domingo, 18 de septiembre de 2011

“Cuando el tiempo de reclame”.


Cuando el tiempo me reclame,
en su nube altiva,
le diré que no.
Cuando mi amor se agote,
sin esperanza de recuperarlo,
buscaré tu regazo.
Siempre que llore por mi,
y no salgan lágrimas,
llamaré al mar.
Si no puedo recordarte,
no viviré más,
y andaré muerto por los pasillos.
En invierno inventaré el Sol.
con frío y viento negro,
la paz se abrirá paso,
cada vez más fuerte,
por encima de todos los huesos,
para seguir luchando.
Cuando el tiempo me llame,
estaré ahí, vivo.

Antonio Pérez

martes, 13 de septiembre de 2011

MI MUJER Y YO


Ferviente es la tarde de nubes enmohecidas
verde el galán de alcoba que sostiene mi alma almidonada
efluvios de congojas que parten
ateridas por el frío del semblante de tu pechera

Pedazos del ocaso vertidos
en el cuscurreante deslizar de mi mano seca
empapan momentos de rabia contenida
esperando la humedad de un beso

El crujir de las enaguas aviva los rescoldos
centellean ya en el pozo de los anhelos
¡Ánimas sin rostro!
Trepan arañando los filos de mis entrañas
y despiertan mariposas de entre las rocas
pintando el vacío oscuro y tenebroso.

Trémula carne deshabitada
una maraña de venas recientes
anudan los suspiros del ayer
y raudos instalan el puente hacia tu templo.

Laura López

viernes, 2 de septiembre de 2011

CIUDAD DEL PARAISO de Vicente Aleixandre


Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria,
antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.
Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
merecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.
Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores de brillos.
Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida del tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la lucha eterna que instantánea transcurre.
Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.
Jardines, flores. Mar alentado como un brazo que anhela
a la ciudad voladora entre monte y abismo,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!
Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas