lunes, 12 de marzo de 2012

TESTIMONIOS DEL VIENTO de GERMÁN PARDO GARCÍA

LA VOZ DE LA TIERRA
1
YO, la Tierra solemne, la que he sido
carne del Hombre y cal de su hermosura.
Yo, sólida de peces masculinos
y líquida de válvulas licuantes.
Yo, que a nivel de las rosadas piedras
escarabajos de coral educo
bajo la luz de mis azules foros.
Yo, que en la frente cazadora tengo
raíces de arbolada encornadura,
y que embalso a los ríos en mis venas
para irrigar con ellos la sequía.
Yo, que escucho correr sobre mi cuerpo
las angustiadas bestias iracundas;
que lenta soy en madurar los bulbos
y en la osificación de mis cartílagos,
aquí, desde la sal que me abastece;
desde mi corazón de yesca antigua
y de residuos de materias bajas,
pregunto por mis hijos.
Soy la madre
selvática de selvas femeninas,
que el tenue musgo de los sexos dora.
Soy la hembra multípara en sus actos
profundos de preñez y de lactancia.
La mujer que bajó hasta los orígenes
de los rudimentarios alimentos,
a buscar el licor que de las glándulas
a la pulpa labial surge y blanquea.
Pregunto por aquellos procreados
al mestizo color de mi semblanza.
Yo los formé de mí hasta convertirles
en figuras retráctiles y eréctiles.
Clavé luceros en sus lacias crines;
un topacio pulsátil a su izquierda
y un carbunclo radial entre sus ojos.
¡Oh seres míos de espaciales vuelos!
¡De piernas duras y cuadrados hombros!
¡De uñas cual zarpas de apacibles fieras
y alma de espuma y rotación sanguínea!
¡Recias criaturas de infinito alcance,
que tú, oh Muerte, por romper mis vínculos,
a tus jardines apagados llamas!
Pregunto por vosotros, seres míos,
pescadores y agrícolas enérgicos.
Haced que fulgurantes me respondan
vuestros labios fructívoros y agrestes.
Si mi lengua boscal es casi sorda,
gritadme los vocablos que modulo
con voces de lejanas cornamusas
y broncos monosílabos de trueno.
La verticalidad que os di contiene
azúcar de limones amarillos
y grasa de purísimas almendras.
Humedad como el cuerpo de los pinos;
acero como el fondo de las minas;
azufre de las rocas esteparias
y fósforo de océanos y escualos.
Pregunto por mis hijos leñadores,
que al ruido de sus gubias y garlopas
trabajan mi floral carpintería.
Por aquellos que labran mis canteras;
por los que silenciosos me roturan;
por los dominadores de caballos
y los que en las llanuras sacrifican
a mis ásperas reses mancornadas.
En dónde están mis hijos, ayudantes
de la locomoción en mi tarea?
Recuérdolos mirándome de frente
con toda la rudeza de sus caras.
Su consanguinidad con los cuadrúpedos
les daba simbolismo de centauros,
porque bestiales como potros eran,
y a la vez de celeste jerarquía.
Yo los vi conquistar elevaciones
en las que sólo puéblanme las nubes.
Ir más arriba hacia el bastión aéreo
y descender a hundirse en mis entrañas
con la tenacidad de sus taladros,
a extraer el carburo que se empoza
cual una densa lágrima de aceite
continental, debajo de las criptas.
Seres míos, no luces sino brasas.
No carne dolorosa sino músculos.
No espartos suplicantes sino selvas.
No casas de amargura sino pueblos.
Titanes destroncados de sus cruces.
Cadenas destrozadas por la furia.
Pilotos en sus águilas dementes.
No arcángeles divinos sino obreros.
Murallas de los pies a la cabeza
y grandes a pesar de la agonía.
Pregunto por vosotros.
Soy la madre
selvática de selvas donde esconden
su lujuria los negros cuadrumanos.
Huelo a almizcles sexuales y a placentas.
A glándulas lactarias derramándose,
y a la potencia de violentos búfalos
cuando excitados en la sombra mugen.
Y clamo por vosotros y pregunto
por vosotros, con mis invocaciones
de sexo universal, íntegro y fuerte.
2

TESTIMONIO DEL VIENTO
Yo, que te circunvalo como anillo de cristal
ciñéndote con él las elevadas sienes.
Yo, tu amador calzado con pálidas sandalias
y en los riñones puros un cíngulo de estrellas.
El más claro de sus ligeros habitantes
y el que a tus bizarrías esféricas acude.
Yo, que en tus labios como ríos hundo
mi roja sed de soles y cósmicos desiertos,
a ti, Madre de la Fuerza Dolorosa
defendida por mil panteras enlutadas,
escucho en tu clamor.
Mi movimiento rápido, más que tus blondos cérvidos,
a todos tus relieves altísimos abarca.
Soy el amante móvil que sin cesar trasládase
sobre tu abierta pelvis de verde maravilla.
Cada vez que mis pulmones soplan, tus árboles muévense.
Hay suave celeridad en la tracción de las orugas.
Mi beso agricultor difunde el polen,
y cual si fuera el dorso de un león en celo,
pausadamente ondulan tus dóciles gramíneas.
Yo, tu amador, les doy a tus seres quietísimos
movilidad y música. Yo, el celeste huracánida.
Oye a tu mar cantando. Soy yo pulsándole como una cítara.
Mírame transparente y libre fluir desde las constelaciones
a envolverte en un velo de sonidos y danzas.
No ciego, sino mirándote por las noches con mis ojos
[luciérnagas,
y en la luz con retinas de rocío y aralias,
hallo en tu desnudez oculta
las armonías que te cubren bajo el silencio y la soledad.
Vestida estás de cálices herbáceos, de colmenas,
de helechos casi nubes, más que nubes a veces,
y de purísimos cristales de agua en el instante de nacer.
¡Oh Madre de las células dulces
y las textiles ligaduras
sobre los hombros, en que solferinos pájaros
te cantan a la occidental luz tibiamente terrestre.
Tus hondos llamamientos
escucho con mis sentidos, finas telas
de arácnidos y lluvia,
que un temblor cauteloso de granizos ensarta.
Llena estás de misteriosas incitaciones
que yo siento, inclinándome
sobre las corrientes subterráneas que te pulsan,
como el embrión al seno de una mujer castísima.
¡Yo, tu amador calzado con pálidas estrellas!
Con mis oídos, mágicos iris, lentamente te escucho
y con mis ojos, prismas veloces, en tus páginas leo.
Esa ficción tuya la escriben
colonias de insectos zapadores,
en los papeles que el otoño
al deshojarse en tus colinas deja.
Ahí está ese relato de irredentas lágrimas
que tú después escondes en la quietud de tus lagunas.
Lágrimas, ¿de quién, de cuáles ojos al dolor inminentes?
¿De una mujer que en la penumbra aguarda?
¿De algún soldado herido en su trinchera?
¡Oh Madre de la Fuerza Dolorosa
defendida por mil panteras enlutadas:
sufres y tu dolor doblega
al blanco digital de las alturas!
Preguntas por tus hijos y te responden voces incógnitas,
¿de qué herméticos labios ingozantes?
¿De qué ignorada boca que suplica
desde unos enemigos territorios?
¡Ah, Tierra!
Óyeme recorrer nocturnamente caminos
detrás de las torrenciales marchas de tus pueblos.
En cada fracción de sordas, novilunarias sendas,
toco luceros fríos de misteriosos coágulos.
¡Sangre, quizá! ¿De cuáles razas nómades?
¿De algún ruiseñor que siente la punzadura de una espada?
En libres, remotos bosques, tus hijos erguían cantos
unánimes
ebrios de luz y de vigor.
Sus musculares, velludos tórax de seres altos,
eran ya rocas plenas de unos coros inmensos.
Cantaba como el mar cuando lo pulso como a una cítara
y como selvas enajenadas si las cumbres exalto.
¡Oh coros de los hombres cuando jubilosos a la vida cantan!
¡Oh sonoridad delirante de la voz de los hombres,
cuando ebrios de fuerza cantan sus poderosos himnos!
Dimensional relámpago de yunques
salió desde crepúsculos y auroras.
La tremenda agonía del Espíritu
con tu quebrantamiento comenzaba,
¡oh Tierra activa de frutales méritos,
uvas de brandy colindando al Norte,
cálidas piñas madurando al Este,
rojas ciruelas en los tibios valles,
y avellanas y nueces y toronjas
en las llanuras de tu limpio Sur!
A mí, que te circunvalo como anillo de cristal
puesto sobre tus sienes en prenda de las nupcias.
A mí, tu amador, que te oigo clamando por tus seres.
Por los que silenciosos te roturan
y al golpe de tus gubias y garlopas
trabajan tu floral carpintería,
escúchame, ¡oh Tierra, Madre de las células dulces,
óyeme responder a tu clamar:
tus hijos se hallan sepultados
a la orilla del Marne gemidor!
3

LA VOZ DE LA TIERRA
¡Oh viento, amante dócil y tranquilo!
¡Amador de celestes calzaduras
que estás en mis calladas cavidades
llenándolas de ruidos diligentes!
Tú, que oreas las fibras silbadoras
del arbusto bronquial con que respiro,
y los musgos que están sobre mi sexo
guardando las entradas a mi vientre,
escúchame en mi idioma constelado
de raíces acuáticas y dátiles.
Yo no sabía que me encuentro llena
de unos hoyos carnívoros que matan,
y que al pie de tubérculos florales
está la equivalencia del sepulcro.
¿Seré, quizá, la bestia que devora
las entrañas calientes de sus crías,
un túnel de sudores congelados,
un muro de silencios abolidos
y colmenar de celdas rencorosas
por cuerpos putrefactos habitadas?
Yo no sabía que en mi carne crecen
agudas alambradas y cadalsos,
y que evadido de quemantes bosques
un tigre nuclear ronda mis sueños.
¡Ay de mi arcilla que lograr no puede
la transfiguración de las criaturas!
¡Ay de mis yacimientos metalúrgicos
en gases ponzoñosos convertidos,
porque ya mis paredes interiores
son fosas para un vértigo de espanto!
Si así fuere me arrancaré los ojos
para no ver las llamas homicidas.
Destrozaré el cristal de mis oídos
por las detonaciones alarmados.
Trituraré hasta el polvo mi esqueleto.
Arrasaré el origen de mis razas,
mis naciones de pájaros acústicos,
y me hundiré en el caos y en el Tiempo,
detrás de los telones infinitos,
como tantos cadáveres de estrellas.
¡Ay de mis estaciones temporales
que el suelo caldeador funde y enflora!
¡Ay de mis primaveras delicadas,
que el orozuz perfumador anuncia!
¡Ay del verano productor de almíbares
y del otoño colector de pieles!
¡Ay del invierno que en mis hombros deja
cuarzos de frío y deslumbrante escarcha!
¡Primavera, verano, otoño, invierno!
¡Cuatro heridas que me abre la Hermosura!
Óyeme, ¡oh viento que eres el Espíritu:
de la extinción de las criaturas sálvame!
De las tinieblas manchadoras límpiame.
A restaurar mi corazón ayúdame.
Haz que los nutridores acodajes
las corrientes de savia canalicen,
y toros columnarios me fecunden.
Sálvame, oh viento, que eres el Espíritu.
De la agresión molecular defiéndeme.
¿Qué será de amatistas y diamantes,
filtro inicial de mis clementes lagos?
¿Y qué de las profundas esmeraldas,
comienzo de mis bosques verdeazules?
¿Se incendiarán los últimos zafiros,
surtidor inaudible de los mares?
Mi cromación superficial se nutre
de esas piedras hondísimas y extrañas,
como el sueño de un niño que volviera
de soñar en fantástico país.
¿A dónde irán jilgueros y turpiales
que dan su arrullo a campesinas bodas?
¿A dónde las cordiales codornices
absortas en crepúsculos de música?
¿Y a dónde el ruiseñor que en este instante
distribuye las sílabas radiosas
de este himno a las criaturas insistentes,
que un hombre entero de los que amo, un hombre
por quien pregunto al viento del Oeste,
escribe con su misma integridad?
Porque es así como los seres míos
descubren la Belleza: descarnándose
hasta sangrar las sienes y los dedos
por la furia del trance entre las sombras.
Ved esas faces lívidas en lucha
con la gran creación atormentada.
Son ellos explorándome, ¡oh Belleza!
Taladrando el papel como una roca.
Crucificando el alma y extenuándose,
mientras sus pies sobre el infierno cruzan.
¿En dónde están mis seres? Les invoco
para que acudan a fundar ciudades
con este barro constructor que tengo,
y con los duros materiales míos.
Cada vez yo les siento separarse
más y más en su fuga hacia el Espacio.
¡Volver, volved, criaturas de mi vientre!
¡Inteligid mis órbitas de sueño!
Yo soy la claridad y la esperanza
y os aguardo en mis cúspides pacíficas.
4

TESTIMONIO DEL VIENTO
¡Oh Tierra, Madre de la Soledad y la Amargura!
¡Solemne compañera de la Melancolía!
En tus dinteles con hilos fúnebres
entrelazados a estambres
que tejió la piedad del Silencio,
y apenas alumbrados por difusas lámparas
de aceites vegetales y resinas,
abandono mi simple túnica,
mi cíngulo de estrellas.
Y en el umbral apagado por arbustos levísimos,
dejo mis cósmicas sandalias
para ingresar descalzo y desnudo
al recinto de grises cinerarias
donde los muertos en sí mismos reposan,
como un labio en el otro dulcemente plegándose.
¡Dos valvas congeladas sobre una boca muda!
Por ti, que esféricamente con mi beso circundo,
con mi beso abarcante,
urjo a los seres benignos
al pie de tus sepulcrales colindancias.
Ya vienen con su séquito de barrenadores y necróforos,
crisálidas de robles y ninfas de cipreses,
y alces pequeños que en los ojos guardan
un verdear de humedecidas lunas.
Se acercan con sus dádivas de humildad y sabiduría,
trayéndome corónulas de acónito y acanto.
Escucha ya sus lágrimas desprendiéndose
de sus retinas frágiles,
cual si fuera el rocío que los montes
distribuyen al pasto cuando empieza
la luz provisional de la mañana.
Confíales tus ausentes a esas amables formas
de la existencia. Ellos conocen los enigmas de la
resurrección.
Lavan la culpa corpórea con zumos amargos,
cosen las desgarraduras de la piel,
ungen la desnudez inválida
y cultivan girasoles sobre las vértebras,
porque saben que hay una primavera de los huesos,
y en las nubes
un otoño divino del Espíritu.
¡Ah de tus grandes ausentes que entre columnas de fuego
vi pasar arrebatados por los triunfos de la velocidad!
¡Qué hermosos al sol ardían sus cabellos, sus armas!
¡Qué radiantes sus ímpetus, cuánta luz en sus frentes!
¡Qué raudos fulgían, qué alcance en sus voces
y cómo la Victoria los lanzaba al septentrión!
Mas, ¡óyeme, oh Tierra, Madre de la Soledad y la Amargura,
escúchame responder a tu clamar:
tus hijos se hallan sepultados
en las orillas bélicas del Rin!
5
LA VOZ DE LA TIERRA
Ciérrate, ¡oh noche! sobre mí o ocúltales
mi rostro a los que aman
la Alegría.
N
o les dejes mirar estas arrugas
que el llanto seco en mis cortezas labra.
Ventila mis cabellos con la furia
del huracán y con diluvios lávalos.
Pido piedad para mi fuerza bruta,
¡oh Noche a cuyo amparo silencioso,
con la avidez de las leonas vírgenes
concibo entre las sombras vulneradas!
Si aún tienes auroras verdaderas,
¡oh Noche! de tus ébanos impúlsalas.
¡Dame la intacta claridad, entrégame
la Cruz del Sur, su claridad concédeme!
¡No me niegues la luz, estoy de hinojos
al Universo mismo suplicándola!
¡Dame la claridad, noche clemente,
porque el Hombre ha encendido ya la estrella
de inmenso resplandor carbonizante,
que estaba entre los átomos dormida!
Retroceded, constelaciones puras,
como palomas que el halcón ventea.
Los cántaros fresquísimos de nubes
con su licor elemental se rompan,
y acabe mi celeste alfarería.
¡Oh viento, esposo de frutales nupcias:
huid de mis domésticos jardines!
¡Dejadme sola, Númenes Benévolos,
por mis hijos de barro escarnecida
y por ellos a muerte condenada!
¿No sabían mi lucha con el mar
para ofrecerles firme territorio?
Yo les di las columnas de sus casas
y la calefacción de sus fogones.
La cocción de sus panes y alimentos
y el instinto carnario de las presas.
Formé la inteligencia de sus manos
y los hice ebanistas y albañiles.
No hay uno solo de ellos que no guarde
mi testamento de agua en sus pupilas.
De mi sabiduría ya no existe
sino unos hornos de argamasa pobre,
unos ladrillos viejos y unas tejas
en lo alto de metálicas ciudades.
¡Oh ciencia mía natural que mueres
bajo las ruedas de agresivo fierro!
¡Ay de mis hijos que en las manos tienen
estrellas con eléctricos volúmenes!
¡Ay de ti, Prometeo, que les diste
los poderes ocultos de las llamas!
6

TESTIMONIO DEL VIENTO
¡Oh Tierra, baluarte hermosísimo, lucero que apagándote
fuiste barca de nubes
con tus seres orgánicos y tus frutas a bordo!
Amo tus vetas de aluvión, tus paredes de sílice,
todo lo que es en ti resistencia y masa,
y el azul espectáculo de los mares cubríendote.
Yo, desnudez de espíritu, encuentro manto en tus árboles,
hospitalidad en tus cisternas
y en tus nectarios energía.
Celeste y desprovisto de espaldas materiales,
¡qué sería de mis apariciones invisibles
si no las encarnaras!
¡Y qué de mi sueño altísimo sin tus captoras redes,
pues soy la Poesía que no logra decirse
y se queda en penumbras dolorosas
como el halo en las sienes de los mártires!
Vuelvo de recorrer abismos con mis sandalias veloces
de lebrel delgado que en los ojos tiene
dos luceros agónicos,
y a cada lado aletas de peces cristalinos.
Mira mi rostro exangüe,
mis sienes aterradas,
mis manos sitibundas.
Vengo de oir el zumbido
de las abejas satánicas
de un colmenar que el infinito esconde.
Cada gota de luz es un infierno.
Toda hermosura del Abismo mata.
Sólo encontré el espanto vigilándome
desde una eternidad irresistible.
En ti refugio, ¡oh Tierra!, mi angustia de la nada,
mi frente de ciegas nubes y mi boca desprovista
de labios.
¡Alójame!
Te imploro el más humilde de tus cuerpos,
la más tierna de tus encarnaduras.
Dame unas piernas de cervatillo débil,
los brazos de una alondra,
entrañas de libélula en su capullo,
y algún bordón para escalar tus cumbres.
Tal vez entonces pueda verter tus mismas lágrimas,
¡mis claros ojos de cristal no lloran!,
y acompañarte a colocar ofrendas fúnebres
en las estepas donde tus muertos
se agrupan en los cálices del frío,
porque ¡óyeme, oh Tierra, Madre de la Fuerza Dolorosa,
solemne compañera de la Melancolía!
¡Escúchame responder a tu clamor:
tus hijos se hallan sepultados
en las nieves del Vístula invernal!
7

LA VOZ DE LA TIERRA
¿Por qué mis ríos generosos mueren
quemados por la sed de las batallas?
Siento horror de mis ríos en que sordas
las naves de los muertos se acumulan.
Parece que mis ríos son sarcófagos,
espejos con imágenes yacentes
de caras y estaturas de sepulcros.
¡Oh Vístula sombrío de Polonia!
¡Oh Rin de los guerreros alemanes!
¡Oh Marne de una Francia de ceniza!
Retroceded hasta la gota última
que exista en vuestros vasos nacederos.
Fluid contrariamente como un hombre
que sus pasos ambúlicos desanda.
Abolid esos nombres tan humanos
que os dan una existencia de personas
acuáticas, con pueblo y domicilio.
Tú, dulce Marne, nómbrate Necrópolis.
Tú, Rin hermoso, invócate Sudario,
y tú, Vístula, llámate Agonía.
Ríos no sois sino sangrientos bloques.
Contradicción de la nocturna lluvia
que con vosotros sus espinas mezcla.
¡Ah, mis lluvias tranquilas, bondadosas
como relentes de apacibles valles,
allá donde los ríos están llenos
de párbulas criaturas que los viven:
recentales ternísimos y liebres,
y cachorros de fieras como niños,
y una perdiz y un tordo y un zorzal!
Finalmente pregunto por vosotros
Por los cultivadores de naranjas
y por los sembradores de aceitunas.
Por aquellos que injertan los duraznos
en la pulpa dorada de los higos.
Por los que al sol desbrozan las cerezas
y comen de blanquísimas guanábanas.
Por todos esos seres tan frutales
que viven entre pájaros y espumas,
lo mismo al Norte que en el limpio Sur.


8

TESTIMONIO DEL VIENTO
¡Óyeme, oh Tierra, Madre de los blandos tegumentos,
las levaduras y aleuronas!
¡Escúchame responder a tu clamor:
tus hijos se hallan sepultados
a la orilla del hondo Yang-Tszé-Kiang!
¡Y ha de venir el día en que incendiadas las fronteras
y los hombres por su amargura calcinados,
sólo quedemos en la sal del mundo,
tú, la Materia Eterna, y yo, el Espíritu,
enfrentados al rostro de la Muerte!

domingo, 4 de marzo de 2012

AZAFRAN de PAJAROS DE FUEGO de Anaïs Ninn

Fay había nacido en Nueva Orleans. A los dieciséis años la pretendió un hombre de cuarenta que siempre le había gustado por su aristocrática ditinción. Fay era pobre y las visitas de Albert constituían auténticos acontecimientos familiares. Todos disimulaban diligentemente su pobreza. Albert resultaba una especie de libertador, que hablaba de una vida que Fay nunca había conocido en el otro extremo de la ciudad.
Cuando se casaron, Fay se instaló como una princesa en su casa perdida en un inmenso parque. La servían hermosas mujeres de color. Albert la trataba con suma delicadeza.
La primera noche no la poseyó. Sostuvo que era una prueba de amor, no obligar a la propia mujer por el hecho de serlo, sino conquistarla lenta y amorosamente, y tomarla cuando estuviese predispuesta y en el estado de ánimo adecuado para entregarse.
Iba a la habitación de Fay y se limitaba a acariciarla. Yacían envueltos en la mosquitera blanca como dentro de un velo nupcial, tendidos de espaldas en la cálida noche, haciéndose mimos y dándose besos. Fay se sentía lánguida y drogada. Con cada beso iba engendrando a una nueva mujer, descubriendo una nueva sensibilidad. Luego, cuando el marido se iba, se quedaba inquieta y no podía dormir. Era como si tuviese pequeños ardores bajo la piel, pequeñas corrientes que la mantenían despierta.
De este modo, fue atormentada con exquisitez durante varias noches. Al carecer de experiencia, no intentó llevar adelante un abrazo completo. Se abandonaba a aquella profusión de besos en el pelo, en el cuello, en los hombros, en los brazos, en la espalda, en las piernas...Albert disfrutaba besándola hasta hacela gemir, como asegurándose de haber despertado una determinada parte de su carne, y luego llevaba la boca a otro sitio.
Descubrió una temblorosa sensibilidad debajo del brazo, en el nacimiento de los pechos, las vibraciones que se transmiten los pezones y el sexo, y la boca del sexo y los labios, todos los nexos misteriosos que excitan y tensan lugares distintos de los que se besan, las corrientes que ciruclan desde las raíces del pelo a las raíces del espinazo. Cada lugar que besaba, lo reverenciaba con palabras de adoración, observando los hoyuelos del final de la espalda de Fay, la firmeza de sus nalgas, la marcada curvatura de la espalda, que hacía sobresalir los cachetes del culo...”como a las mujeres de color”,dijo.
Le rodeaba los tobillos con los dedos y se complacía en los pies, que eran tan perfectos como las manos de Fay, y repasaba una y otra vez la suave línea estatuaria del cuello, perdiéndose en la melena larga y espesa.
Los ojos de Fay eran alargados y apretados como los de las japonesas, la boca llena y siempre entreabierta. Los pechos se hinchaban al besarla y mordisquearle la caída de los hombros. Y entonces, cuando gemía, la dejaba, cerrando cuidadosamente la mosquitera blanca, encerrándola como si fuera un tesoro, dejándola con los juguillos huyéndole entre las piernas.
Una noche, como de costumbre, Fay no podía dormir. Se sentó desnuda en su nebulosa cama. Al levantarse en busca del quimono y las zapatillas, una gotita de miel le brotó del sexo, resbalando piernas abajo y manchando la alfombra blanca. Fay estaba sorprendida por el control de Albert, de su recato. ¿Cómo era capaz de someter sus deseos y dormir después de aquellos besos y caricias? Ni siguiera la había desnudado nunca del todo. Ella tampoco había visto el cuerpo de su marido.
Decidió salir de la habitación y pasear hasta calmarse. Le palpitaba todo el cuerpo. Anduvo lentamente, descendió la gran escalera y salió al jardín. El perfume de las flores casi la aturdió. Las ramas caían lánguidamente sobre su cabeza y los senderos mohoso silenciaban absolutamente sus pasos. Tenía la sensación de estar en un sueño. Paseó sin rumbo fijo durante largo rato. Luego un ruido la alarmó. Era un gemido, un gemido rítmico, como el de una mujer sollozante. La luz de la luna se colaba entre las ramas y descubría a una mujer de color tendida desnuda sobre el moho con Albert encima. Los quejidos eran quejidos de placer. Albert jadeaba como un animal salvaje y arremetía contra ella. También él pronunciaba voces confusas. Fay los vio convulsionarse ante sus ojos, presos de la violencia del placer.
A Fay no la vio nadie. Ella no dijo nada. Al principio la paralizó el dolor. Luego, regresó a la casa corriendo, rebosante de la humillación sufrida por su juventud, por su inexperiencia; la turbaban las dudas. ¿Era culpa suya?¿Qué le faltaba, en qué no había conseguido gustar a Albert?¿Por qué la dejaba para irse con la mujer de color? La brutal escena la había hechizado. Se maldecía por no responder bajo el encanto de las caricias del marido y no comportarse quizás como él deseaba. Se sentía condenada por su propia feminidad.
Albert hubiera podido enseñarla. Le había dicho que la estaba conquistando...esperando. Le bastaría susurrar unas palabras. Fay estaba dispuesta a obedecer. Sabía que él era mayor y que ella era inocente. Había esperado que la enseñaría.
Aquella noche Fay se convirtió en mujer, al hacer un secreto de su dolor, para salvar su felicidad con Albert, para demostrar sabiduría y utilidad. Cuando él estuvo a su lado le susurró.
- Me gustaría que te quitaras la ropa.
Pareció sobresaltarse, pero aceptó. Entonces Fay vio a su lado el cuerpo juvenil y delgado, con sus cabellos muy blancos y resplandecientes, una curiosa mezcla de juventud y madurez. Y empezó a besarla. Mientras la besaba, la mano de Fay avanzó tímidamente hacia el cuerpo del hombre. Al principio estaba asustada. Le tocó el pecho. Luego las caderas. Él seguía besándola. La mano, lentamente, llegó al pene. Albert hizo un movimiento de alejarse, un movimiento delicado. Se alejó y lanzó a besarla entre las piernas. Murmuraba una y otra vez la misma frase:
- Tienes cuerpo de Ángel. Es imposible que semejante cuerpo tenga sexo. Tiene cuerpo de ángel.
La rabia, provocada, porque el hombre alejara el pene de su mano, se extendió por el cuerpo de Fay como una fiebre. Se sentó con el pelo revuelto sobre los hombros y dijo:
- No soy un ángel, Albert. Soy una mujer: quiero que me ames como a una mujer.
Entonces sobrevino la noche más triste que Fay había conocido en su vida, porque Albert intentó poseerla y no pudo. Él mismo guió las manos de Fay para que lo acariciaran. El pene se le empalmaba, lo ponía entre sus piernas y luego desfallecía en las manos de Fay.
Ella estaba tensa y silenciosa. Veía tortura en los ojos del hombre, que lo intentó muchas veces.
- Espera un momentito- decía él-, sólo un momentito.
Lo decía con tanta humildad y con tanta suavidad que Fay se quedó quieta, mojada, deseosa y expectante, durante lo que le pareció toda la noche. Durante toda la noche le sucedieron los asaltos interrumpidos, fracasando, retrocediendo y besándola a modo de reparación. Luego Fay sollozó.
La misma escena se repitió dos o tres noches y luego Albert dejó de ir al dormitorio de Fay.
Y casi todos los días Fay veía sombras en el jardín, sombras que se abrazaban. Le daba miedo salir de su habitación. La casa estaba completamente alfombrada y era insonora y una vez, subiendo las escaleras, vislumbró a Albert montándose detrás a una de las chicas de color y metiendo la mano por debajo de las voluminosas faldas.
El ruido de los gemidos la obsesionaba cada vez más. Le parecía oírlos a todas horas. Una vez fue a las habitaciones de las chicas de color, que estaban en una casita independiente, y estuvo escuchando. Oyó los mismo gemidos que había oído en el parque. Se echó a llorar. Se abrió una puerta. Quien salió no era Albert, sino uno de los jardineros de color. Se encontró a Fay sollozando junto a la puerta.
Finalmente, Albert la poseyó en las más extrañas circunstancias. Iban a dar una fiesta en honor de unos amigos españoles. Aunque rara vez salía de compras, Fay fue a la ciudad en busca de un determinado azafrán para el arroz, una clase muy rara de azafrán que acababa de llegar de un barco procedente de España. Disfrutó comprando el azafrán recién descargado. Siempre le habían gustado los olores, los olores de los muelles y de los almacenes. Cuando tuvo en su poder los paquetitos de azafrán, los guardó bien en el bolso, que llevaba bajo el brazo y contra el pecho. El olor era muy fuerte y le impregnó las ropas, las manos y el cuerpo.
Al llegar a casa, Albert la estaba esperando. Se acercó al coche y la ayudó a bajar, como en un juego, riendo. En la operación, Fay se restregó contra él con todo su peso.
-¡Hueles a azafrán!- exclamó Albert.
Ella apreció un extraño brillo en los ojos del hombre cuando volcó la cara contra sus pechos para olerla. Luego la besó y la acompañó al dormitorio donde Fay dejó caer el bolso sobre la cama. El bolso se abrió y el olor a azafrán inundó el cuarto. Albert la hizo tenderse en la cama completamente vestida y, sin besos ni caricias, la poseyó.
- Hueles como las mujeres de color – dijo luego, satisfecho.
Y el hechizo se había roto.