viernes, 31 de octubre de 2014

Los omicritas y el hombre-pez Cuento de Juan Jacobo Bajarlía



La pecera medía dos metros de alto por uno y medio de ancho. Era de un material
rojizo e irrompible, semejante a un cristal de color. Estaba emplazada sobre un
promontorio, en el cruce de dos canales cuyas aguas, provenientes del deshielo de los
casquetes polares de Omicron B, se introducían en ella renovándola
permanentemente. En el agua de la pecera se movía (nadaba) el hombre-pez. Medía
50 centímetros de largo, y braceaba con lentitud, como si estuviera meditando. A
veces se paraba y miraba extrañamente a los niños marcianos que lo contemplaban.
Entonces, éstos lo amedrentaban y le hacían piruetas. Y el hombre-pez recobraba la
lentitud de sus movimientos.
-Está triste -dijo un niño omicrita ese día, hablando con sus amigos-. Le falta la
hembra. Pero su raza ya está extinguida. La tierra fue destruida hace mucho tiempo, y
ahora sólo es una pequeña bola de plomo cuya órbita se ha desplazado hacia
Omicron B.
-¡Entonces era un terresiano!
-Ni más ni menos. Cuando lo trajeron medía cerca de dos metros de alto y
tenía mucha fuerza. Lo pusieron en la pecera para conservarlo, y parece que el frío
contrajo su corpulencia. Es muy posible que dentro de cien años más mida un
centímetro. Nadie sabe cómo impedirlo.
-Si eso es verdad -intervino otro niño-, el hombre-pez se va a convertir en un
gusano. Después morirá.
-No. No morirá ni se convertirá en gusano -repuso el primer niño-. El frío lo
reducirá hasta trasmutarlo en una bacteria. Luego lo pondrán en un caldo de cultivo,
con otras bacterias, para ver cómo se comporta con sus semejantes. Si da resultado lo
utilizarán en la guerra contra Saturno. Porque tú debes saber que sólo determinados
microorganismos pueden enfrentar el poder destructivo de la energía atómica. Es algo
que se está estudiando en el Planetarium.
Los niños observaban al hombre-pez. Repetían las hipótesis de sus mayores, y
se imaginaban que ese ser que se movía con lentitud ya era una bacteria, acaso la
más débil de todas, devorada por otras bacterias. Y el hombre-pez miraba a los niños
extrañamente. Tenía los ojos tristes, y a veces abría sus fauces como para decir algo.
Pero su voz también se había reducido. Había perdido intensidad. Ahora sólo podía
exhalar algo así como un resoplido ronco, penoso, que dibujaba espirales
desvanecidas en derredor de su figura. De pronto, el hombre-pez pareció irritarse.
Comenzó a bracear como poseído por la histeria. En vez de nadar trataba de erguirse
como los antiguos hombres que un día habitaron la Tierra. Pero no lo conseguía.
Perdía el equilibrio y seguía la irritación. Los niños se miraron. La conducta del
hombre-pez obedecía a la presencia, en ese momento, de un omicrita cuyos
ascendientes habían participado en la guerra de los mundos. Parecía detectarlo como
a uno de los enemigos que habían destruido su planeta. Los niños exigieron una
explicación. Mecranis, entonces pronunció estas palabras:
-Ese animal que ven en la pecera, que ya no es ni un pez ni un animal sino un
mutante próximo a extinguirse, dio la señal de muerte en la guerra de los mundos.
Decíase hijo de un ser omnipotente que había creado el universo para que él lo gozara
o lo destruyera. Que era capaz de desencadenar el misterio de la materia y formar
otros mundos a su arbitrio. Sin embargo, cierto día quiso escalar el espacio para matar
al ser que lo había fabricado. Construyó una torre para llegar al cielo. Pero a poco de
avanzar, cayó estrepitosamente con todos los suyos, porque éstos habían confundido
su propia lengua, expresándose cada uno con un lenguaje ininteligible. Siglos
después, en reemplazo de la primera, construyó una torre de lanzamiento, y amenazó
a los planetas de su galaxia con la destrucción. Lanzó miles y miles de robots
portadores de eyectores atómicos. Pero los robots se volvieron contra los mismos
terresianos confundiendo sus mecanismos (como el habla en la torre primitiva), y
facilitaron nuestra defensa. El resultado ya lo saben ustedes por haberlo aprendido en
el falansterio: fue la destrucción de la Tierra, el más hermoso de los planetas,
convertido ahora en una mole de plomo en órbita de desplazamiento hacia Omicron B.
Ya es un satélite muerto. El único recuerdo vivo que aún queda es el hombre-pez de la
pecera, en cuyas aguas se ha conservado todavía por el alimento extraído de otros
mutantes que se originan en los cuásares. Sin embargo, está próximo a extinguirse.
Un día morirá, y la Tierra será una hipótesis en algún sistema planetario que pobló el
cosmos.
-¿Y habla el hombre-pez?- preguntó el más joven.
Mecranis extrajo de sus bolsillos un acuófono: dos pequeñas esferas de cristal
unidas por cierto cable rojizo, una de las cuales introdujo en la pecera. La otra fue
ajustada al oído del niño. Y éste oyó los roncos resoplidos del hombre-pez, que
expresaban un lenguaje misterioso que el acuófono traducía simultanea-mente al
idioma omicrita. Las palabras eran siempre las mismas, monótonas, cenagosas, como
si hablara una montaña de barro deshecha bajo la lluvia.
-¿Qué dice el hombre-pez?- interrogó otro niño. El niño del acuófono pasó la esfera a su compañero. Y éste al siguiente. Y así
a los demás. Las palabras del hombre-pez no variaban:
-¡Yo soy el rey de la creación! ¡Yo soy el rey de la creación!
Los niños se miraron espantados y resolvieron abandonar el lugar. El frío
comenzaba a congelar el aliento. Mecranis, a lo lejos, daba tumbos como una máquina
desvencijada.

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