lunes, 12 de diciembre de 2016

CARTA A DOS DESCONOCIDAS de Octavio Paz

 

   Todavía no sé cuál es tu nombre. Te siento tan mía que llamarte de algún modo sería como separarme de ti, reconocer que eres distinta a la substancia de que están hechas las silabas que forman mi nombre. En cambio, conozco demasiado bien el de ella y hasta qué punto ese nombre se interpone entre nosotros, como una muralla impalpable y elástica que no se puede nunca atravesar.
Todo esto debe parecerte confuso. Prefiero explicarte cómo le conocí, cómo advertí tu presencia y por qué pienso que tú y ella son y no son lo mismo.
   No me acuerdo de la primera vez. ¿Naciste conmigo o ese primer encuentro es tan lejano que tuvo tiempo de madurar en mi interior y fundirse a mi ser? Disuelta en mí mismo, nada me permitía distinguirte del resto de mí, recordarle, reconocerte. Pero el muro de silencio que ciertos días cierra el paso al pensamiento, la oleada innombrable —la oleada de vacío— que sube desde mi estómago hasta mi frente y allí se instala como una avidez que no se aplaca y una sentencia que no se tuerce, el invisible precipicio que en ocasiones se abre frente a mí, la gran boca maternal de la ausencia —la vagina que bosteza y me engullo y me deglute y me expulsa: ¡al tiempo, otra vez al tiempo!—, el mareo y el vómito que me tiran hacia abajo cada voz que desde lo alto de la torre de mis ojos me contemplo... todo, en fin, lo que me enseña que no soy sino una ausencia que se despeña, me revelaba —¿cómo decirlo?— tu presencia. Me habitabas como esas arenillas impalpables que se deslizan en un mecanismo delicado y que, si no impiden su marcha, la trastornan hasta corroer todo el engranaje.
   La segunda vez: un día te desprendiste de mi carne, al encuentro de una mujer alta y rubia, vestida de blanco, que te esperaba sonriente en un pequeño muelle. Recuerdo la madera negra y luciente y el agua gris retozando a sus pies. Había una profusión de mástiles, velas, barcas y pájaros marinos que chillaban. Siguiendo tus pasos me acerqué a la desconocida, que me cogió de la mano sin decir palabra. Juntos recorrimos la costa solitaria hasta que llegamos al lugar de las rocas. El mar dormitaba. Allí canté y dancé; allí pronuncié blasfemias en un idioma que he olvidado. Mi amiga reía primero; después empezó a llorar. Al fin huyó. La naturaleza no fue insensible a mi desafío; mientras el mar me amenazaba con el puño, el sol descendió en línea recta contra mí. Cuando el astro hubo posado sus garras sobre mi cabeza erizada, comencé a incendiarme. Después se restableció el orden. El sol regresó a su puesto y el mundo se quedó inmensamente solo. Mi amiga buscaba mis cenizas entre las rocas, allí donde los pájaros salvajes dejan sus huevecillos.
Desde ese día empecé a perseguirla. (Ahora comprendo que en realidad te buscaba a ti.) Años más tarde, en otro país, marchando de prisa contra un crepúsculo que consumía los altos muros rojos de un templo, volví a verla. La detuve, pero ella no me recordaba. Por una estratagema que no hace al caso logré convertirme en su sombra. Desde entonces no la abandono. Durante años y meses, durante atroces minutos, he luchado por despertar en ella el recuerdo de nuestro primer encuentro. En vano le he explicado cómo te desprendiste de mí para habitarla, nuestro paseo junto al mar y mi fatal imprudencia. Soy para ella ese olvido que tú fuiste para mí.
   He gastado mi vida en olvidarte y recordarte, en huirte y perseguirte. No estoy menos solo que, cuando niño, le descubrí en el charco de aquel jardín recién llovido, menos solo que cuando, adolescente, te contemplé entre dos nubes rotas, una tarde en ruinas. Pero no caigo ya en mi propio sinfín, sino en otro cuerpo, en unos ojos que se dilatan y contraen y me devoran y me ignoran, una abertura negra que palpita, coral vivo y ávido como una herida fresca. Cuerpo en el que pierdo cuerpo, cuerpo sin fin. Si alguna vez acabo de caer, allá, del otro lado del caer, quizá me asome a la vida. A la verdadera vida, a la que no es noche ni día, ni tiempo ni destiempo, ni quietud ni movimiento, a la vida hirviente de vida, a la vivacidad pura. Pero acaso todo esto no sea sino una vieja manera de llamar a la muerte. La muerte que nació conmigo y que me ha dejado para habitar otro cuerpo.

miércoles, 12 de octubre de 2016

LA LLUVIA de Raúl González Tuñón


 Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
     Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
     De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
     De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
     Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
      No habían despertado todavía al amor.
      No sabían nada de nosotros.
      De nuestro secreto.
      Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de        nuestra fatiga.
       Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
        Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
        Te quiero con toda la furia de la lluvia.
        Te quiero con todos los violines de la lluvia.
        Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
        Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
         Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
         Oh, visitante.
          Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
          Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el           destino único.
          Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
          Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del           otoño.
          Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
          Oh, visitante.
          Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
          Estoy tocado de tu destino.
          Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
          Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
          Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.
            La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
            Estoy tocado de tu destino.
            Oh, lluvia. Oh, generosa.

martes, 13 de septiembre de 2016

LA MUJER EN EL ESPEJO: UN REFLEJO, de Virginia Wolf



La gente no debería dejar espejos colgados en las habitaciones, como tampoco debería dejar abiertos talonarios de cheques o cartas en las que se confiese algún horrible delito. Era imposible no mirar, aquella tarde de verano, el gran espejo que había fuera, en el vestíbulo.

El azar así lo había dispuesto. Desde las profundidades del sofá, en la sala de estar, se veía reflejado en el espejo italiano no sólo la mesa de mármol que había enfrente, sino también un trozo de jardín. Se veía un largo sendero de hierba que discurría entre macizos de altas flores hasta que el marco dorado del espejo lo cortaba en una esquina.

La casa estaba vacía y te sentías, puesto que eras la única persona que había en la sala de estar, como uno de esos naturalistas que, cubiertos de hierba y hojas, permanece agazapado para observar a los animales más tímidos —como el tejón, la nutria o el martín pescador— que merodean libremente por los alrededores sin ser vistos. Esa tarde la habitación estaba llena de criaturas así de tímidas, de luces y sombras, cortinas ondeando, pétalos cayendo..., cosas que nunca ocurren, al parecer, cuando alguien mira. La vieja y silenciosa estancia campestre, con sus alfombras, su chimenea de piedra, sus librerías empotradas y sus escritorios lacados en rojo y oro, estaba llena de criaturas nocturnas como éstas.

Llegaban haciendo piruetas, caminando delicadamente de puntillas con las colas en abanico y picoteando con sus picos insinuantes, como grullas o bandadas de elegantes flamencos que hubiesen perdido su color rosado, o como pavos reales con las colas veteadas de plata. Y había también sombríos resplandores y oscurecimientos, como si una sepia tiñese súbitamente el aire de púrpura; y la sala tenía sus pasiones y furias y envidias y penas, que la acechaban y la cubrían como un ser humano. Nada permanecía igual durante más de dos segundos.

Pero, fuera, el espejo reflejaba la mesa del vestíbulo, los girasoles y el jardín con tanta nitidez y tan fijamente que parecían atrapados de manera irremediable en su propia realidad. Era un contraste extraño: todo fugacidad aquí, todo quietud allá. Resultaba imposible evitar que la mirada saltase de una cosa a otra. Además, como todas las puertas y ventanas estaban abiertas al calor, había un constante suspiro interrumpido, la voz de lo transitorio y lo perecedero, que iba y venía como el aliento humano, mientras en el espejo las cosas habían dejado de respirar y permanecían inmóviles en el éxtasis de la inmortalidad.

Hacía media hora que la señora de la casa, Isabella Tyson, había recorrido el sendero con un ligero vestido de verano, su cesta, y había desaparecido, cortada por el marco dorado del espejo. Era de suponer que había ido a por flores a la parte baja del jardín; o, como parecía más natural, a cortar una planta ligera y fantástica y frondosa y trepadora, una clemátide, o uno de esos elegantes manojos de corregüela que se retuercen sobre feos muros y estallan aquí y allá en brotes blancos o violetas. Isabella se parecía más a la fantástica y trémula corregüela que al erecto áster, la almidonada zinnia, o a sus propias rosas ardientes y encendidas como farolas en los rígidos postes de los rosales. La comparación revelaba cuán poco, después de tantos años, sabíamos de ella. Porque es imposible que una mujer de carne y hueso, a sus cincuenta y cinco o sesenta años, sea realmente una corona de flores o un zarzillo. Tales comparaciones son completamente ociosas o superficiales... son incluso crueles, pues se interponen temblorosamente como la corregüela entre la propia mirada y la verdad. Ha de existir la verdad; ha de haber un muro. Y, sin embargo, era extraño que conociéndola después de tantos años fuese imposible decir cuál era la verdad sobre Isabella; que aún se hiciesen frases como ésta sobre corregüelas y clemátides. En cuanto a los hechos, era un hecho que Isabella era una solterona; que era rica; que había comprado una casa y reunido con esfuerzo —llegando a veces hasta los rincones más oscuros del mundo y con gran riesgo de picaduras venenosas y enfermedades orientales— las sillas, los escritorios y las alfombras que ahora vivían su existencia nocturna ante nuestros ojos. En ocasiones parecía como si supiesen más sobre ella de lo que a nosotros, que nos sentábamos en ellas, escribíamos en ellos y las pisábamos con tanto cuidado, nos estaba permitido saber. En cada uno de esos escritorios había montones de cajones pequeños, y cada uno de estos cajones contenía casi con seguridad cartas, cartas atadas con lazos, perfumadas con varitas de lavanda o pétalos de rosa. Pero también era un hecho —si es que son los hechos lo que importa— que Isabella había conocido a mucha gente, había tenido muchas amistades; y por eso, quien tuviera la audacia de abrir el cajón y leer sus cartas, encontraría indicios de muchas discusiones, citas, recriminaciones por haber faltado a las citas, largas e íntimas cartas de amor, violentas cartas de celos y reproches, terribles palabras de despedida —pues todos aquellos encuentros y citas habían quedado en nada— es decir, Isabella nunca se casó, y sin embargo, a juzgar por la indiferencia de su rostro, que era como una máscara, había vivido veinte veces más pasión y experiencia que esos que pregonan sus amores a los cuatro vientos. Bajo la tensión de pensar en Isabella la habitación se volvió más sombría y simbólica; los rincones parecían más oscuros, las patas y las sillas de las mesas más alargadas y jeroglíficas.

Estas reflexiones concluyeron violentamente, y sin el menor ruido. Una figura grande y negra apareció en el espejo; lo borró todo, dejó sobre la mesa un montón de losetas de mármol con vetas rosas y grises, y desapareció. Pero la escena quedó alterada por completo. Por el momento resultaba irreconocible e irracional y enteramente borrosa. Era imposible relacionar las losetas con algún propósito humano. Y luego, poco a poco, se vieron afectadas por cierto proceso lógico que comenzó a poner en ellas orden y sentido y a situarlas en el marco de lo habitual. Finalmente resultaron ser simples cartas. El hombre había traído el correo.

Allí estaban, sobre la mesa de mármol rezumando luz y color al principio, y en estado bruto, sin absorber. Y luego fue extraño ver cómo se desplazaban y colocaban y ordenaban e integraban en la escena y recibían la quietud y la inmortalidad que el espejo confería. Permanecían allí dotadas de una nueva realidad y una nueva importancia y también de una mayor solidez, como si hiciese falta un cincel para separarlas de la mesa. Y, ya fuese o no una fantasía, parecían haberse convertido en algo más que un puñado de cartas, en tablillas con la verdad eterna grabada en ellas... quien pudiese leerlas descubriría todo cuanto había que saber acerca de Isabella, sí, y también acerca de la vida. Las páginas anteriores de estos sobres de aspecto marmóreo debían de poseer un significado tallado con profundidad y grabado con claridad. Isabella entraría y las cogería, una por una, muy despacio, y las abriría, y las leería detenidamente, palabra por palabra, y luego, con un profundo suspiro de comprensión, como si hubiese llegado hasta el fondo de todas las cosas, rompería los sobres en trocitos pequeños y ataría las cartas y cerraría el cajón del escritorio decidida a ocultar lo que no deseaba que nadie supiera.

Este pensamiento resultó ser como un desafío. Isabella no quería que se supiera... pero no podría seguir evitándolo por más tiempo. Era absoluto, era monstruoso. Si tanto ocultaba y tanto sabía, sería preciso abrir el interior de Isabella con el instrumento que hubiese más a mano: la imaginación. Había que fijar la mente en ella en ese preciso instante. Había que retenerla allí. Había que negarse a ser intimidado de nuevo con dichos y hechos como los que producía el momento: con cenas y visitas y conversaciones de cortesía. Había que ponerse en el lugar de Isabella. Tomando la frase en su sentido literal resultaba fácil ver los zapatos que calzaba en ese momento, allí en la parte baja del jardín. Eran muy estrechos y alargados y elegantes: hechos del más suave y flexible cuero. Como todo lo que Isabella llevaba, eran exquisitos. Y ella permaneció en pie, junto al alto seto, en la parte baja del jardín, empuñando las tijeras que llevaba colgadas de la cintura para cortar alguna flor marchita, alguna rama que hubiese crecido en exceso. El sol le caía a plomo en la cara, en los ojos; pero no, en el momento crítico un velo de nubes ocultó el sol, dibujando en sus ojos una expresión dubitativa... ¿era burlona o tierna, alegre o triste? Sólo se veía el perfil impreciso de un hermoso rostro, más bien difuso, mirando al cielo. Tal vez pensaba que debía encargar una redecilla nueva para las fresas; que debía enviar flores a la viuda de Jonson; que ya era hora de visitar a los Hippesley en su nueva casa. Ésas eran sin duda las cosas de las que hablaba durante la cena. Lo que querías captar y verter en palabras era su ser más íntimo, ese estado que es a la mente lo que la respiración es al cuerpo, eso que llamamos felicidad o infelicidad. Al mencionar estas palabras resultaba evidente que ella tenía que ser feliz. Era rica; era distinguida; tenía muchas amistades; viajaba: compraba alfombras en Turquía y vasijas azules en Persia. Avenidas de placer partían en distintas direcciones del lugar donde se encontraba Isabella, con sus tijeras levantadas para cortar las ramas temblorosas mientras las finas nubes velaban su rostro.

Con un rápido movimiento de tijeras cortó el ramo de clemátides y éste cayó al suelo. Y mientras caía, seguro que también la luz se volvió más intensa y fue posible adentrarse un poco más en su ser. Luego la ternura y la pena inundaron su mente... Cortar una rama que había crecido en exceso la entristecía porque era un ser vivo y la vida era algo muy preciado para ella. Sí, y al mismo tiempo, la caída de la rama le recordaría que también ella habría de morir, y le haría pensar en la futilidad y evanescencia de las cosas. Y más tarde, interrumpiendo rápidamente este pensamiento, con un buen juicio, pensó que la vida la había tratado bien; aun cuando habría de caer, sería para yacer sobre la tierra y pudrirse dulcemente entre las raíces de las violetas. De modo que allí estaba, pensando. Y sin llegar a definir ningún pensamiento... —pues era una de esas personas reservadas cuyas mentes guardan sus reflexiones enredadas en nubes de silencio—, Isabella estaba llena de pensamientos. Su mente era como su sala de estar, donde las luces avanzaban y retrocedían, hacían piruetas y caminaban suavemente, desplegaban sus colas, picoteaban su camino; y entonces, todo su ser quedaba bañado, como la sala, por una nube de conocimiento profundo, una pena secreta, , y luego se llenaba de cajones cerrados, atestados de cartas, como sus escritorios. Hablar de "abrir el interior de Isabella" como si fuese una ostra, emplear para ella sólo las mejores herramientas, las más sutiles y más dúctiles, era irreverente y absurdo. Había que imaginar... ahora estaba en el espejo. Te hacía sobresaltarte.

Al principio estaba tan lejos que resultaba difícil verla con claridad. Se acercó sin prisa, con vacilación, colocando una rosa aquí, levantando un clavel allá para olerlo, pero sin detenerse en ningún momento; y fue creciendo más y más en el espejo, volviéndose más y más plenamente la persona en cuya mente intentabas penetrar. La ponías a prueba poco a poco... encajabas en aquel cuerpo visible las cualidades que habías descubierto. Allí estaba su vestido gris verdoso, y sus zapatos alargados, su cesta, y algo brillaba en su cuello. Llegó de un modo tan gradual que no parecía estropear la imagen del espejo sino introducir un elemento nuevo que se movía con suavidad y alteraba los demás objetos, como pidiéndoles, con cortesía, que hiciesen sitio para ella. Y las cartas y la mesa y el sendero y los girasoles que habían aguardado en el espejo, se separaron y abrieron para acogerla entre ellos. Finalmente estaba allí, en el vestíbulo. Se detuvo. Se quedó de pie junto a la mesa. Estaba absolutamente inmóvil. De inmediato, el espejo empezó a derramar sobre ella una luz que parecía dejarla allí clavada; que parecía corroer como el ácido lo accesorio y superficial, dejando sólo la verdad. Era un espectáculo delicioso. Todo se desprendía de ella —nubes, vestido, cesta, brillante— todo lo que habías llamado corregüela o clemátide. Allí estaba el sólido muro. Aquí la mujer. Permanecía de pie, desnuda, bajo esa luz despiadada. Y no había nada. Isabella estaba absolutamente vacía. No tenía pensamientos. No tenía amigos. No se preocupaba por nadie. En cuanto a su correspondencia, todo eran facturas. Mírala ahí de pie, vieja y angulosa, con sus venas y sus arrugas, con la nariz alta y el cuello lleno de pliegues, ni siquiera se toma la molestia de abrirlas.

La gente no debería dejar espejos colgados en las habitaciones.

jueves, 8 de septiembre de 2016

MÁS ALLÁ DEL AMOR, de Octavio Paz



Todo nos amenaza:
el tiempo, que en vivientes fragmentos divide
al que fui
del que seré,
como el machete a la culebra;
la conciencia, la transparencia traspasada,
la mirada ciega de mirarse mirar;
las palabras, guantes grises, polvo mental sobre la yerba,
el agua, la piel;
nuestros nombres, que entre tú y yo se levantan,
murallas de vacío que ninguna trompeta derrumba.

Ni el sueño y su pueblo de imágenes rotas,
ni el delirio y su espuma profética,
ni el amor con sus dientes y uñas nos bastan.
Más allá de nosotros,
en las fronteras del ser y el estar,
una vida más vida nos reclama.

Afuera la noche respira, se extiende,
llena de grandes hojas calientes,
de espejos que combaten:
frutos, garras, ojos, follajes,
espaldas que relucen,
cuerpos que se abren paso entre otros cuerpos.

Tiéndete aquí a la orilla de tanta espuma,
de tanta vida que se ignora y se entrega:
tú también perteneces a la noche.
Extiéndete, blancura que respira,
late, oh estrella repartida,
copa,
pan que inclinas la balanza del lado de la aurora,
pausa de sangre entre este tiempo y otro sin medida

domingo, 31 de julio de 2016

ACONTECIMIENTOS de Jacques Prévert


Una golondrina vuela en el cielo
vuela hacia su nido
su nido donde hay crías
les lleva una sombrilla
gusanos y dientes de león
un montón de cosas para divertir a los niños
en la casa donde está el nido
un joven enfermo revienta suavemente en su cama
en su cama
sobre la acera delante de la puerta
hay un tipo que es negro y que desvaría
detrás de la puerta un chico besa a una chica
un poco más lejos al final de la calle
un pederasta mira a otro pederasta
y le dice adiós con la mano
uno de los dos llora
el otro hace como si llorase
tiene una pequeña maleta
tuerce la esquina
y una vez solo sonríe
la golondrina pasa de nuevo por el cielo
y el pederasta la ve
Anda una golondrina...
y sigue su camino
en su cama el joven enfermo muere
la golondrina pasa delante de la ventana
mira a través del cristal
Anda un muerto...
vuela hasta una planta más arriba
y ve a través del cristal
un asesino la cabeza entre las manos
la víctima está colocada en un rincón
replegada sobre sí misma
Otro muerto dice la golondrina...
el asesino la cabeza entre las manos
se pregunta cómo va a salir de ésta
se levanta coge un cigarrillo
se vuelve a sentar
la golondrina lo ve
en su pico tiene una cerilla
llama al cristal con su pico
el asesino abre la ventana
toma la cerilla
Gracias golondrina...
y enciende su cigarrillo
No hay de qué dice la golondrina
Es lo menos que podía hacer
y se aleja a todo vuelo...
el asesino vuelve a cerrar la ventana
se sienta sobre una silla y fuma
la víctima se levanta y dice
es aburrido estar muerto
uno se queda todo frío
Fuma eso te dará calor
el asesino le da un cigarrillo
y la víctima dice No me dé las gracias
Es lo menos que podía hacer dice el asesino
bien le debo eso
toma su sombrero y lo pone sobre la cabeza
y se va
anda por la calle
de repente se para
y piensa en una mujer que ha querido mucho
es por su culpa que mató
a esa mujer ya no la quiere
pero nunca se atrevió a decírselo
no quiere hacerla sufrir
de vez en cuando mata a alguien para ella
le hace tanta ilusión
a esa mujer
él se moriría antes de hacerla sufrir
al asesino le importa un bledo sufrir
pero cuando los demás sufren
se vuelve loco
pirado
chiflado
fuera de sí
hace no importa qué no importa dónde no importa cuándo
y después se larga
cada uno a su oficio
unos matan
otros son matados
es preciso que todo el mundo viva
Si llamas a eso vivir
el asesino ha hablado en voz alta
y el tipo que le interpela
está sentado sobre la acera
es un parado
se queda ahí de la mañana a la noche
sentado sobre la acera
está esperando que las cosas cambien
Sabes de dónde vengo le dice el asesino
el otro sacude la cabeza
Acabo de matar a alguien
Es inevitable que todo el mundo muera
responde el parado
y de repente a quemarropa
¿Tiene usted alguna noticia?
¿Noticias de qué?
Noticias del mundo
noticias del mundo... dicen que va a cambiar
la vida se va a volver muy bonita
todos los días se podrá comer y habrá mucho sol
todos los hombres serán de tamaño natural
y nadie será humillado
pero he aquí que vuelve la golondrina
el asesino se va
y el parado se queda
y se calla
y escucha los ruidos
y escucha pasos
los cuenta
para pasar el rato maquinalmente
1 2 3 4 5
etc... etc...
hasta cien... varias veces...
es un hombre que se pasea nervioso
en una planta baja
en una habitación llena de papeles
tiene una cabezota de pensador
gafas de concha
una cabezota de junco bien pensante
se pasea nervioso y busca
busca algo que le permitirá transformarse en alguien
y cuando llaman a su puerta dice
No estoy para nadie
busca
busca algo que le permitirá transformarse en alguien
el mundo entero podría llamar a su puerta
el mundo entero podría arrastrarse sobre el felpudo
y gemir
y llorar
y suplicar
pedir de beber
beber y comer
que no abriría...
busca
busca la famosa máquina para pesar las balanzas
cuando la haya encontrado
la famosa máquina para pesar las balanzas
será el hombre más famoso de su país
el rey de los pesos y medidas
de los pesos y medidas de Francia
y para sí lanza pequeños gritos
viva papá
viva yo
viva Francia

de repente se golpea un dedo contra el pie de la cama
qué duro es el pie de una cama
más duro que el pie de un genio
y he aquí el junco pensante en el suelo
meciendo su pobre pie dolorido
fuera el parado mueve la cabeza
su pobre cabeza mecida por el insomnio
cerca de él se para un taxi
seres humanos bajan están de duelo
en lágrimas y de punta en blanco
uno de ellos paga al taxista
el taxista se va
con su taxi
otro humano le llama da una dirección y sube
el taxi sale de nuevo 25 calle de Châteaudun
el taxista tiene la dirección en la memoria
y la conserva el tiempo necesario
pero de todas maneras es un trabajo raro...
y cuando está con fiebre
cuando está negro cuando está acostado por la noche
miles y miles de direcciones
llegan a toda velocidad y pelean en su memoria
tiene la cabeza como una guía
como un mapa
y entonces toma esta cabeza entre sus manos
con el mismo gesto que el asesino
y se queja suavemente
222 calle de Vaugirard
33 calle de Ménilmontant
Grand Palais
Estación de Saint-Lazare
calle de los últimos Mohicanos
es increíble lo que el hombre inventa
para estropear al hombre
y cómo todo eso pasa tranquilamente
el hombre cree vivir y sin embargo está ya casi muerto
y desde hace mucho tiempo
va y viene en un triste decorado
color de vida de familia
color del primer día del año
con el retrato de la abuela
del abuelo y del tío Ferdinando
el de las orejas apestosas
a quien sólo le quedaba un diente
el hombre se pasea por un cementerio
paseando su desidia con una correa
no se atreve a decir nada
no se atreve a hacer nada
tiene ganas que todo se haya acabado,
así que cuando llega la guerra
está totalmente listo para ser liquidado
y al que asesinan
una vez pasado el terror
dice uf y dice Os doy las gracias
qué alivio
.................................................................................................

así que el asesinado gira sobre sí mismo
y bañado en su propia sangre
está muy tranquilo
da gusto ver
este cadáver bien colocado en un rincón
en este pisito tan coquetón
hay un silencio de muerte
Parece una iglesia dice una mosca al entrar
es conmovedor
y todas las moscas reunidas dejan oír un piadoso zumbido
después se acercan al charco
al gran charco de sangre
pero la decana de las moscas les dice
Alto hijas mías
demos las gracias al dios de las moscas por este festín
improvisado
y sin una nota en falso todas las moscas comienzan a cantar
el benedícite
la golondrina pasa por ahí y frunce el ceño
la horrorizan los remilgos
las moscas son piadosas
la golondrina es atea
está viva
es bonita
vuela deprisa
hay un Dios para las moscas
hay un Dios para las polillas
para las golondrinas no hay ningún Dios
no les hace falta...
la golondrina prosigue su camino y ve
a través de los cristales de otra ventana
alrededor del joven muerto toda la familia sentada
ha llegado en taxi
bañada en lágrimas de duelo y de punta en blanco
ahora velan al muerto
se quedan ahí
si la familia no se quedase ahí
quizás se fugaría el muerto
o quizás vendría otra familia
y se lo llevaría
cuando se tiene un muerto se le toma cariño
y cuando no se tiene ninguno
se desea tener uno
La gente es tan mezquina
no es cierto tío Gracián
a quién se lo vas a decir
qué envidiosa es la gente
nos quitarían nuestro muerto
nuestro propio muerto
llorarían en nuestro lugar
eso sí que quedaría fuera de lugar
y cada uno en el espejo del armario
cada uno se mira llorar...
un parado sentado sobre la acera
un taxista en el bulevar
un muerto
otro muerto
un asesino
una regadera
una golondrina que va y viene
en el cielo color de cielo
un nubarrón revienta por fin
el granizo...
granizos gordos como el puño
todo el mundo respira
Uf
no hay que dejarse abatir
hay que sostenerse
comer
las moscas beben a lengüetadas
las crías de golondrinas se comen el diente de león
la familia la mortadela
el asesino una mata de rábanos
el taxista en el restaurante de los conductores
calle de Tolbiac
come un escalope de caballo
todo el mundo come menos los muertos
todo el mundo come
los pederastas... las golondrinas...
las jirafas... los coroneles...
todo el mundo come
menos el parado
el parado que no come porque no tiene nada para comer
está sentado sobre la acera
está cansado
hace tanto tiempo que espera que cambie
empieza a estar harto
de repente se levanta
de repente se va
en busca de los otros
de los otros que no comen porque no tienen nada para comer
de los otros tan cansados
de los otros sentados en las aceras
y que esperan
que esperan que eso cambie y que están hartos
y se va en busca de los otros
todos los otros
todos los otros tan cansados
cansados de esperar
cansados...
Mirad dice la golondrina a sus crías
son millares
y los pequeños sacan la cabeza del nido
y miran a los hombres andar
Si se quedan bien unidos juntos
comerán
dice la golondrina
pero si se separan reventarán
Quedad juntos hombres pobres
quedaros unidos
gritan las crías de la golondrina
quedaros unidos hombres pobres
quedaros unidos
gritan las crías
algunos hombres las escuchan
saludan con el puño
y sonríen.







domingo, 15 de mayo de 2016

CUANDO MIS LABIOS SE CANSEN de Germán Pardo García


Cuando mis labios se cansen, porque también los labios sienten
sideral fatiga,
imitaré a los vagabundos:
pondré sobre los hombros mis grises pertenencias,
y seguido por un cortejo de azules moscas
y canes indigentes,
me alejaré por un suburbio triste, sacudiéndome el polvo
de la vida y los astros,
hacia un amarillo bosque
donde mi espíritu no sufra;
hacia uno de esos maravillosos bosques
otoñales,
a soñar.
Me habré cansado ya de hacer surgir el sol,
cual Orfeo
al resonar de mi silvestre cántico,
y no convocaré ciervos ni alondras
para cantarles mi pasión de vida.
El arpa polífona será monocorde leño,
o estará rota y olvidada.
Sin ella ambularé sordo y cegado,
pues con sus cuerdas excitadas oigo
y sus sentidos espumantes veo,
mas no podré escuchar ni percibir entre las
nubes,
la cabellera de Eurídice pasando.
¡Ya para qué la luna, amiga siempre ecuánime,
y el prestigio de los luceros
y la soberbia de Saturno!
Me abasteceré de cualquier limosna aérea;
del hurto a frutales cultivos
o del casual encuentro con otro celeste vagabundo.
¡Viviré de astrales misericordias,
yo, el usurpador de un laurel dinástico
que en un jardín de celuloide brilla!
¡Yo, un divino haragán!
¡Qué fácil no sentirme fundador de un imperio danzante
regido por arrebatadoras músicas,
ni organizador de nuevas y azules jerarquías!
¡Qué cansancio,
y qué alivio
no sentir al Misterio gravitar en mis hombros!
¡Yo, un vagabundo del espacio,
estaré en el final de mi carrera!
Inútiles las preguntas incesantes: ¿qué he sido,
qué perturba mi calma, qué mi nombre fustiga?
¿Habré llegado al preciso límite
donde la soledad se vuelve música?
¡Para qué preguntarlo, si ya el sueño me agobia
con el último sueño!
Bostezaré como el vagabundo
cuando se acuesta entre su séquito de moscas y de canes.
Consultaré a las nubes: ¿será larga la noche
que arropará mi pródigo descanso?
¿Nadie entendió en el mundo
que fue solar mi vagabundería
y el lodo gris de mis zapatos, hímnico?
Volveré a bostezar cósmicamente
y a decir: ¡hasta pronto, jilgueros,
y vosotros, vulgares amigos!
Mas, antes de dormirme para siempre,
formaré con espartos y sucios cordones,
un arpa humilde, un arpa,
y la dejaré sobre mi pecho para que ahí,
tendido,
vuelto a la vagancia eterna,
el viento cante y cante
sobre mi ser y mi vestido astroso;
y el sol, por mí siempre invocado,
retorne y cante
y cante
sobre mi paz de taciturno Orfeo,
porque yo soy el pulsador de universales
cítaras.

martes, 3 de mayo de 2016

CANTO 2 (fragmento) DE CANTOS DE MALDOROR, del Conde de Lautremont



He mostrado a los hombres las armas con las que pueden combatirla con ventaja. No están todavía familiarizados con ella, pero sabe que, para mí, es como paja que se lleva el viento. Le hago el mismo caso. Si quisiera aprovechar la ocasión que se presenta para hacer más sutiles esas discusiones poéticas, añadiría que hago, incluso, más caso de la paja que de la conciencia, pues la paja es útil para el buey que la rumia, mientras que la conciencia sólo sabe mostrar sus garras de acero. Sufrieron un penoso fracaso el día que se colocaron ante mí. Como la conciencia había sido enviada por el Creador, creí conveniente no permitir que me cerrara el paso. Si se hubiera presentado con la modestia y la humildad propias de su rango, y de las que nunca hubiera debido prescindir, la habría escuchado. Su orgullo no me gustaba. Extendí una mano y trituré sus garras con mis dedos; cayeron hechas polvo bajo la creciente presión de esa nueva especie de mortero. Extendí la otra mano y le arranqué la cabeza. Expulsé, luego, de mi casa, a latigazos, a aquella mujer, y no volví a verla. Conservé su cabeza como recuerdo de mi victoria... Con una cabeza, cuyo cráneo roía, en la mano, me mantuve sobre un pie como la garza real, al borde del precipicio excavado en la ladera de la montaña. Se me vio descender al valle, mientras la piel de mi pecho permanecía inmóvil y calma, como la losa de una sepultura. Con una cabeza, cuyo crá- neo roía, en la mano, nadé por los más peligrosos remolinos, recorrí los mortales escollos y me sumergí bajo las corrientes para asistir, como un extraño, a los combates de los monstruos marinos; me aparté de la orilla hasta que desapareció de mi penetrante vista, y los horrendos calambres, con su paralizador magnetismo, merodeaban en torno a mis miembros que hendían las olas con potentes movimientos, sin osar acercarse. Se me vio, sano y salvo, en la playa, mientras la piel de mi pecho permanecía inmóvil y calma, como la losa de una sepultura. Con una cabeza, cuyo cráneo roía, en la mano, subí por los ascendentes peldaños de una elevada torre. Llegué, con las piernas fatigadas, a la plataforma vertiginosa. Miré la campiña, el mar; miré el sol, el firmamento. Empujando con el pie el granito, que no retrocedió, desafié la muerte y la venganza divina con un abucheo supremo y me precipité, como un adoquín, en la boca del espacio. Los hombres oyeron el doloroso y resonante choque que produjo el encuentro del suelo con la cabeza de la conciencia, que yo había abandonado en mi caída. Se me vio descender, con la lentitud del pájaro, llevado por una nube invisible, y recoger la cabeza para forzarla a ser testigo de un triple crimen que yo debía cometer aquel mismo día, mientras la piel de mi pecho permanecía inmóvil y calma, como la losa de una sepultura. Con una cabeza, cuyo cráneo roía, en la mano, me dirigí al lugar donde se levantan los postes que sostienen la guillotina. Coloqué bajo la cuchilla la gracia suave de los cuellos de tres muchachas. Verdugo, solté el cordón con la aparente experiencia de toda una vida, y el metal triangular, cayendo oblicuamente, cortó tres cabezas que me miraban con dulzura. Puse, luego, la mía bajo el pesado filo y el sayón se preparó para cumplir con su deber. Tres veces cayó la cuchilla por entre las ranuras con renovado vigor; tres veces, mi armazón material, sobre todo, en el lugar donde se asienta el cuello, se vio conmovido hasta sus fundamentos, como cuando en sueños, nos imaginamos aplastados por una casa que se derrumba.

lunes, 4 de abril de 2016

UNA MUJER SE ALEJA de Leopoldo de Luis



Yo soy la esquina oscura de la tarde
cuando el mundo se pone de rodillas
con el reclinatorio de la sombra
y una anciana mujer pasa creyendo
que fue hermosa y la amaron los muchachos. 
Yo soy la puerta falsa del otoño
cuando un perro amarillo apenas roe
el pobre hueso mondo del verano
y una mujer con guantes de ceniza
escribe extrañas cartas sin destino. 
Yo soy las galerías del invierno
cuando cruzan los cisnes emigrantes
desde estanques azules sin orillas
y una mujer contempla el cielo pálido
tan desvaído ya como sus pechos. 
Yo soy el cortinaje de una estancia
donde pájaros apteros habitan
y donde rotas cristaleras veo
tras de las cuales se deshace y cruza
una lenta mujer de sueño y nube. 

miércoles, 6 de enero de 2016

LAS PALABRAS EN LIBERTAD de Octavio Paz



  LO MÁS fácil es quebrar una palabra en dos. A veces los fragmentos siguen viviendo, con vida frenética, feroz, monosilábica. Es delicioso echar ese puñado de recién nacidos al circo: saltan, danzan, botan y rebotan, gritan incansablemente, levantando sus coloridos estandartes. Pero cuando salen los leones hay un gran silencio, interrumpido sólo por las incansables, majestuosas mandíbulas…
   Los injertos ofrecen ciertas dificultades. Resultan casi siempre monstruos débiles: dos cabezas rivales que se mordisquean y extraen toda la sangre aun medio-cuerpo; águilas con picos de paloma que se destrozan cada vez que atacan; palomas con picos de águila, que desgarran cada vez que besan; mariposas paralíticas. El incesto es ley común. Nada les gusta tanto como las reuniones en el seno de una misma familia. Pero es una superstición sin fundamento atribuir a esta circunstancia la pobreza de los resultados.
   Llevado por el entusiasmo de los experimentos abro en canal a una, saco los ojos a otra, corto piernas, agrego brazos, picos, cuernos. Colecciono manadas, que someto a un régimen de colegio, de cuartel, de cuadra, de convento. Adulo instintos, corto y recorto tendencias y alas. Hago picudo lo redondo, espinoso lo blando, reblandezco huesos, osifico vísceras. Pongo diques a las inclinaciones naturales. Y así creo seres graciosos y de poca vida.
A la palabra torre le abro un agujero rojo en la frente. A la palabra odio la alimento con basuras durante años, hasta que estalla en una hermosa explosión purulenta, que infecta por un siglo el lenguaje. Mato de hambre al amor, para que devore lo que encuentre. A la hermosura le sale una joroba en la u. Y la palabra talón, al fin en libertad, aplasta cabezas con una alegría regular, mecánica. Lleno de arena la boca de las exclamaciones. Suelto a las remilgadas en la cueva donde gruñen los pedos. En suma, en mi sótano se corta, se despedaza, se degüella, se pega, se cose y recose. Hay tantas combinaciones como gustos.
   Pero esos juegos acaban por cansar. Y entonces no queda sino el Gran Recurso: de una manotada. aplastas seis o siete —o diez o mil millones— y con esa masa blanda haces una bola que dejas a la intemperie hasta que se endurezca y brille como una partícula de astro. Una vez que esté bien fría, arrójala con fuerza contra esos ojos fijos que te contemplan desde que naciste. Si tienes tino, fuerza y suerte, quizá destroces algo, quizá le rompas la cara al mundo, quizá tu proyectil estalle contra el muro y le arranque unas breves chispas que iluminen un instante el silencio.