martes, 24 de enero de 2012

TANGO, QUERIDA, TANGO de Miguel Óscar Menassa


Movimiento único y desparejo,
como si fuéramos mil haciendo el amor,
cada vez que se cruzaban tus piernas con las mías.

Éramos viento y nube y todo pasaba,
entre mi mano y tu cintura.

Crepúsculo donde mi taconeo
y la violencia de tus tetas,
otros ruidos,
otros pedazos de carne macilenta,
ponían en la noche de la ciudad,
un sonoro ritmo entre la selva.

Avena y luz para esta yegua entre mis brazos,
jinete, inesperado, de la noche, tango.

Amanece. Siento mi ser sobre tu ser.
Aspiro profundamente tu semen amado,
porque tu semen, también, es una lágrima
y borracha y loca entre tus brazos giro
y en el girar,
tus ojos me detienen y sos mi macho.

Ella me lo dice con toda la boca abierta:

si querés,
me mato una tarde cualquiera por vos,
envilecida y fantástica,
hembra y sol,
como si la vida fuera eso,
compás final

lunes, 16 de enero de 2012

LOS CANTOS DE MALDOROR, CANTO SEGUNDO (7) del Conde Lautréamont


Allí, en un bosquecillo rodeado de flores, sumido en profundo sopor, duerme el hermafrodita sobre el césped, empapado en llanto. La luna acaba de desprender su disco de la masa de nubes, y acaricia con sus pálidos rayos ese suave rostro de adolescente.Sus rasgos denotan la energía más viril a la par que el encanto de una virgen celestial.Nada parece natural en él, ni siquiera los músculos de su cuerpo, que se abren paso a través de los armoniosos contornos de formas femeninas. Tiene una mano sobre la frente y la otra apoyada contra el pecho como para retener los latidos de un corazón cerrado a todas las confidencias y abrumado por la pesada carga de un secreto eterno.Cansado de la vida y avergonzado de andar entre seres que no se le parecen, la desesperación domina su alma y se aleja solo como el mendigo del valle. ¿Cómo se procura los medios de subsistir? Almas compasivas velan de cerca por él, sin que sospeche esa vigilancia, y no lo abandonan: ¡es tan bueno! ¡tan resignado! Con gusto habla a veces con aquellos que tienen temperamento sensible, pero sin estrecharles la mano y manteniéndose a distancia, temeroso de un peligro imaginario. Si le preguntan por qué ha elegido la soledad por compañera, eleva los ojos al cielo, reteniendo con esfuerzo una lágrima de reproche a la Providencia; pero no responde a esa pregunta imprudente que hace extender por la nieve de sus párpados el rubor de la rosa matutina.Si la conversación se prolonga, comienza a inquietarse, vuelve los ojos hacia los cuatro puntos cardinales, como tratando de eludir la presencia de un enemigo invisible que se aproxima, hace con la mano una brusca seña de adiós, se aleja en alas de su pudor siempre vigilante, y desaparece en el bosque. Generalmente lo toman por loco. Cierta vez, cuatro hombres enmascarados que habían recibido órdenes, se arrojaron sobre él y lo sujetaron sólidamente de modo que no pudiera mover sino las piernas. El látigo dejó caer sus rudas tiras sobre su espalda, y le dijeron que tomara sin dilación el camino que lleva a Bicêtre. Al recibir los golpes comenzó a sonreír y a hablar con tanto sentimientoe inteligencia sobre las muchas ciencias humanas que había estudiado, demostrando conocimientos excepcionales en alguien que todavía no había franqueado el umbral de la juventud, y sobre los destinos de la humanidad, revelando allí por entero la nobleza poética de su alma, que los guardianes, mortalmente espantados por la acción que acababan de cometer, soltaron sus miembros heridos y se arrastraron a sus plantas rogándole un perdón que les otorgó, para finalmente alejarse con los testimonios de una veneración que no se concede habitualmente a los hombres. Después de este acontecimiento que fue muy comentado, todos adivinaron su secreto, aunque aparentaban ignorarlo para no aumentar sus sufrimientos; y el gobierno le otorgó una pensión honorable para hacerle olvidar que por un momento se lo quiso internar por la fuerza, sin previa verificación, en un hospicio de alienados. En cuanto a él, sólo emplea la mitad de su dinero, el resto lo distribuye entre los pobres. Cuando ve a un hombre y
una mujer paseando por alguna avenida de plátanos, siente que su cuerpo se hiende en dos de abajo arriba, y cada una de las nuevas porciones va a abrazar a uno de los paseantes; pero es sólo una alucinación, y pronto la razón recobra su dominio. Este es el motivo por el cual no se hace presente ni entre los hombres ni entre las mujeres, pues su pudor exagerado, que ha nacido con la idea de que es tan sólo un monstruo, le impide otorgar su simpatía abrasadora a quien quiera que sea. Le parecería que se profana y que profana a los otros. Su orgullo le repite este axioma:
"Que cada cual persevere en su naturaleza."
Su orgullo, dije, porque teme que uniendo su vida a un hombre o a una mujer, le reprochen tarde o temprano, como una falta enorme, la conformación de su organismo. Entonces se retrae en su amor propio, agraviado por esta suposición impía que nadie sino él mismo ha hecho nacer, perseverando en medio de tormentos, en una soledad sin consuelo. Allí, en un bosquecillo rodeado de flores, sumido en profundo sopor, duerme el hermafrodita sobre el césped, empapado en llanto. Los pájaros despiertos contemplan hechizados esa figura melancólica, a través de las ramas de los árboles, y el ruiseñor no quiere hacer oír sus cavatinas de cristal. El bosque se ha vuelto solemne como un sepulcro debido a la presencia nocturna del infortunado hermafrodita.¡Oh viajero extraviado!, por tu espíritu aventurero que te ha hecho dejar a tu padre y a tu madre desde la más tierna edad; por los sufrimientos que te ha provocado la sed en el desierto; por tu patria que acaso buscas después de haber errado proscripto durante mucho tiempo por comarcas extranjeras; por tu corcel y su fidelidad amiga que ha soportado contigo el exilio y la intemperie de los climas que te obligaba a recorrer tu humor vagabundo; por la dignidad que dan al hombre los viajes por tierras lejanas y mares inexplorados, en medio de los témpanos polares o bajo los efectos de un soltórrido, no toques con tu mano, como si fuera el estremecimiento de la brisa, los bucles de esa cabellera esparcidos por el suelo y mezclados con la verde hierba. Sería mejor que te apartaras unos pasos. Esa cabellera es sagrada; el hermafrodita mismo lo haquerido así. No acepta que labios humanos besen con fervor religioso sus cabellos perfumados por los soplos de la montaña, ni tampoco su frente que en este momento resplandece como las estrellas del firmamento. Pero más vale creer que se trata de una verdadera estrella, que ha descendido de su órbita atravesando el espacio para posarse en esa frente majestuosa a la que cirrunda con su luminosidad de diamante como conuna aureola. La noche que aparta con la mano su tristeza se reviste de todos los encantos para festejar el sueño de esa encarnaci6n del pudor, de esa imagen perfecta de la inocencia de los ángeles: el zumbido de los insectos se va apagando. Las ramas inclinan sobre él sus elevados penachos, a fin de protegerlo del rocío, y la brisa, haciendo sonarlas cuerdas de su arpa melodiosa, envía sus gozosos acordes a través del silencio universal hasta sus párpados cerrados que creen asistir inmóviles al armónico concierto de los mundos suspendidos. Sueña que es feliz, que su naturaleza corporal se ha modificado, o que, por lo menos, vuela sobre una nube purpúrea hacia otra esfera habitada por seres de su misma naturaleza. ¡Ay! ¡Ojalá su ilusión se prolongue hasta el despertar de la aurora! Sueña que las flores danzan en ronda a su alrededor como inmensas guirnaldas enloquecidas, impregnándolo con sus delicados perfumes, mientras él canta un himno de amor entre los brazos de un ser humano de mágica belleza. Pero sus brazos no estrechan más que el vaho del crepúsculo, y cuando despierte, sus brazos no estrecharán nada. No te despiertes, hermafrodita; te ruego que todavía no tedespiertes. ¿Por qué no me haces caso? Duerme. ..duerme siempre. Sólo te concedo que tu pecho se dilate al perseguir la esperanza quimérica de la felicidad; pero no abras los ojos. ¡Ah, no abras los ojos! Quiero dejarte así, para no ser testigo de tu despertar.Acaso un día, con el auxilio de un libro voluminoso, en páginas conmovedoras, relate yo tu historia, espantado de lo que ella contiene y de las enseñanzas que se desprenden.
Hasta ahora no he podido hacerlo, pues, cada vez que lo intenté, lágrimas abundantes se derramaban sobre el papel mientras mis dedos temblaban, y no era de vejez. Pero quiero tener ese valor al fin. Me indigna no poseer más nervios que una mujer, y desmayarme como una doncella cada vez que medito en tu gran infortunio. Duerme... duerme siempre; pero no abras los ojos. ¡Adiós, hermafrodita! Día tras día no olvidaré de rogar al cielo por ti (si fuese por mí, no le rogaría). ¡Que la paz sea en tu seno!

domingo, 8 de enero de 2012

LA FIEL de EL LIBRO DE MONELLE, de MARCEL SCHWOB


El enamorado de Jeanie se había convertido en marinero, y ella estaba sola,completamente sola. Escribió una carta que selló con su dedito, y la arrojó en el río, en medio de las largas hierbas rojas. Así se iría hasta el Océano. Jeanie no sabía escribir en realidad; pero su enamorado debía comprender, ya que la carta era de amor. Y esperó largo tiempo la respuesta, venida del mar; y la respuesta no llegó. No había ningún río que corriera desde él hasta Jeanie.Y un día Jeanie partió en busca de su enamorado. Miraba las flores de agua y sus tallos inclinados; y todas las flores se inclinaban hacia ella. Y Jeanie decía mientras caminaba: "En el mar hay un barco/ en el barco hay un camarote/ en el camarote hay una jaula/ en la jaula hay un pájaro/ en el pájaro hay un corazón, en el corazón hay una carta/en la carta está escrito: Amo a Jeanie. Amo a Jeanie está en la carta, la carta está en el corazón, el corazón está en el pájaro, el pájaro está en la jaula, la jaula está en el camarote,el camarote está en el barco, el barco está muy lejos en el inmenso mar".Y como Jeanie no les tenía miedo a los hombres, los molineros polvorientos, viéndola simple y tierna, con el anillo de oro en el dedo, le ofrecían pan y le permitían acostarse entre las bolsas de harina, con un beso blanco.De este modo atravesó su país de rocas feroces, y la región de los bosques bajos, y las praderas llanas que rodean el río cerca de las ciudades. Muchos de los que albergaban a Jeanie le daban besos, pero ella nunca los devolvía, ya que los besos infieles que las amantes devuelven se marcan en sus mejillas con huellas de sangre.Alcanzó la ciudad marítima en la que su enamorado se había embarcado. Por el puerto, buscó el nombre de su navío, pero no pudo encontrarlo, puesto que el navío había sido enviado al mar de América, pensó Jeanie.Obscuras calles oblicuas descendían a los muelles desde lo alto de la ciudad. Algunas estaban adoquinadas, con un arroyo en el medio; otras no eran más que estrechas escaleras hechas de antiguas losas. Jeanie distinguió casas pintadas de amarillo y de azul con cabezas de negra e imágenes de pájaros de pico rojo. Al anochecer, grandes lámparas se balancearon delante de las puertas. Hombres que parecían ebrios se veían entrar por ellas. Jeanie pensó que serían las pensiones de los marineros que regresaban del país de la mujeres negras y de los pájaros de color. Y tuvo un gran deseo de esperar a su enamorado en una de esas pensiones, que tenía tal vez el olor del lejano Océano.Alzando la cabeza, vio unas figuras blancas de mujeres, apoyadas en las ventanas enrejadas, donde estaban tomando el fresco. Jeanie empujó una puerta doble, y se encontró en una sala embaldosada, entre mujeres semidesnudas, con vestidos rosas. En el fondo de la penumbra caliente un loro movía lentamente sus párpados. Había también un poco de espuma en tres grandes vasos angostos, sobre la mesa.Cuatro mujeres rodearon a Jeanie, riendo, y ella reparó en otra, vestida de obscuro,que cosía en una pequeña salita.–Es del campo –dijo una de las mujeres.
–¡Silencio! –dijo otra–, no hay que decir nada.Y todas juntas le gritaron: –¿Quieres beber, primor? Jeanie se dejó abrazar, y bebió en uno de los vasos angostos. Una mujer gorda vio el anillo.–Qué me dicen: ¡es casada! Todas repitieron juntas: –¿Eres casada, primor? Jeanie se ruborizó, porque no sabía si estaba realmente casada, ni cómo había que responder.–Yo las conozco a esas casadas –dijo una mujer–. Yo también, cuando era pequeña,cuando tenía siete años, andaba sin enaguas. Fui completamente desnuda al bosque para construir mi iglesia: ¡y todos los pajaritos me ayudaban a trabajar! Estaba el buitre para arrancar la piedra, y el palomo, con su gran pico, para tallarla, y el pardillo para tocar el órgano. Esa era mi iglesia de bodas y mi misa.–Pero este primor tiene su alianza, ¿no? –dijo la mujer gorda.Y todas juntas gritaron:–¿De verdad, una alianza?Entonces abrazaron a Jeanie una tras otra, y la acariciaron, y le hicieron beber, y hasta consiguieron hacer sonreír a la dama que cosía en la pequeña salita. Entretanto un violín sonaba ante la puerta y Jeanie se había quedado dormida. Dos mujeres la depositaron dulcemente en una cama, en un cuartito, al que llevaba una pequeña escalera. Después dijeron todas juntas: –Hay que darle algo. ¿Pero qué? El loro se despertó y se puso a parlotear.–Les diré –explicó la gorda. Y habló largamente en voz baja. Una de las mujeres se enjugó las lágrimas.–Es verdad –dijo–, no hemos tenido, eso nos traerá felicidad.–¿No es cierto?, ella para nosotras cuatro –dijo otra.–Vamos a pedirle a Madame que nos permita –dijo la gorda.Y al día siguiente, cuando Jeanie se fue, tenía en cada dedo de su mano izquierda un anillo de alianza. Su enamorado estaba muy lejos; pero ella golpearía en su corazón, para volver a entrar en él, con los cinco anillos de oro