salas de Málaga y provincia a cual mejor.
Pero lo bueno siempre acaba pronto aunque bien disfrutado perdura en el recuerdo… por lo menos hasta ver si el año que viene o antes vuelven a deleitarnos con su visita a nuestra tierra.
Gracias Grupo Cero.
                                                                                                                                            Dora Robledo

 EXPERIENCIAS FLAMENCAS, POEMAS Y TANGO

Las sensaciones que precedían a las representaciones no eran más que magnificadas cuando comenzaban los mismos. La incertidumbre, el desconocer qué iba a pasar se veía recompensado con creces cuando finalmente se presentaban a los artistas.
Sentimiento sobre el escenario, poesía hablada y en movimiento. Poesía saliendo de las cuerdas de una guitarra española. Poesía en la magia que se transmitía al público. Una vez más se consiguió la complicidad necesaria para hacer que la noche, la tarde o el momento que fuera se hiciera inolvidable.
La evolución de todos los componentes de la compañía es hace aún más palpable para aquellos que no tenemos la oportunidad de asistir a más espectáculos a lo largo del año. Terminas preguntándote ¿qué será lo siguiente?.
Tras estos tres días de espectáculo ha quedado claro que el espectáculo tiene que continuar, y continuar mejorando, sin ningún tipo de traba.
Se cuentan los días para que se vuelva a repetir esta altísima densidad de arte en la capital malacitana. Estaremos sedientos hasta entonces, soñaremos con las nuevas sorpresas que nos traerá
                                                                                                                                            Antonio Pérez

UNA SEMANA DE ALEGRÍA

  Un vestido de luz llegó a las orillas del atardecer malagueño, donde se aunaron
mujeres y hombres de este siglo que hilvanados en los acordes, en el movimiento
y la fuerza de la silueta de nuestros corazones y en las letras del poeta cantor
hicieron de Málaga y del teatro una melodía enamorada y un lugar donde el abismo
dibujara nuestros labios.

   Hay bocas que no saben ni siquiera pronunciar un te quiero para adentro y para
afuera, un murmullo de sueños que revoloteen por el escenario de la vida. A
golpe de poema, buscando lo imposible conseguimos en esta maravillosa semana
todo lo posible. Poesía, flamenco, tango y una amalgama de voces y brazos unidos
por un remolino de hojas, de cantos rodados, de ríos, de ciudades con ventanales
de mirada curiosa y sonrisas que parten en dos el horizonte para hacer del mundo
un lugar transitable.

   Puertas abiertas desde donde bordear los quicios con las letras de los llantos
en el exilio para que al asomar tu rostro hacia la luna sea ésta y no otra, la
de todos, la que cruce los pantanos y que permita que en las gramíneas puedan
los sueños de los niños trepar. Una sala de aliento contenido, que a cada verso
el suspiro del viento se elevaba y a cada palmada, a cada aplauso, giraba y
giraba hasta desmenuzar en cosquilleos la tibieza de nuestras almas. Canciones,
guitarra, arte, voz de las vidas futuras, que por los cuatro costados nos
hendían en el atardecer.

  Y en un intento por robarle un beso a la luna, nos deslizamos en un mar abierto
de sillas y luces apagadas,bordeando la penumbra del amor. Un tango enamorado,
un rubor de las estrellas y un guiño en la noche sorprendieron al telón de fondo
que arrancó con su desnudez un espectáculo sin igual, una unión indestructible
donde una vez más la poesía, el tango y el flamenco llenaron de brillo una noche
de verano y sembraron en nuestras bocas que no hay que calmar el hambre nunca.

Laura López