domingo, 29 de octubre de 2017

CANCIÓN CON LA MUERTE DE UN SUEÑO, de José Portogalo


I
Permitidme amigos que os cante esta mañana transparente
en que la primavera da brillo a las hojas de los árboles
y en Villa Ortuzar -mi barrio- el sol tutea los ojos de los niños,
el corazón maduro de los jornaleros sin trabajo
y las cabelleras de las muchachas pobres que van a las fábricas.
Oh, mis amigos:
Hoy me arranqué la piel de cordero de mi humildad
y en mí nace un hombre que vosotros no conocéis.
Un hombre que estaba adherido a la piel de cordero de mi humildad.
Esto libre ¡libre! del sueño de los pobres.
Esa nube violenta que nos ciega los ojos.
Que nos tumba sobre un camastro de algodón
y nos transforma -como a fumadores de opio- en sacos inservibles,
tirados en un fondo de mar verdoso, como buzos ahogados,
para soñar el pobre sueño de los pobres.
Le arranqué los tornillos a mi angustia. Y amo y odio.
Amo con la conciencia limpia como la de los niños.
Odio con la conciencia pura como la de los pájaros.
Porque me arranqué los sueños como guantes
-la mesa servida, la casa propia, la mujer fiel-
y ando en cueros gritando mi alegre animalidad.
Oh, mis amigos:
Vuelvo a mis 12 años de edad turbulentos como un sueño de vagancia.
Cuando leía las aventuras de Salgari y las novelas de Julio Verne.
Y abrazaba a las muchachas para levantarles las polleras
y encenderlas de pudor ante mi audacia de capitán pirata sin turbante
ni mares que conquistar. No tenía súbditos que obedecieran,
pero tenía mis 12 años duros con olor a tabaco fuerte.
Y unas ganas tremendas de amar la vida.
Y una injuria despierta -sin goznes- para el más cobarde.
Y unos puños crispados que levantaban mi corazón y mi osadía.
(Cómo cantan en mí los años de la escuela. Oh, mis amigos:
Ahora que oigo el tañido suave de una campana lejana
y su mar erizado de músicas repercute en mis tímpanos como en un caracol.
Ahora que los pregones de la calle
abren la piel transparente de esta mañana de primavera
y en mí nace un hombre que vosotros conocéis).
Era el más osado de la clase y Armando Casafúz, mi maestro,
una vez me abrió su confianza como una puerta de amigo.
Ese día fumé cigarrillos de 30, conocí el puerto de Buenos Aires,
y me dí un atracón de vidrieras sin pensar en romperlas.
Porque era en mi libertad el niño más feliz del mund.
Oh, mis amigos:
Entonces yo sabía organizar revoluciones infantiles.
Gritar: ¡Viva el socialismo! ¡Abajo los que tienen plata!
Hacerles un corte de manga a los vigilantes y a los porteros.
El pito catalán a los maestros y a los Hermanos Maristas.
Y en Cramer y Mendoza trompear a los monitores por alcahuetes,
para proveerme de sueños que me aislarán de las cuatro pares frías de la ciudad
y vengarme de mi cotidiana amargura.
Las vociferaciones groseras de los cocheros, los choferes, los feriantes.
Las corridas de los guardianes tuertos, o sordos, o mancos, o rengos,
en torno a las tres barrancas de Belgrano con sus héroes inmóviles,
sucios de verdín y de tiempo, donde hacían el amor las arañas,
y servían para que yo les meara con la inocencia de los ángeles.
Las vejaciones de una solterona histérica que leía a Vargas Vila
mientras yo enceraba una escalera de 50 peldaños y cantaba para aturdirme,
o rompía las vajillas en la cocina porque ansiaba partir, partir.
Oh, mis amigos:
Aunque el corazón de mi madre me defendiera como una garra,
y mis 12 años duros con olor a tabaco fuerte bloquearan las ofensas más turbias.
II
Y es mi Elegía, camaradas:
la mesa servida, la casa propia, la mujer fiel.
Al sueño de los pobres lo arranque con tirabuzones de aliento
y estoy de vuestra parte porque el mundo nos pertenece
bajo este sol que tutea los ojos de los niños,
el corazón maduro de los jornaleros sin trabajo
y las cabelleras rubias de las muchas pobres que van a las fábricas.

domingo, 8 de octubre de 2017

A VICENTE ALEIXANDRE, VIENTOS DEL PUEBLO, de Miguel Hernández



Dedico este libro a Vicente Aleixandre 

Vicente
A nosotros, que hemos nacido poetas
entre todos los hombres,
nos ha hecho poetas la vida
junto a todos los hombres.

Nosotros venimos brotando del manantial de las guitarras acogidas por el pueblo, y cada poeta que muere deja en manos de otro, como una herencia, un instrumento que viene rodando desde la eternidad de la nada a nuestro corazón esparcido. Ante la sombra de dos poetas, nos levantamos otros dos, y ante la nuestra se levantarán otros dos de mañana. Nuestro cimiento será siempre el mismo: la tierra. Nuestro destino es parar en las manos del pueblo. Sólo esas honradas manos pueden contener lo que la sangre honrada del poeta derrama vibrante. Aquel que se atreve a manchar esas manos, aquello que se atreven a deshonrar la sangre, son los traidores asesinos del pueblo y la poesía, y nadie los lavará; en su misma suciedad quedarán ciegos. Tu voz y la mía irrumpen del mismo venero. Lo que echo de menos es mi guitarra, y hallo la tuya. Pablo Neruda y tú me habéis dado imborrables pruebas de poesía, y el pueblo hacia el que tiendo todas mis raíces alimenta y ensancha mis ansias y mis cuerdas con el soplo cálido de sus movimientos nobles.
Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con lo oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo.



lunes, 17 de julio de 2017

JORNALEROS, de Miguel Hernández



Jornaleros que habéis cobrado en plomo
sufrimientos, trabajos y dineros.
Cuerpos de sometido y alto lomo:
jornaleros.

Españoles que España habéis ganado
labrándola entre lluvias y entre soles.
Rabadanes del hambre y el arado:
españoles.

Esta España que, nunca satisfecha
de malograr la flor de la cizaña,
de una cosecha pasa a otra cosecha:
esta España.

Poderoso homenaje a las encinas,
homenaje del toro y el coloso,
homenaje de páramos y minas
poderoso.

Esta España que habéis amamantado
con sudores y empujes de montaña,
codician los que nunca han cultivado
esta España.

¿Dejaremos llevar cobardemente
riquezas que han forjado nuestros remos?
¿Campos que ha humedecido nuestra frente
dejaremos?

Adelanta, español, una tormenta
de martillos y hoces: ruge y canta.
Tu porvenir, tu orgullo, tu herramienta
adelanta.

Los verdugos, ejemplo de tiranos,
Hitler y Mussolini labran yugos.
Sumid en un retrete de gusanos
los verdugos.

Ellos, ellos nos traen una cadena
de cárceles, miserias y atropellos.
¿Quién España destruye y desordena?
¡Ellos!¡Ellos!

Fuera, fuera, ladrones de naciones,
guardianes de la cúpula banquera,
cluecas del capital y sus doblones:
¡fuera, fuera!

Arrojados seréis como basura
de todas partes y de todos lados.
No habrá para vosotros sepultura,
arrojados.

La saliva será vuestra mortaja,
vuestro final la bota vengativa,
y sólo os dará sombra, paz y caja
la saliva.

Jornaleros: España, loma a loma,
es de gañanes, pobres y braceros.
¡No permitáis que el rico se la coma,
jornaleros!

domingo, 4 de junio de 2017

VIENDO VOLVER, de Luis Cernuda








Irías, y verías
Todo igual, cambiado todo,
Así como tú eres
El mismo y el otro. ¿Un río
A cada instante
No es él y diferente?

Irías, en apariencia
Distraído y aburrido
En secreto, mirando,
Pues el mirar es sólo
La forma en que persiste
El antiguo deseo.

Mirando, estimarías
(La mirada acaricia
Fijándose o desdeña
Apartándose) irreparable todo
Ya, y perdido, o ganado
Acaso, quién lo sabe.

Así, con paso indiferente,
Como llevado de una mano,
Llegarías al mundo
Que fue tuyo otro tiempo,
Y allí le encontrarías,
Al tú de ayer, que es otro hoy.

Impotente, extasiado
Y solo, como un árbol,
Le verías, el futuro
Soñando, sin presente,
A espera del amigo,
Cuando el amigo es él y en él le espera.

Al verle, tú querrías
Irte, ajeno entonces,
Sin nada que decirle,
Pensando que la vida
Era una burla delicada,
Y que debe ignorarlo el mozo hoy.

lunes, 15 de mayo de 2017

SE QUERÍAN, de Vicente Aleixandre


Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente solo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

lunes, 17 de abril de 2017

DEL LIBRO ESPANTAPÁJAROS, núm 8, de Oliverio Girondo


Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia… de un egoísmo… de una falta de tacto…
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

domingo, 26 de marzo de 2017

CARTA EN EL AGUA PERDIDA, de Dylan Thomas



(A Federico García Lorca)


Federico, por hombres como tú
se han inventado palabras como éstas:
Cítara, Plenilunio, Narciso, Encantamiento.
Y otras palabras más fuertes todavía:
Corcel, Lágrima, Destino, Sangre.
Y la que duele al párpado, la que penetra
por sí misma sin sosiego hasta el cielo:
Muerte.


¡Un monumento de aguas quisiera levantarte!,
porque pensando en ti me siento ahogado
por un espejo tinto en nieblas,
por un espejo que no dará descanso a mi alma
ni aún después de tener mil años muerta.


Porque tu nombre es ahora de esos
que dichos en voz alta suenan mudo,
tienes un nombre ya que nos castiga las entrañas
como ciertas noches lunares, en que sentimos
asomándoles ángeles y peces al barandal del cielo.


¡Sumergido en qué fuente, en qué escalera
con las manos enterradas, despierto para seimpre,
Federico, constatas lo increíble,
el vuelo eterno de una incansable mirada
que te alberga , que te baña en verde lo dedos
y vase hollando, sútil vase por azoteas frías
calculadas para jardines de un millón de años,
Federico, mirando impenetrable las verdaddes
en qué sitio te encuentras, bajo qué árbol
o en qué tecla de piano te escondes,
nunca, nunca sabremos si quien pasa
te lleva escondido en el pelo,
nunca, querido, nunca podremos jamás beber el agua
porque estarás parado junto a ella,
bajo el lazo infantil, bajo la ceja,
sobre la mano, Federico, responde,
señálate la piel, cierra con lso ojos,
Federico querido, sonámbulo, perdido!


Cuánto llueve debajo de los ojos!
Y todo intenta continuar siendo lo mismo,
las macetas pobladas de claveles, la tristeza
mordiéndote el aliento, todo pretende
mirar al sol de frente todavía, Federico, todo solloza
tuerto, tan incompleto como un día sin noche o sin mañana;
nadie se engaña sin ti, sin una estampa
que fue para la vida una vena regada
desde el Cielo ¡Federico, qué verso tan exacto
se nos queda pensando en qué vendrás!


¡Sólo en el sueño engendrado, derribando
hacia atrás hora tras hora, hasta encontrarte
blanco y hermosos en una torre de iglesia cordobesa,
y más atrás aún, hasta encontrarte
dormido en una cuna, Federico, galopando
gozoso el corazón, murmurando palabras oscuras,
signos limpios de cuerpo, de guitarras
desgajando sonrisas, carcajadas, los panderos
agitados desnudos por el viento, los corales,
campanillas para un niño que tenía
ojos de cascabel, ojos de muerto!


Te imagino desnudo por el agua
tiñiéndola de azul y de persona,
administrando primaveras,
con la palabra “infinito” entre los dientes
como si fuera una flauta o una manzana.
Te imagino, querido, revolviendo jardines de la Virgen,
virando de revés las Casas de los Ángeles,
buscando anheloso una entrada a la tierra, al ensueño
de muerte que es la vida, el Destino
colgado de la frente de Dios, como una rosa;
aquí la golondrina, el valle cierto, la fuente
donde brota un rojo punto de sangre desvestida
que es la Luna agorera, la impasible bandeja
de la muerte. Aquí ya tus caballo embridados
por senderos de estrellas, recios pechos
nutridos de quimera, un centauro apenas
si al abismo interpelara. Roto el espejo,
y más, rota la vena, con las crines
bordadas en silencio, en agua, en llanto, Federico,
presidiendo la lluvia, el nacimiento
de un geranio negro, de una palmera tejida en alabastro,
con todo el cielo dispuesto para el llanto,
desesperado, ciego, acometiendo nubes, inpetrando
lágrima, corcel, destino,sangre.


¡Federico! ¡Qué oscura suena la voz cuando te nombra!
Una campana suena, una campana hacia adentro buscando corazón.
Una flecha, querido, te rescata,
isla alargada, isla de niebla, isla concreta,
como ese dolor que pone la belleza en los ojos del hombre,
como esa mansedumbre que tienen al morir los ruiseñores.
Si vieras, querido, cuánta fiesta persiste por la tierra,
cuánta mirada de un dios o de una fuente nos asalta todavía,
Federico, nacido en tiempo impropio, como el lirio
sembrado a la orilla del mar como la espera dedicada
a un recuerdo cegado por la lluvia, Federico, dirías,
dejadme el corazón, dejadme el sueño.


Una esfera de amor, un firmamento nevado de esperanza,
el pórtico del sueño, la esperanza otra vez, los cristales
de un mar insospechado, aquella gran neblina que se agita
perdiéndose en la noche, la alborada fraguada por el llanto,
cuando respira camino hondo de la tierra,
la sangre, Federico, la luz, la huella eterna
que nos duele a los hombres por las venas
como duelen al cielo las estrellas. Dejo,
querido, el recuerdo, por velos, por afanes,
mecido entre tus ojos, ojos de cascabel,
ojos de muerto insomne, presentido en el rostro
de los niños, en la tenue armonía de la lira
pulsada por la voz de la fuente, por el sesgo
de un cabello, desde el ciel.


Como un sacramento te devuelves
por sobre playas colmadas de geraneios,
Federico, en cuatro sílabas, los cuatro puntos cardinales
que más luego son mil, son infinitos,
uno de tus cabellos, una sonrisa tuya
cuelga de las manos sagradas de la Aurora,
y tú sigues mirando,
mirando cómo Dios remueve el verde
Y cómo nace aún tanta belleza
que la tierra se llama Federico