JUACINTO CAMINADOR de RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN




Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente,
lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad
y si hay alguna persona que quiere saber lo que me ha ocurrido
ya se puede ir enterando
Vamos a girar, por ejemplo, alrededor de La Rioja
y de esos rostros y esos paisajes que giraron a mi alrededor
hace algunos años,
y que hoy se prolongan en la muerte de tantas fotografías perdidas.
Me había ocurrido el nacer y el vagabundear adolescente
-cuando era chico miraba llover y me gustaban los agrios dulces -
y cuando de pronto me vi corriendo delante de la muerta -
estaba trémulo, solo, en la soledad de los Llanos -
la vida me pareció tremendamente deliciosa y tremendamente,
verdaderamente peligrosa.
Me dijeron: “Octavio Porcela se murió”.
Y entonces pensé. ¿Es que uno no puede morirse?
Infiel no fui con el amigo querido.
Juro que le rendí el mejor de los homenajes.
Cuando él murió yo sentí un gusto inmenso de la vida y dije:
-Voy a vivir también por lo que le quedaba vivir.
Nunca conocí el arrepentimiento feroz aunque no quise verlo muerto.
Me parecía imposible que alguien se muriera mientras yo, ah,
mientras Juancito Caminador amaba a las muchachas del verano,
los vinos ácidos, los versos de Rimbaud,
las bombas, las orejas de las mujeres tuberculosas, los expresos
y los ventiladores enloquecidos en los ángulos de las amuebladas.
Recuerdo que él estaba asomado a una ventana del Hospital
y en el fondo velaban a la chica muerta del día,
y él decía: “Qué olor tienen los caballos placeros”
y el florero estaba vacío sobre la pila de libros vacíos
porque ya habíamos releído los libros y estábamos llenos
de la ideas de los libros.
Yo tenía nostalgia de cosas que iban a sucederme y pensaba:
¿Qué estará haciendo ahora la Reina de Rumanía?
¡Después la conocí saliendo de un hotel de lujo
en el corazón rencoroso de Europa!
Y después anduve sobre los aeroplanos
y me metí en estaciones absurdas, escondidas,
con vagos aromas de aserraderos y destilerías.
Me gustaba contar: “El día 14 de febrero el señor (aquí un nombre)
penetró a la casa señalada con el número 1-7-7-4
y fue ladrado por un perro sin cabeza”.
La primera vez que robé un libro, es otra en fui preso
por dormir en un hotel de vagos y ladrones
o simplemente, la vez que enamoré a la hija del guardabarrera,
¡una hija de la distancia, del camino, del horizonte desconocido!
Solía frecuentar las obras en construcción, borracho, y
recuerdo que una vez
Arturo Santillán me dijo: “Por pasar por abajo nos vamos
a quedar solteros”
Y yo tenía dos queridas y una cajetilla de marfil llena de opio.
¡Todos los relojes enloquecieron de pronto!
¡Todas las marionetas lloraron en los organitos!
¡Todos los almanaques rodaron degollados sobre las mesas de oficinas!
¡Todos los miembros de la Liga de las Naciones
fallecieron de pulmonía!
Y mi corazón continúa alegre y violento
como el corazón alborotado de un mundo nuevo.


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