jueves, 11 de agosto de 2011

REHENES DE OTRO MUNDO


En el crisol de las pasiones
funden palabras ávidas del deseo
y entremezcladas con los cuerpos
miran de soslayo los tiempos ya pasados.

En la bruma asciende el oleaje
salpicaduras de un fervor salado
precipitan la carne al naufragio
¡Ciudad sin nombre!
¡Miradas de hiel!

Las pupilas arrancadas de sus ojos
son ensartadas con el hilo de la piedad
¡Braman con violencia la vida
en la mirada del huracán!

Sus lenguas anudadas
a las manecillas de los relojes
retuercen en cada oscilación del péndulo
los llantos ahogados de sus hijos.

Rehenes de un mundo acompasado
con la respiración de los difuntos
vierten las chispas desprendidas
de la fragua de la libertad
en el silencio de los pesares.

En el trueque de la calavera
emanan haces de luz
por entre las cuencas
¡A mí las tinieblas!

En el cerco del abismo
los huesos tintinean al son
de los lamentos de los juglares
¡astillados, desechos!

Y si asaltara un viento perfumado
desmenuzados, hechos cenizas
¡Dispersaos!

Que no dé cuenta nadie
que alguna vez alguien pudo tocaros
¡Que no dé cuenta nadie!
que unos ramilletes de narcisos
en vuestra boca anidaron.

LAURA LÓPEZ

jueves, 4 de agosto de 2011

POEMA 47 DE "LA MUJER Y YO" DE MIGUEL OSCAR MENASSA


A medida que me acerco a los setenta años
comprendo con lujuria que estoy un poco solo.
Los jóvenes que crecen todo el tiempo
y los adultos que tienen problemas de dinero
y las bellas mujeres que vivirán al lado mío,
hasta que la muerte, en verdad, nos separe,
están muy ocupadas con sus cosas
con su propia vejez que se les viene encima
sin prisa pero sin ningún recato.
Así que te lo digo, a los setenta años,
conseguiré quedarme solo,
sin lazos de amor y de dolor,
solo, atado al mundo que me toca vivir
por palabras, por versos, algo de música
algún color desesperado con luz propia.
Pensando así, la verdad, amor mío
¿a quién no le gustaría envejecer?
A mí, me dijo ella, a mí
no me gustaría envejecer ni sola
ni mal acompañada y ya más de mil veces,
te dije, amado mío, que envejecen las plantas,
los muebles, el pavimento, las armas de guerra
pero la mujer, el sexo y la alegría no envejecen.
La sentí tan segura que llegué a pensar
que ella, de alguna manera, me decía:
Podrán envejecer hasta tus versos
pero nuestro amor, querido, no envejecerá,
aquí estoy yo, para sostenerlo,
y era tan hermosa cuando lo decía
que yo la vi diosa y desnuda,
desnuda y valiente toda para mí
y ahí fue cuando no tuve
miedo de envejecer o de morir.
Ella me habló del mar y yo lo entendí todo:
su carne esplendorosa sería la guarida
de mi vida carnal y mi palabra
y su carne, sin límites, del deseo,
la pulsión desmedida de mi canto,
será tumba de amor para mis huesos.
Palabra contra piedra, piedra contra palabra
se escribirá una historia, tal vez, de amor.
Hoy dos amantes mueren y, a la vez,
perduran en un verso de amor
donde la muerte atada por palabras
unidas entre sí al sol,
ocupada, con alguna inocencia,
de sus cosas, nos dejará
vivir un día más, un amor más,
nos dejará terminar este poema.
Y, después, dijo ella resignada,
la muerte perseguirá a los amantes
hasta alcanzarlos y algo les dirá,
algo les dirá, repitió ella, interrogándome.
Bueno, le dije yo, tranquilizándola,
si se tratara de nosotros dos
la muerte no diría nada.
Se quedaría enmudecida, pálida de dolor,
por tener que matar tanta hermosura.
Pero algún día, igual, lo hará
insistió ella, terca y ensombrecida
y yo, macho y cantor,
sin darme cuenta de mis años
le dije toda la verdad:
Tenemos como cien años, amor mío,
algún día vendrá