domingo, 4 de noviembre de 2012

EL MONSTRUO REDONDO de Alberto Moravia


Leí a Platón hace ya veinte años, cuando era estudiante
de medicina y estaba a punto de terminar la carrera.
De esa lectura recuerdo especialmente la fábula del
andrógino, según la cual, en los orígenes de la huma-
nidad, hubo un monstruo redondo, con dos cabezas,
cuatro brazos, cuatro piernas, dos traseros y dos sexos.
Zeus, preocupado por la vitalidad del monstruo, deci-
dió debilitarlo y lo partió en dos mitades, de la misma
manera —como dice Platón— que se parte un huevo
duro con una cerda cortante. Desde entonces estas dos
mitades, una de sexo femenino y la otra de sexo mascu-
lino, van por el mundo, anhelantes, buscando a la otra
mitad de sexo diferente que las complete y les permita
restablecer al monstruo redondo de los orígenes. ¿Por
qué se me ha quedado esta fábula en la memoria?
Porque, por lo menos en lo que a mí toca, no se trata de
una fábula, sino de una verdad. No obstante mi profe-
sión, mi cultura, mi inteligencia de mi mitad masculi-
na. Esta búsqueda continua y desesperada me hace
cometer verdaderas locuras, como ahora, por ejemplo,
que trepo por las escaleras de un caserón popular, en
busca de un cierto Mario, un joven camarero que traba-
ja en un balneario, en brazos del cual me he sentido
completa hace apenas diez días, mientras vacacionaba
en un hotel del Circeo.
Naturalmente, el elevador está descompuesto; y así,
cuando llego al sexto piso después de haber subido
doce tramos de escaleras, tengo que descansar, por lo
menos un minuto, frente a la puerta de su apartamento
recuperando el aire. Sobre la placa de latón está escri-
to, en caracteres cursivos, “Elda-moda”, tal vez para
dar una impresión de elegancia. Elda es el nombre de
la madre de Mario, y esa placa presuntuosa e ingenua
contrasta con la modestia de la puerta de madera mal
pintada de gris, con el rellano estrecho y bañado por
un sol cruel, con la escalera angosta y sucia, como
todo el edificio. Ya recobré el aliento. Extiendo la ma-
no y toco el timbre.
La puerta se abre inmediatamente, como queriendo
denotar la pequeñez del apartamento. Bajo el umbral
aparece una mujer con mandil negro, de sastre, una
cinta métrica de caucho sobre el hombro y muchas
hebras de hilo blanco en el pecho; es sin duda la madre
de Mario. Es una mujer todavía guapa, pero derrotada
y ceñuda. La maternidad, el trabajo y la mala comida
la han deformado. Debe tener más o menos mi edad,
tal vez algunos años menos, pero yo parezco cierta-
mente más joven, dado que yo me tiño el cabello, y el
de ella tiene ya muchas canas.
Me mira con desconfianza, pregunta qué deseo. Le
respondo con una mentira que tiene, sin embargo, un
fondo de verdad:
—Soy la doctora de su hijo. Me habló por teléfono
ayer en la noche y me dijo que no se sentía bien, que
deseaba que lo viera. Y aquí estoy.
¿Por qué digo que es una mentira que tiene algo de
verdad? Porque así comenzó nuestro amor: en un sofo-
cante cuarto de servicio del hotel donde vacacionaba,
con Mario tendido en un catre revuelto, víctima de un
cólico. Yo estaba sentada al borde del catre, sosteniéndo-
le la mano; él se retorcía lo menos posible. Mientras tan-
to, sus ojos angustiados no dejaban de buscar los míos.
La madre no se asombra de mi presencia ni del pre-
texto; parece que se ha acostumbrado a este tipo de
cosas. Me dice con voz resignada:
—Voy a ver si está.
Me da la espalda sin invitarme a pasar, y desapare-
ce tras una tela que, a guisa de cortina, separa la entra-
da del apartamento. Al quedarme sola no sé si entrar o
no. Pero entro, corro un poco la tela y miro. Hay un
pequeño corredor, con una puerta vidriera al fondo, sin
duda el baño. Y otras tres puertas. Calculo: una da a la
cocina; la segunda, al cuarto de trabajo; la tercera, al
cuarto de Mario. ¿Dónde duerme la madre? Probable-
mente en el cuarto de trabajo, en un sofá-cama. Entre
estas reflexiones, digamos topográficas, paro la oreja.
La puerta que, según yo, da al cuarto de Mario, está
entreabierta y puedo percibir la voz de él, disputando
en voz baja con la madre. La madre sale de repente, y
yo no tengo tiempo de echarme para atrás. Me dice
con su triste tono materno:
—Lo siento, pero no está.
La miro directamente a los ojos, pero ella resiste mi
mirada. Exclamo furibunda:
—¡Usted miente! Su hijo está aquí, acabo de oír su
voz.
Y diciendo esto quiero lanzarme hacia la puerta de
la recámara de Mario. Pero al mismo tiempo Mario
sale del cuarto y lo tengo de frente.
Tiene el cabello negro y brillante, totalmente albo-
rotado; viste sólo un calzoncillo y una playera. Parece
que acaba de levantarse de la cama. Noto que tiene
una toalla doblada bajo la axila. Pienso en que no lo
recordaba tan pequeño, tan bien proporcionado y tan
velludo. Sin embargo experimento una sensación que
me empuja hacia adelante, un impulso urgente y bochor-
noso que, de no dominarme, me haría correr hacia él,
abrazarlo, estrechar mi cuerpo contra el suyo: ni más
ni menos como la mitad platónica que, tras una larga
búsqueda, ha encontrado al fin la otra mitad. Abro la
boca y pronuncio:
—Mario...
Pero me quedo donde estoy, paralizada, pensando
que Mario, por un motivo que ignoro, ya no quiere
saber nada de mí; que, por lo tanto, he cometido un
error al venir a buscarlo en su casa con el estúpido
pretexto de una visita médica. Y así es. Mario me mira,
ceñudo, un momento y, claro, de esa boca tan amada
no se hace esperar la invectiva humillante y brutal, la
palabra tradicional del hombre joven contra la amante
madura. Y a esto hay que sumar las diferencias de
clase y de cultura que, en mi platónica imaginación, yo
había considerado como elementos destinados a inte-
grarse recíprocamente. Y para colmo no faltaba el
habla romana, tan adecuada para liquidar en un dos
por tres la más tenaz de las relaciones amorosas con
frases de fondo dialectal, como: “¿Pero se puede saber
qué quieres?” “¿Pero quién te conoce?” “¿Pero ya te
viste en el espejo?” “¡Nada más mira lo que esta vieja
pretende!”, y así por el estilo.
Estas frases me afectan y me persiguen mientras
quiero poner los pies en polvorosa, como una gallina
que huye, velozmente y esponjada, bajo los escobazos
de una ama de casa enfurecida. La madre, de pie junto
a la puerta, ve a Mario, luego a mí, indecisa, pero sere-
na. Podría decir que le inspiro una experta simpatía.
La dejo atrás y llego al rellano, pero no lo suficiente-
mente aprisa para no ver, último vejamen, cómo entra
Mario al baño azotando la puerta vidriera.
Después de ese escándalo, me suceden cosas insóli-
tas. Todas las mañanas, a eso de las cinco, me despier-
to sobresaltada y me pongo a pensar en Mario; mejor
dicho, no pienso en él como cuando se dice: “Siempre
pienso en ti”, lo que en el fondo indica no pensar y
abandonarse al sentimiento; pero repito imaginaria-
mente la escena humillante de cuando salí de su casa.
Veo aparecer a Mario, que me mira de pies a cabeza,
que me insulta y luego va a encerrarse en el baño, azo-
tando la puerta. A este punto, pensaréis que me volteo
hacia otro lado y me vuelvo a dormir. Si pensáis así,
quiere decir que no conocéis la diferencia que hay
entre recordar y revivir. Recordar significa extraer de
la memoria a una persona, un acontecimiento; con-
templarlos como se contempla una vieja cadenilla que
estaba guardada en un cajón, y volver a guardarlos ahí,
en el cajón de la memoria, sin pensar más en eso. En
cambio, revivir significa experimentar una y mil veces
las sensaciones que esa persona y ese acontecimiento
despertaron en nosotros mientras los vivíamos. De
hecho, se recuerda solamente una vez; pero se revive
una infinidad de veces. Pero a nadie se le ocurre revi-
vir las sensaciones desagradables. Se reviven solamen-
te las sensaciones placenteras; las otras, siempre trata
uno de olvidarlas. Entonces, ¿cómo se explica que yo,
todas las mañanas, vuelva una y otra vez por medio de
la memoria a la escena de la casa de Mario, detenién-
dome sobre todo en los detalles más crueles y humi-
llantes? ¿Por qué me detengo, obtusa y fascinada, a
saborear de nuevo ese agudo dolor, como si se tratara
de una perturbadora delicia? Me pongo a pensar en eso
largamente y llego a la conclusión de que, durante esas
reevocaciones matutinas y mediante una misteriosa
alquimia psicológica, el dolor se transforma en placer.
No faltará quien diga: masoquismo. Es posible. ¿Pero
cómo conciliar entonces el masoquismo con el anhelo
de reencontrar la otra mitad para formar de nuevo al
mítico monstruo redondo de que habla Platón? ¿Es
acaso completa una persona dividida en dos partes,
una de las cuales humilla, ultraja y degrada a la otra?
Sí, por lo visto. Después de un par de meses, mi
dolor voluptuoso al fin comienza a ser algo insípido,
débil. La escena en casa de Mario es una cosa pálida,
borrosa, como una película vieja estropeada por el
tiempo y el uso. Desgraciadamente, ya me acostumbré
a ese lúgubre deleite; todas las mañanas tengo la nece-
sidad de experimentar el sufrimiento de aquellos pocos
y atroces minutos. Así que he tomado una decisión
quizá increíble, pero más o menos lógica, si se consi-
dera mi situación actual: me presentaré nuevamente en
la casa de Mario, con el mismo e indecente pretexto de
la visita médica, haré que me corran de nuevo de la
misma manera humillante. Quizás Mario me jale de
los cabellos, me arroje al suelo y me empuje a patadas
hasta el rellano de la escalera. Y volveré a mi casa con
una buena provisión de vejámenes, como un drogadicto
que se surte de su estupefaciente predilecto para poder
seguir adelante durante un largo periodo de tiempo.
No lo dudo ya y ejecuto mi proyecto. Me presento
muy temprano en el caserón popular, subo a pie los
seis pisos (el elevador sigue descompuesto), toco el
timbre, la madre viene a abrir la puerta y suelto la
mentira de la visita médica. Espero que la madre me
rechace, aunque con su tristeza mezclada con la simpa-
tía; espero que Mario salga y me insulte. Pero nada de
eso. La madre me invita a pasar, triste como siempre:
—Vaya directamente. Está acostado. Es en la últi-
ma puerta, a la derecha —y se va.
Más muerta que viva, me encamino y toco a la puer-
ta. Me dice que entre. Éste es su cuarto, pequeño y tapi-
zado de ilustraciones de artistas y jugadores de balom-
pié, recortadas de las revistas. Mario yace tendido en
posición supina, vestido solamente con un calzoncillo y
una playera, como la otra vez, con las manos enlaza-
das bajo la nuca. No se levanta, no se mueve; se limita
a decirme con un tono rudo y gentil al mismo tiempo:
—¿Pero se puede saber por qué no te dejas ver?
¿Porque me porté un poco brusco esa mañana? De
veras que eres extraña.
De repente todo aquel deseo de arrojarme sobre él,
de abrazarlo, de estrechar mi cuerpo contra el suyo, se
me pasó como por encanto. Y sucedió algo automáti-
co, mecánico. Me siento al borde de la cama, le tomo
el pulso y cuento las palpitaciones. Él protesta, prime-
ro titubeando, luego con decisión, pero no le hago ca-
so. Con frialdad profesional rechazo sus intentonas de
abrazo, me levanto, abro mi recetario, garabateo una
receta y se la doy. Y sin darle tiempo para que se recu-
pere de su asombro, salgo del cuarto, del apartamento,
y bajo por las escaleras.
Mientras subo al coche para iniciar mi cotidiano rol
de visitas, casi siento las ganas de reír. Efectivamente,
ahora recuerdo que el monstruo redondo de Platón,
según parece, caminaba cómicamente con sus cuatro
brazos y sus cuatro piernas, formando una especie de
rueda, tal y como lo hacen los acróbatas y ciertas divi-
nidades de la India. ¡Exactamente igual! ¿Qué otra
cosa puede hacer un ser tan extraño cuya unidad con-
siste en la desunión, su fuerza en la debilidad y sus
alegrías en el dolor?

viernes, 7 de septiembre de 2012

ELLOS DOS de María Chévez


Ella
    era una hembra.
                          Torpe y cruel
desgajándose en silencios
                                     en palabras vanas.
El
  era un solitario
                       un hombre sin destino
Juntos
        por la estúpida costumbre
                                            de prolongar encuentros fortuitos.
Tuvieron hijos porque toda mujer desea alguno.

Y vinieron tardes somnolientas
donde el tedio
                     era señorío.
Se arrastraban por el mundo
                                             esperando,
algún licor violento
                              dios ajeno que trastocara el sopor,
oculto dardo del sinsentido
Y vivieron juntos
                          furtivos al asombro
                                                        a los otros.
Ella
     despertaba aburrida
                                    entre bostezos
                                                          al sol sobre sus hombros.

El bebía silencioso, su café.
Le sonreía sobrio
                           y la olvidaba.
Los encontré una noche
él
  muerto a martillazos
                                  sobre la inmensa cama destruida
ella ciega,
                irremediablemente loca de horror.

Cerraron la puerta y todo siguió igual.
Ella
     deformó su cuerpo y lo cubrió
del paisaje cotidiano
                                la vida familiar.
El se fue yendo
nadie se dio cuenta.
Los hijos vivieron del recuerdo.
                                                 Fueron
                                                           propiedad exclusiva
de una mujer digna
                              intachable
una luchadora
                      madre de familia

martes, 28 de agosto de 2012

LOS CIEGOS de Charles Baudelaire


¡MÍRALOS, alma, son en verdad espantosos!
Vagamente ridículos, maniquíes noctámbulos;
terribles, singulares, igual a los sonámbulos,
fijan quién sabe en dónde sus ojos tenebrosos.
Sus ojos, de que huyó la centella divina,
como si algo miraran en lo lejano, al cielo
se alzan siempre; jamás su cabeza se inclina
para buscar, cargada de visiones, el suelo.
Él atraviesa así la negra inmensidad,
hermano del silencio infinito. ¡Oh ciudad!,
mientras en torno cantas, ríes sin un anhelo
generoso, aturdida, de placer embriagada,
¡mira!, también me arrastro, el alma desolada,
me digo: "¿Qué buscan los ciegos en el cielo?"

lunes, 20 de agosto de 2012

AULLIDO de Allen Ginsberg


He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.
Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo Él y vieron ángeles mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.
Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.
Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.
Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.
Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.
Quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgaron sus torsos noche tras noche con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y verga y bolas infinitas, ceguera incomparable; calles de nubes vibrantes y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todas las palabras inmóviles del Tiempo, sólidos peyotes de los vestíbulos, amaneceres en el cementerio del árbol verde, ebriedad del vino en los tejados, puestos municipales el neon estridente luces del tráfico parpadeantes, vibraciones del sol, la luna y los árboles en los bulliciosos crepúsculos de invierno de Brooklyn, estrepitosos tarros de basura y una regia clase de iluminación de la mente.
Quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y niños empujándolos hacia salidas exploradas estremecidas y desiertos golpeados de cerebros absolutamente secos de esplendor en la melancólica luz del Zoo.
Quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford’s emergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desolado Fugazzi’s, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno.
Quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajando de espaldas las escaleras de escape de los alfeizares del Empire State lejos de la luna, gritando incoherencias, vomitando susurrando hechos y recuerdos y anécdotas y patadas en la bola del ojo y traumas de hospitales y cárceles y guerras, intelectos enteros disgregados en amnesia por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga arrojada al pavimento.
Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.
Quienes dieron vueltas y vueltas en la medianoche por el patio de trenes preguntándose adónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos.
Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.
Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas.
Quienes solos por las calles de Idaho buscaban ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios.
Quienes pensaban que sólo estaban locos cuando Baltimore destellaba en éxtasis sobrenatural.
Quienes saltaron a limusinas con el Chinaman de Oklahoma impulsados por la lluvia de los pequeños pueblos a la luz callejera de la medianoche del invierno.
Quienes haraganeaban hambrientos y solos por Houston buscando jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante español para conversar sobre América y la eternidad, una tarea sin esperanza, y tomaron un barco para África
Quienes desaparecieron en los volcanes de México dejando tras suyo nada excepto la sombra del estiércol y la lava y la ceniza de la poesía quemada en Chicago.
Quienes reaparecieron en la Costa Oeste investigando el F.B.I. en barbas y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas atractivos en su oscura piel entregando incomprensibles folletos.
Quienes se quemaron sus brazos con cigarros encendidos protestando contra la bruma narcótica del tabaco del Capitalismo.
Quienes distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desvistiéndose mientras las sirenas de Los Alamos los deprimían, y se deprimía Wall, y el ferry de Staten Islan también se deprimía.
Quienes rompieron a llorar en blancos gimnasios desnudos y temblorosos frente a la maquinaria de otros esqueletos.
Quienes mordieron detectives en el cuello y chillaron con placer en autos policiales por no cometer un crimen salvo su propia pederastia salvaje y su intoxicación.
Quienes aullaron de rodillas en el metro y fueron arrastrados por el techo ondeando sus genitales y manuscritos.
Quienes permitieron ser penetrados por el ano por virtuosos motociclistas, y gritaron con alegría.
Quienes chuparon y fueron chupados por aquellos serafines humanos, los marineros, caricias del amor Atlántico y Caribeño.
Quienes eyacularon en la mañana en la tarde en jardines de rosas y en el pasto de parques públicos y cementerios esparciendo su semen libremente a quienquiera que llegara.
Quienes hiparon sin cesar tratando de reír pero se torcían de llanto detrás de un cubículo de un Baño Turco cuando el ángel rubio y desnudo venía a atravesarlos con una espada.
Quienes perdieron a sus amantes por las tres viejas musarañas del destino, la musaraña tuerta del dólar heterosexual, la musaraña tuerta que hace guiños fuera del útero y la musaraña tuerta que no hace nada sino sentarse en su trasero y corta las hebras doradas intelectuales del vislumbre del artesano.
Quienes copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza, un novio, un paquete de cigarrillos, una vela y se cayeron de la cama, y continuaron en el suelo y por los pasillos y terminaron desmayándose en la pared con una visión del último coño y llegaron a eludir el último atisbo de conciencia.
Quienes endulzaron las conchitas de un millón de chicas temblorosas en el ocaso, y tenían los ojos rojos en la mañana pero preparados para endulzar las conchitas del sol naciente, destellantes traseros bajo los establos y desnudos en el lago.
Quienes iban a putas en Colorado por miríadas en autos robados, N.C., héroe secreto de estos poemas, semental y Adonis del alegre Denver a la memoria de sus innumerables encamadas con chicas en lotes vacíos, patios de bares, hileras de desvencijadas casas rodantes en la cima de montañas, en cavernas o con demacradas meseras en familiares subidas de enaguas al lado del camino y especialmente la secreta estación de gasolina solipsismos de Juan, y callejones pueblerinos también
Quienes se desvanecieron en vastas películas sórdidas, se transformaron en sueños, despertaron en un repentino Manhattan, y se encontraron a sí mismos fuera de los sótanos colgados sobre descorazonados Tokay y los horrores de los sueños de hierro de la Tercera Avenida y tropezaron con las oficinas de desempleo.
Quienes caminaron toda la noche con sus zapatos llenos de sangre en los muelles esperando una puerta en East River para entrar a un cuarto lleno de vapor caliente y opio.
Quienes crearon grandes dramas suicidas en el apartamento de los acantilados del Hudson bajo el rayo azul de la luna de tiempo de guerra y sus cabezas eran coronadas con el laurel del olvido.
Quienes comieron la cazuela de cordero de la imaginación o digirieron cangrejos en el fondo lodoso de los ríos de Bowery.
Quienes lloraron por el romance de las calles con sus carritos llenos de cebollas y mala música.
Quienes se sentaron en cajas respirando en la oscuridad bajo el puente, y se levantaron para construir arpas en sus desvanes.
Quienes tosían en el sexto piso del populoso Harlem con llamas bajo el cielo tuberculoso rodeados por las jaulas naranjas de la teología.
Quienes garrapatearon toda la noche golpeando y rodando sobre elevadas incantaciones que en las amarillas mañanas eran estrofas de jerigonza.
Quienes cocinaron animales podridos pulmones, corazón, pata, cola borsht y tortilla soñando con el puro reino vegetal.
Quienes se zambulleron en camiones de carne buscando un huevo.
Quienes tiraron sus relojes del tejado para dar su voto a la eternidad fuera del Tiempo y despertadores cayeron sobre sus cabezas todos los días por la siguiente década.
Quienes se cortaron las muñecas tres veces seguidas sin éxito, se rindieron y fueron forzados a abrir anticuarios donde pensaban que se ponían viejos y gritaban.
Quienes fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue entre ráfagas de versos plomizos y el parloteo borracho de los regimientos de acero de la moda y los chillidos de nitroglicerina de las agencias de publicidad y el gas mostaza de los editores siniestramente inteligentes, o cayeron por los taxis ebrios de la Absoluta Realidad.
Quienes saltaron del Puente de Brooklyn esto realmente sucedió y quedaron desconocidos y olvidados en el aturdimiento fantasmal de los callejones de sopa y camiones de incendio de Chinatown, ni siquiera una cerveza gratis.
Quienes cantaron por sus ventanas de desesperación, cayeron de la ventana del metro, saltaron en el sucio Passaic, brincaron en negros, gritaron por toda la calle, bailaron descalzos en trozos de copas de vino rotas grabaciones de fonógrafos de la nostalgia Europea jazz alemán de 1930 terminaron el whisky y se lanzaron gemebundos en baños sangrientos, gemidos en sus oídos y la ráfaga colosal del silbido del vapor.
Quienes rodaron por las carreteras del viaje al pasado para cada uno el látigo del Gólgota reloj de la soledad de la cárcel o encarnación del jazz de Birmingham.
Quienes condujeron una visión para encontrar la eternidad.
Quienes viajaron a Denver.
Quienes murieron en Denver.
Quienes volvieron a Denver y esperaron en vano.
Quienes aguardaron en Denver y empollaron solos en Denver y finalmente se fueron para encontrar el Tiempo, y Denver es solitario para sus heroínas.
Quienes cayeron de rodillas en catedrales sin esperanza rezando por la salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que el alma iluminara su cabello por un segundo.
Quienes chocaron con sus mentes en la cárcel esperando criminales imposibles con cabezas doradas y el encanto de la realidad en sus corazones que cantaban dulces blues a Alcatraz.
Quienes se retiraron a México para cultivar un hábito, o a Rocky Mount para ofrecer Buddha o Tánger a los muchachos al Southern Pacific a la locomotora negra o a Harvard a Narciso a Woodland para la sepultura o daisychain.
Quienes exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron dejados con su locura y sus manos y un jurado colgado.
Quienes arrojaron papas saladas a los conferencistas de Dadaísmo en CCNY y subsecuentemente se presentaron ellos mismos en las baldosas de granito del manicomio con cabezas rapadas y un discurso arlequinesco de suicidio, demandando una lobotomía instantánea, y quienes a su vez se entregaron a la nulidad concreta de la insulina, Metrazol, electricidad, hidroterapia, psicoterapia, terapia ocupacional, ping pong y amnesia.
Quienes en protesta seria dieron vuelta sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia, volviendo años después verdaderamente calvos excepto por una peluca de sangre, y lágrimas y dedos, a la visible fatalidad del hombre loco de los pupilos de los pueblos locos del Este, salas fétidas de Pilgrim State’s Rockland’s y Greystone discutiendo con los ecos del alma, pegando y rodando en la soledad-banca-dolmen-reinos del amor de medianoche, sueños de vida en una pesadilla cuerpos convertidos en roca tan pesados como la luna, con la madre finalmente, y el último libro fantástico arrojado por las ventanas del departamento, y la última puerta cerrada a las 4 A.M. y el último teléfono pegado a la pared sonando y la última pieza amueblada, un papel rosa amarillo torcido en un colgador de alambre en el closet, e incluso eso imaginario, nada sino un poco de esperanzadora alucinación ah, Carl, mientras no estés seguro yo no estoy seguro, y ahora tú estás realmente en la sopa animal total del tiempo y quienes por lo tanto corrieron a través de las calles congeladas obsesionados con un repentino destello de la alquimia del uso de la elipse el catálogo el metro y el plano vibrante.
Quienes soñaron y encarnaron brechas en el Tiempo y Espacio a través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma entre 2 imágenes visuales y unieron los verbos elementales y establecieron el nombre y rasgos de la conciencia al mismo tiempo saltando con sensación de Pater Omnipotens Aeterna Deus para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y ponerse frente a ti estupefacto e inteligente y sacudirse con vergüenza, rechazando incluso revelar el alma para conformarse al ritmo del pensamiento en su desnuda y eterna cabeza, el vagabundo loco y el golpe del ángel del Tiempo, desconocido, incluso poniendo aquí lo que podría dejar de ser dicho en tiempo de volver después de la muerte, y surgieron reencarnados en los trajes fantasmales del jazz en la sombra del corno dorado de la banda y exhalar el sufrimiento de la mente desnuda de América para amar en un eli eli lamma lamma sabacthani saxofón que llora estremeciendo las ciudades bajo la última radio con el corazón absoluto del poema de la vida descarnada de sus propios cuerpos buenos para comer mil años.

miércoles, 25 de julio de 2012

"After such pleasures" de Julio Cortázar


Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas
ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nada, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas.

lunes, 28 de mayo de 2012

HORIZONTE LÍQUIDO de Aldo Pellegrini




Con paso tranquilo
los transeúntes avanzan hasta el umbral de las
pupilas
amantes negros
ahuyentan a los perros enfurecidos
es la hecatombe de la lujuria
que se agita detrás de los rostros demudados
con paso tranquilo
amantes policromos se cruzan en la alameda de la
angustia
en su alcándara
el espectador perfecto estudia impasible las señales
de vértigo
el fuego latente de las vírgenes
el semblante inmaculado de las puertas
una voz se entreabre para mostrar su oscuro deseo
el amante negro sube las escaleras arrebatado por
la danza frenética
las ventanas se cierran
silencio de la noche de la carne
los desconocidos se estrechan la mano
una conversación interminable descansa en el
extremo límite de la sombra
desde la fría pupila los gimnastas ruedan por las
escaleras destrozadas
¿cómo llegar hasta lo que de ti no se ve?
¿cómo hacer brotar el deseo ardiente de tu carne
entreabierta?
a sus pies
los perros enfurecidos ladran
ojos implacables
en ellos se pierde el lenguaje de los deseos
el ahorcado se balancea al eco de los ladridos
buenas noches
todo termina
los perros aterrados huyen del horizonte ardiente y
líquido
palidece el vigor
de los brazos ávidos
una noche tranquila para el desconocido que se
aleja
una noche de olvido negro.





martes, 22 de mayo de 2012

PIEDRA DE SOL de Octavio Paz (fragmento)



Madrid, 1937,
en la Plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes esculpidas
y el huracán de los motores, fijo:
Los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos,
los dos se desnudaron y besaron
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio,
no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
oh ser total...
cuartos a la deriva
entre ciudades que se van a pique,
cuartos y calles, nombres como heridas,
el cuarto con ventanas a otros cuartos
con el mismo papel descolorido
donde un hombre en camisa lee el periódico
o plancha una mujer; el cuarto claro
que visitan las ramas de un durazno;
el otro cuarto: afuera siempre llueve
y hay un patio y tres niños oxidados;
cuartos que son navíos que se mecen
en un golfo de luz; o submarinos:
el silencio se esparce en olas verdes,
todo lo que tocamos fosforece;
mausoleos de lujo, ya roídos
los retratos, raídos los tapetes;
trampas, celdas, cavernas encantadas,
pajareras y cuartos numerados,
todos se transfiguran, todos vuelan,
cada moldura es nube, cada puerta
da al mar, al campo, al aire, cada mesa
es un festín; cerrados como conchas
el tiempo inútilmente los asedia,
no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
abre la mano, coge esta riqueza,
corta los frutos, come de la vida,
tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!

lunes, 12 de marzo de 2012

TESTIMONIOS DEL VIENTO de GERMÁN PARDO GARCÍA

LA VOZ DE LA TIERRA
1
YO, la Tierra solemne, la que he sido
carne del Hombre y cal de su hermosura.
Yo, sólida de peces masculinos
y líquida de válvulas licuantes.
Yo, que a nivel de las rosadas piedras
escarabajos de coral educo
bajo la luz de mis azules foros.
Yo, que en la frente cazadora tengo
raíces de arbolada encornadura,
y que embalso a los ríos en mis venas
para irrigar con ellos la sequía.
Yo, que escucho correr sobre mi cuerpo
las angustiadas bestias iracundas;
que lenta soy en madurar los bulbos
y en la osificación de mis cartílagos,
aquí, desde la sal que me abastece;
desde mi corazón de yesca antigua
y de residuos de materias bajas,
pregunto por mis hijos.
Soy la madre
selvática de selvas femeninas,
que el tenue musgo de los sexos dora.
Soy la hembra multípara en sus actos
profundos de preñez y de lactancia.
La mujer que bajó hasta los orígenes
de los rudimentarios alimentos,
a buscar el licor que de las glándulas
a la pulpa labial surge y blanquea.
Pregunto por aquellos procreados
al mestizo color de mi semblanza.
Yo los formé de mí hasta convertirles
en figuras retráctiles y eréctiles.
Clavé luceros en sus lacias crines;
un topacio pulsátil a su izquierda
y un carbunclo radial entre sus ojos.
¡Oh seres míos de espaciales vuelos!
¡De piernas duras y cuadrados hombros!
¡De uñas cual zarpas de apacibles fieras
y alma de espuma y rotación sanguínea!
¡Recias criaturas de infinito alcance,
que tú, oh Muerte, por romper mis vínculos,
a tus jardines apagados llamas!
Pregunto por vosotros, seres míos,
pescadores y agrícolas enérgicos.
Haced que fulgurantes me respondan
vuestros labios fructívoros y agrestes.
Si mi lengua boscal es casi sorda,
gritadme los vocablos que modulo
con voces de lejanas cornamusas
y broncos monosílabos de trueno.
La verticalidad que os di contiene
azúcar de limones amarillos
y grasa de purísimas almendras.
Humedad como el cuerpo de los pinos;
acero como el fondo de las minas;
azufre de las rocas esteparias
y fósforo de océanos y escualos.
Pregunto por mis hijos leñadores,
que al ruido de sus gubias y garlopas
trabajan mi floral carpintería.
Por aquellos que labran mis canteras;
por los que silenciosos me roturan;
por los dominadores de caballos
y los que en las llanuras sacrifican
a mis ásperas reses mancornadas.
En dónde están mis hijos, ayudantes
de la locomoción en mi tarea?
Recuérdolos mirándome de frente
con toda la rudeza de sus caras.
Su consanguinidad con los cuadrúpedos
les daba simbolismo de centauros,
porque bestiales como potros eran,
y a la vez de celeste jerarquía.
Yo los vi conquistar elevaciones
en las que sólo puéblanme las nubes.
Ir más arriba hacia el bastión aéreo
y descender a hundirse en mis entrañas
con la tenacidad de sus taladros,
a extraer el carburo que se empoza
cual una densa lágrima de aceite
continental, debajo de las criptas.
Seres míos, no luces sino brasas.
No carne dolorosa sino músculos.
No espartos suplicantes sino selvas.
No casas de amargura sino pueblos.
Titanes destroncados de sus cruces.
Cadenas destrozadas por la furia.
Pilotos en sus águilas dementes.
No arcángeles divinos sino obreros.
Murallas de los pies a la cabeza
y grandes a pesar de la agonía.
Pregunto por vosotros.
Soy la madre
selvática de selvas donde esconden
su lujuria los negros cuadrumanos.
Huelo a almizcles sexuales y a placentas.
A glándulas lactarias derramándose,
y a la potencia de violentos búfalos
cuando excitados en la sombra mugen.
Y clamo por vosotros y pregunto
por vosotros, con mis invocaciones
de sexo universal, íntegro y fuerte.
2

TESTIMONIO DEL VIENTO
Yo, que te circunvalo como anillo de cristal
ciñéndote con él las elevadas sienes.
Yo, tu amador calzado con pálidas sandalias
y en los riñones puros un cíngulo de estrellas.
El más claro de sus ligeros habitantes
y el que a tus bizarrías esféricas acude.
Yo, que en tus labios como ríos hundo
mi roja sed de soles y cósmicos desiertos,
a ti, Madre de la Fuerza Dolorosa
defendida por mil panteras enlutadas,
escucho en tu clamor.
Mi movimiento rápido, más que tus blondos cérvidos,
a todos tus relieves altísimos abarca.
Soy el amante móvil que sin cesar trasládase
sobre tu abierta pelvis de verde maravilla.
Cada vez que mis pulmones soplan, tus árboles muévense.
Hay suave celeridad en la tracción de las orugas.
Mi beso agricultor difunde el polen,
y cual si fuera el dorso de un león en celo,
pausadamente ondulan tus dóciles gramíneas.
Yo, tu amador, les doy a tus seres quietísimos
movilidad y música. Yo, el celeste huracánida.
Oye a tu mar cantando. Soy yo pulsándole como una cítara.
Mírame transparente y libre fluir desde las constelaciones
a envolverte en un velo de sonidos y danzas.
No ciego, sino mirándote por las noches con mis ojos
[luciérnagas,
y en la luz con retinas de rocío y aralias,
hallo en tu desnudez oculta
las armonías que te cubren bajo el silencio y la soledad.
Vestida estás de cálices herbáceos, de colmenas,
de helechos casi nubes, más que nubes a veces,
y de purísimos cristales de agua en el instante de nacer.
¡Oh Madre de las células dulces
y las textiles ligaduras
sobre los hombros, en que solferinos pájaros
te cantan a la occidental luz tibiamente terrestre.
Tus hondos llamamientos
escucho con mis sentidos, finas telas
de arácnidos y lluvia,
que un temblor cauteloso de granizos ensarta.
Llena estás de misteriosas incitaciones
que yo siento, inclinándome
sobre las corrientes subterráneas que te pulsan,
como el embrión al seno de una mujer castísima.
¡Yo, tu amador calzado con pálidas estrellas!
Con mis oídos, mágicos iris, lentamente te escucho
y con mis ojos, prismas veloces, en tus páginas leo.
Esa ficción tuya la escriben
colonias de insectos zapadores,
en los papeles que el otoño
al deshojarse en tus colinas deja.
Ahí está ese relato de irredentas lágrimas
que tú después escondes en la quietud de tus lagunas.
Lágrimas, ¿de quién, de cuáles ojos al dolor inminentes?
¿De una mujer que en la penumbra aguarda?
¿De algún soldado herido en su trinchera?
¡Oh Madre de la Fuerza Dolorosa
defendida por mil panteras enlutadas:
sufres y tu dolor doblega
al blanco digital de las alturas!
Preguntas por tus hijos y te responden voces incógnitas,
¿de qué herméticos labios ingozantes?
¿De qué ignorada boca que suplica
desde unos enemigos territorios?
¡Ah, Tierra!
Óyeme recorrer nocturnamente caminos
detrás de las torrenciales marchas de tus pueblos.
En cada fracción de sordas, novilunarias sendas,
toco luceros fríos de misteriosos coágulos.
¡Sangre, quizá! ¿De cuáles razas nómades?
¿De algún ruiseñor que siente la punzadura de una espada?
En libres, remotos bosques, tus hijos erguían cantos
unánimes
ebrios de luz y de vigor.
Sus musculares, velludos tórax de seres altos,
eran ya rocas plenas de unos coros inmensos.
Cantaba como el mar cuando lo pulso como a una cítara
y como selvas enajenadas si las cumbres exalto.
¡Oh coros de los hombres cuando jubilosos a la vida cantan!
¡Oh sonoridad delirante de la voz de los hombres,
cuando ebrios de fuerza cantan sus poderosos himnos!
Dimensional relámpago de yunques
salió desde crepúsculos y auroras.
La tremenda agonía del Espíritu
con tu quebrantamiento comenzaba,
¡oh Tierra activa de frutales méritos,
uvas de brandy colindando al Norte,
cálidas piñas madurando al Este,
rojas ciruelas en los tibios valles,
y avellanas y nueces y toronjas
en las llanuras de tu limpio Sur!
A mí, que te circunvalo como anillo de cristal
puesto sobre tus sienes en prenda de las nupcias.
A mí, tu amador, que te oigo clamando por tus seres.
Por los que silenciosos te roturan
y al golpe de tus gubias y garlopas
trabajan tu floral carpintería,
escúchame, ¡oh Tierra, Madre de las células dulces,
óyeme responder a tu clamar:
tus hijos se hallan sepultados
a la orilla del Marne gemidor!
3

LA VOZ DE LA TIERRA
¡Oh viento, amante dócil y tranquilo!
¡Amador de celestes calzaduras
que estás en mis calladas cavidades
llenándolas de ruidos diligentes!
Tú, que oreas las fibras silbadoras
del arbusto bronquial con que respiro,
y los musgos que están sobre mi sexo
guardando las entradas a mi vientre,
escúchame en mi idioma constelado
de raíces acuáticas y dátiles.
Yo no sabía que me encuentro llena
de unos hoyos carnívoros que matan,
y que al pie de tubérculos florales
está la equivalencia del sepulcro.
¿Seré, quizá, la bestia que devora
las entrañas calientes de sus crías,
un túnel de sudores congelados,
un muro de silencios abolidos
y colmenar de celdas rencorosas
por cuerpos putrefactos habitadas?
Yo no sabía que en mi carne crecen
agudas alambradas y cadalsos,
y que evadido de quemantes bosques
un tigre nuclear ronda mis sueños.
¡Ay de mi arcilla que lograr no puede
la transfiguración de las criaturas!
¡Ay de mis yacimientos metalúrgicos
en gases ponzoñosos convertidos,
porque ya mis paredes interiores
son fosas para un vértigo de espanto!
Si así fuere me arrancaré los ojos
para no ver las llamas homicidas.
Destrozaré el cristal de mis oídos
por las detonaciones alarmados.
Trituraré hasta el polvo mi esqueleto.
Arrasaré el origen de mis razas,
mis naciones de pájaros acústicos,
y me hundiré en el caos y en el Tiempo,
detrás de los telones infinitos,
como tantos cadáveres de estrellas.
¡Ay de mis estaciones temporales
que el suelo caldeador funde y enflora!
¡Ay de mis primaveras delicadas,
que el orozuz perfumador anuncia!
¡Ay del verano productor de almíbares
y del otoño colector de pieles!
¡Ay del invierno que en mis hombros deja
cuarzos de frío y deslumbrante escarcha!
¡Primavera, verano, otoño, invierno!
¡Cuatro heridas que me abre la Hermosura!
Óyeme, ¡oh viento que eres el Espíritu:
de la extinción de las criaturas sálvame!
De las tinieblas manchadoras límpiame.
A restaurar mi corazón ayúdame.
Haz que los nutridores acodajes
las corrientes de savia canalicen,
y toros columnarios me fecunden.
Sálvame, oh viento, que eres el Espíritu.
De la agresión molecular defiéndeme.
¿Qué será de amatistas y diamantes,
filtro inicial de mis clementes lagos?
¿Y qué de las profundas esmeraldas,
comienzo de mis bosques verdeazules?
¿Se incendiarán los últimos zafiros,
surtidor inaudible de los mares?
Mi cromación superficial se nutre
de esas piedras hondísimas y extrañas,
como el sueño de un niño que volviera
de soñar en fantástico país.
¿A dónde irán jilgueros y turpiales
que dan su arrullo a campesinas bodas?
¿A dónde las cordiales codornices
absortas en crepúsculos de música?
¿Y a dónde el ruiseñor que en este instante
distribuye las sílabas radiosas
de este himno a las criaturas insistentes,
que un hombre entero de los que amo, un hombre
por quien pregunto al viento del Oeste,
escribe con su misma integridad?
Porque es así como los seres míos
descubren la Belleza: descarnándose
hasta sangrar las sienes y los dedos
por la furia del trance entre las sombras.
Ved esas faces lívidas en lucha
con la gran creación atormentada.
Son ellos explorándome, ¡oh Belleza!
Taladrando el papel como una roca.
Crucificando el alma y extenuándose,
mientras sus pies sobre el infierno cruzan.
¿En dónde están mis seres? Les invoco
para que acudan a fundar ciudades
con este barro constructor que tengo,
y con los duros materiales míos.
Cada vez yo les siento separarse
más y más en su fuga hacia el Espacio.
¡Volver, volved, criaturas de mi vientre!
¡Inteligid mis órbitas de sueño!
Yo soy la claridad y la esperanza
y os aguardo en mis cúspides pacíficas.
4

TESTIMONIO DEL VIENTO
¡Oh Tierra, Madre de la Soledad y la Amargura!
¡Solemne compañera de la Melancolía!
En tus dinteles con hilos fúnebres
entrelazados a estambres
que tejió la piedad del Silencio,
y apenas alumbrados por difusas lámparas
de aceites vegetales y resinas,
abandono mi simple túnica,
mi cíngulo de estrellas.
Y en el umbral apagado por arbustos levísimos,
dejo mis cósmicas sandalias
para ingresar descalzo y desnudo
al recinto de grises cinerarias
donde los muertos en sí mismos reposan,
como un labio en el otro dulcemente plegándose.
¡Dos valvas congeladas sobre una boca muda!
Por ti, que esféricamente con mi beso circundo,
con mi beso abarcante,
urjo a los seres benignos
al pie de tus sepulcrales colindancias.
Ya vienen con su séquito de barrenadores y necróforos,
crisálidas de robles y ninfas de cipreses,
y alces pequeños que en los ojos guardan
un verdear de humedecidas lunas.
Se acercan con sus dádivas de humildad y sabiduría,
trayéndome corónulas de acónito y acanto.
Escucha ya sus lágrimas desprendiéndose
de sus retinas frágiles,
cual si fuera el rocío que los montes
distribuyen al pasto cuando empieza
la luz provisional de la mañana.
Confíales tus ausentes a esas amables formas
de la existencia. Ellos conocen los enigmas de la
resurrección.
Lavan la culpa corpórea con zumos amargos,
cosen las desgarraduras de la piel,
ungen la desnudez inválida
y cultivan girasoles sobre las vértebras,
porque saben que hay una primavera de los huesos,
y en las nubes
un otoño divino del Espíritu.
¡Ah de tus grandes ausentes que entre columnas de fuego
vi pasar arrebatados por los triunfos de la velocidad!
¡Qué hermosos al sol ardían sus cabellos, sus armas!
¡Qué radiantes sus ímpetus, cuánta luz en sus frentes!
¡Qué raudos fulgían, qué alcance en sus voces
y cómo la Victoria los lanzaba al septentrión!
Mas, ¡óyeme, oh Tierra, Madre de la Soledad y la Amargura,
escúchame responder a tu clamar:
tus hijos se hallan sepultados
en las orillas bélicas del Rin!
5
LA VOZ DE LA TIERRA
Ciérrate, ¡oh noche! sobre mí o ocúltales
mi rostro a los que aman
la Alegría.
N
o les dejes mirar estas arrugas
que el llanto seco en mis cortezas labra.
Ventila mis cabellos con la furia
del huracán y con diluvios lávalos.
Pido piedad para mi fuerza bruta,
¡oh Noche a cuyo amparo silencioso,
con la avidez de las leonas vírgenes
concibo entre las sombras vulneradas!
Si aún tienes auroras verdaderas,
¡oh Noche! de tus ébanos impúlsalas.
¡Dame la intacta claridad, entrégame
la Cruz del Sur, su claridad concédeme!
¡No me niegues la luz, estoy de hinojos
al Universo mismo suplicándola!
¡Dame la claridad, noche clemente,
porque el Hombre ha encendido ya la estrella
de inmenso resplandor carbonizante,
que estaba entre los átomos dormida!
Retroceded, constelaciones puras,
como palomas que el halcón ventea.
Los cántaros fresquísimos de nubes
con su licor elemental se rompan,
y acabe mi celeste alfarería.
¡Oh viento, esposo de frutales nupcias:
huid de mis domésticos jardines!
¡Dejadme sola, Númenes Benévolos,
por mis hijos de barro escarnecida
y por ellos a muerte condenada!
¿No sabían mi lucha con el mar
para ofrecerles firme territorio?
Yo les di las columnas de sus casas
y la calefacción de sus fogones.
La cocción de sus panes y alimentos
y el instinto carnario de las presas.
Formé la inteligencia de sus manos
y los hice ebanistas y albañiles.
No hay uno solo de ellos que no guarde
mi testamento de agua en sus pupilas.
De mi sabiduría ya no existe
sino unos hornos de argamasa pobre,
unos ladrillos viejos y unas tejas
en lo alto de metálicas ciudades.
¡Oh ciencia mía natural que mueres
bajo las ruedas de agresivo fierro!
¡Ay de mis hijos que en las manos tienen
estrellas con eléctricos volúmenes!
¡Ay de ti, Prometeo, que les diste
los poderes ocultos de las llamas!
6

TESTIMONIO DEL VIENTO
¡Oh Tierra, baluarte hermosísimo, lucero que apagándote
fuiste barca de nubes
con tus seres orgánicos y tus frutas a bordo!
Amo tus vetas de aluvión, tus paredes de sílice,
todo lo que es en ti resistencia y masa,
y el azul espectáculo de los mares cubríendote.
Yo, desnudez de espíritu, encuentro manto en tus árboles,
hospitalidad en tus cisternas
y en tus nectarios energía.
Celeste y desprovisto de espaldas materiales,
¡qué sería de mis apariciones invisibles
si no las encarnaras!
¡Y qué de mi sueño altísimo sin tus captoras redes,
pues soy la Poesía que no logra decirse
y se queda en penumbras dolorosas
como el halo en las sienes de los mártires!
Vuelvo de recorrer abismos con mis sandalias veloces
de lebrel delgado que en los ojos tiene
dos luceros agónicos,
y a cada lado aletas de peces cristalinos.
Mira mi rostro exangüe,
mis sienes aterradas,
mis manos sitibundas.
Vengo de oir el zumbido
de las abejas satánicas
de un colmenar que el infinito esconde.
Cada gota de luz es un infierno.
Toda hermosura del Abismo mata.
Sólo encontré el espanto vigilándome
desde una eternidad irresistible.
En ti refugio, ¡oh Tierra!, mi angustia de la nada,
mi frente de ciegas nubes y mi boca desprovista
de labios.
¡Alójame!
Te imploro el más humilde de tus cuerpos,
la más tierna de tus encarnaduras.
Dame unas piernas de cervatillo débil,
los brazos de una alondra,
entrañas de libélula en su capullo,
y algún bordón para escalar tus cumbres.
Tal vez entonces pueda verter tus mismas lágrimas,
¡mis claros ojos de cristal no lloran!,
y acompañarte a colocar ofrendas fúnebres
en las estepas donde tus muertos
se agrupan en los cálices del frío,
porque ¡óyeme, oh Tierra, Madre de la Fuerza Dolorosa,
solemne compañera de la Melancolía!
¡Escúchame responder a tu clamor:
tus hijos se hallan sepultados
en las nieves del Vístula invernal!
7

LA VOZ DE LA TIERRA
¿Por qué mis ríos generosos mueren
quemados por la sed de las batallas?
Siento horror de mis ríos en que sordas
las naves de los muertos se acumulan.
Parece que mis ríos son sarcófagos,
espejos con imágenes yacentes
de caras y estaturas de sepulcros.
¡Oh Vístula sombrío de Polonia!
¡Oh Rin de los guerreros alemanes!
¡Oh Marne de una Francia de ceniza!
Retroceded hasta la gota última
que exista en vuestros vasos nacederos.
Fluid contrariamente como un hombre
que sus pasos ambúlicos desanda.
Abolid esos nombres tan humanos
que os dan una existencia de personas
acuáticas, con pueblo y domicilio.
Tú, dulce Marne, nómbrate Necrópolis.
Tú, Rin hermoso, invócate Sudario,
y tú, Vístula, llámate Agonía.
Ríos no sois sino sangrientos bloques.
Contradicción de la nocturna lluvia
que con vosotros sus espinas mezcla.
¡Ah, mis lluvias tranquilas, bondadosas
como relentes de apacibles valles,
allá donde los ríos están llenos
de párbulas criaturas que los viven:
recentales ternísimos y liebres,
y cachorros de fieras como niños,
y una perdiz y un tordo y un zorzal!
Finalmente pregunto por vosotros
Por los cultivadores de naranjas
y por los sembradores de aceitunas.
Por aquellos que injertan los duraznos
en la pulpa dorada de los higos.
Por los que al sol desbrozan las cerezas
y comen de blanquísimas guanábanas.
Por todos esos seres tan frutales
que viven entre pájaros y espumas,
lo mismo al Norte que en el limpio Sur.


8

TESTIMONIO DEL VIENTO
¡Óyeme, oh Tierra, Madre de los blandos tegumentos,
las levaduras y aleuronas!
¡Escúchame responder a tu clamor:
tus hijos se hallan sepultados
a la orilla del hondo Yang-Tszé-Kiang!
¡Y ha de venir el día en que incendiadas las fronteras
y los hombres por su amargura calcinados,
sólo quedemos en la sal del mundo,
tú, la Materia Eterna, y yo, el Espíritu,
enfrentados al rostro de la Muerte!