viernes, 24 de julio de 2015

SOY EL FUGITIVO de Germán Pardo García



Cada vez pareciéndome
más y más a mí mismo.
Al ignorado, al hondo,
al que jamás es visto.

Al que se curvo en sombras
cuando aparezco y brillo.
Al que tiende las manos
pero esconde el espíritu.

Al que en solares climas atúrdese de frío.
Al que jamás me escucha
cuando mi nombre digo.

Al que se escapa rápido
cuando me necesito,
hacia unas claridades
de inmensos laberintos.

Al que no está a mi lado
si padezco cautivo.
Al que tiene memoria
cuando busco el olvido.

Al que robó estas llamas
en que me incendio vivo.
Al que camina siempre
sin rumbos conocidos.

Cuando sembré jardines
me cultivó un espino
y desabridas varas
de emponzoñado trigo.

Gemelos implacables.
Celestes enemigos.
La luz y la penumbra.
La víbora y el nido.

Y ha llegado esta noche
a enfrentarse conmigo,
y está junto a mi puerta
contemplándome fijo.

Y al verme en este espejo
de claroscuros lívidos,
con todas mis pobrezas
y todos mis instintos;

al verme doloroso
tornar de mis abismos,
mi identidad me espanta.

¡Soy el fugitivo!

martes, 21 de julio de 2015

SERMÓN DE LA SANGRE de Rafael Alberti


Me llama, me grita, me advierte, me despeña y me alza,
hace de mi cabeza un yunque en medio de las olas,
un despiadado yunque contra quien deshacerse
zumbando.
Hay que tomar el tren, le urge. No hay. Salió. Y ahora me
dice que ella misma lo hizo volar al alba, desaparecer
íntegro ante un amanecer de toros desangrándose a la
boca de un túnel.
Sé que estoy en la edad de obedecerla, de ir detrás
de su voz que atraviesa desde la hoja helada de los trigos
hasta el pico del ave que nunca pudo tomar tierra
y aguarda que los cielos se hagan cuarzo algún día
para al fin detenerse un solo instante.
La edad terrible de violentar con ella las puertas más
cerradas, los años más hundidos por los que hay
que descender a tientas, siempre con el temor de perder
una mano o de quedar sujeto por un pie a la última
rendija, esa que filtra un gas que deja ciego y hace oír
la caída del agua en otro mundo, la edad terrible está
presente, ha llegado con ella, y la sirvo: mientras
me humilla, me levanta, me inunda, me desquicia,
me seca, me abandona, me hace correr de nuevo,
y yo no sé llamarla de otro modo:
Mi sangre.

domingo, 12 de julio de 2015

ESPANTAPÁJAROS (AL ALCANCE DE TODOS) de Oliverio Girondo


   ¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra sombra nos abandona de vez en cuando?
    Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin embargo han pasado las oras, las semanas enteras, sin que notemos su presencia.
    Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco. Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria, un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra en todas partes y en ninguna, hasta que de repente advertimos un estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene, nos encontramos con nuestra sombra.
    ¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin habernos dado cuenta de sus existencia? ¿La habremos extraviado al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la calle?
    La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que nos preocupe la contestación a esas preguntas.
    Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen insuficientes. 
    Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna clase de vehículo. En vez de subir las escalera, tomamos el ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma toda la noche a nuestro lado.