domingo, 15 de mayo de 2016

CUANDO MIS LABIOS SE CANSEN de Germán Pardo García


Cuando mis labios se cansen, porque también los labios sienten
sideral fatiga,
imitaré a los vagabundos:
pondré sobre los hombros mis grises pertenencias,
y seguido por un cortejo de azules moscas
y canes indigentes,
me alejaré por un suburbio triste, sacudiéndome el polvo
de la vida y los astros,
hacia un amarillo bosque
donde mi espíritu no sufra;
hacia uno de esos maravillosos bosques
otoñales,
a soñar.
Me habré cansado ya de hacer surgir el sol,
cual Orfeo
al resonar de mi silvestre cántico,
y no convocaré ciervos ni alondras
para cantarles mi pasión de vida.
El arpa polífona será monocorde leño,
o estará rota y olvidada.
Sin ella ambularé sordo y cegado,
pues con sus cuerdas excitadas oigo
y sus sentidos espumantes veo,
mas no podré escuchar ni percibir entre las
nubes,
la cabellera de Eurídice pasando.
¡Ya para qué la luna, amiga siempre ecuánime,
y el prestigio de los luceros
y la soberbia de Saturno!
Me abasteceré de cualquier limosna aérea;
del hurto a frutales cultivos
o del casual encuentro con otro celeste vagabundo.
¡Viviré de astrales misericordias,
yo, el usurpador de un laurel dinástico
que en un jardín de celuloide brilla!
¡Yo, un divino haragán!
¡Qué fácil no sentirme fundador de un imperio danzante
regido por arrebatadoras músicas,
ni organizador de nuevas y azules jerarquías!
¡Qué cansancio,
y qué alivio
no sentir al Misterio gravitar en mis hombros!
¡Yo, un vagabundo del espacio,
estaré en el final de mi carrera!
Inútiles las preguntas incesantes: ¿qué he sido,
qué perturba mi calma, qué mi nombre fustiga?
¿Habré llegado al preciso límite
donde la soledad se vuelve música?
¡Para qué preguntarlo, si ya el sueño me agobia
con el último sueño!
Bostezaré como el vagabundo
cuando se acuesta entre su séquito de moscas y de canes.
Consultaré a las nubes: ¿será larga la noche
que arropará mi pródigo descanso?
¿Nadie entendió en el mundo
que fue solar mi vagabundería
y el lodo gris de mis zapatos, hímnico?
Volveré a bostezar cósmicamente
y a decir: ¡hasta pronto, jilgueros,
y vosotros, vulgares amigos!
Mas, antes de dormirme para siempre,
formaré con espartos y sucios cordones,
un arpa humilde, un arpa,
y la dejaré sobre mi pecho para que ahí,
tendido,
vuelto a la vagancia eterna,
el viento cante y cante
sobre mi ser y mi vestido astroso;
y el sol, por mí siempre invocado,
retorne y cante
y cante
sobre mi paz de taciturno Orfeo,
porque yo soy el pulsador de universales
cítaras.

martes, 3 de mayo de 2016

CANTO 2 (fragmento) DE CANTOS DE MALDOROR, del Conde de Lautremont



He mostrado a los hombres las armas con las que pueden combatirla con ventaja. No están todavía familiarizados con ella, pero sabe que, para mí, es como paja que se lleva el viento. Le hago el mismo caso. Si quisiera aprovechar la ocasión que se presenta para hacer más sutiles esas discusiones poéticas, añadiría que hago, incluso, más caso de la paja que de la conciencia, pues la paja es útil para el buey que la rumia, mientras que la conciencia sólo sabe mostrar sus garras de acero. Sufrieron un penoso fracaso el día que se colocaron ante mí. Como la conciencia había sido enviada por el Creador, creí conveniente no permitir que me cerrara el paso. Si se hubiera presentado con la modestia y la humildad propias de su rango, y de las que nunca hubiera debido prescindir, la habría escuchado. Su orgullo no me gustaba. Extendí una mano y trituré sus garras con mis dedos; cayeron hechas polvo bajo la creciente presión de esa nueva especie de mortero. Extendí la otra mano y le arranqué la cabeza. Expulsé, luego, de mi casa, a latigazos, a aquella mujer, y no volví a verla. Conservé su cabeza como recuerdo de mi victoria... Con una cabeza, cuyo cráneo roía, en la mano, me mantuve sobre un pie como la garza real, al borde del precipicio excavado en la ladera de la montaña. Se me vio descender al valle, mientras la piel de mi pecho permanecía inmóvil y calma, como la losa de una sepultura. Con una cabeza, cuyo crá- neo roía, en la mano, nadé por los más peligrosos remolinos, recorrí los mortales escollos y me sumergí bajo las corrientes para asistir, como un extraño, a los combates de los monstruos marinos; me aparté de la orilla hasta que desapareció de mi penetrante vista, y los horrendos calambres, con su paralizador magnetismo, merodeaban en torno a mis miembros que hendían las olas con potentes movimientos, sin osar acercarse. Se me vio, sano y salvo, en la playa, mientras la piel de mi pecho permanecía inmóvil y calma, como la losa de una sepultura. Con una cabeza, cuyo cráneo roía, en la mano, subí por los ascendentes peldaños de una elevada torre. Llegué, con las piernas fatigadas, a la plataforma vertiginosa. Miré la campiña, el mar; miré el sol, el firmamento. Empujando con el pie el granito, que no retrocedió, desafié la muerte y la venganza divina con un abucheo supremo y me precipité, como un adoquín, en la boca del espacio. Los hombres oyeron el doloroso y resonante choque que produjo el encuentro del suelo con la cabeza de la conciencia, que yo había abandonado en mi caída. Se me vio descender, con la lentitud del pájaro, llevado por una nube invisible, y recoger la cabeza para forzarla a ser testigo de un triple crimen que yo debía cometer aquel mismo día, mientras la piel de mi pecho permanecía inmóvil y calma, como la losa de una sepultura. Con una cabeza, cuyo cráneo roía, en la mano, me dirigí al lugar donde se levantan los postes que sostienen la guillotina. Coloqué bajo la cuchilla la gracia suave de los cuellos de tres muchachas. Verdugo, solté el cordón con la aparente experiencia de toda una vida, y el metal triangular, cayendo oblicuamente, cortó tres cabezas que me miraban con dulzura. Puse, luego, la mía bajo el pesado filo y el sayón se preparó para cumplir con su deber. Tres veces cayó la cuchilla por entre las ranuras con renovado vigor; tres veces, mi armazón material, sobre todo, en el lugar donde se asienta el cuello, se vio conmovido hasta sus fundamentos, como cuando en sueños, nos imaginamos aplastados por una casa que se derrumba.