POEMA PARA TUS MANOS, de María Luisa Artecona de Thomson





Entre las silenciosas rejas
la tarde está cayendo,
viento y nácar detrás
de los cristales.
Silencios amarillos
de puertos sin viajes
recorren lentamente
la vértebra cantante
del árbol y la estrella.
Una humareda tenue
de lloviznas y musgos
florece manantiales
más allá de la estancia;
cierta nascencia casta
de trigales
deja su paz profunda
de ensueños y de anhelos.
Tiene esta tarde etérea
la sombra misteriosa
de Dios sobre mis naves,
tiene la estela blanca
de un ángelus piadoso
a flor de alma y de carne.
Viajan los recuerdos
por todos los senderos
mientras el crepúsculo germina
en un anecdotario
de rojos presenciales.
Y tú, con toda tu alma
y tu presencia toda
de fugitivos rostros
nacarados,
y de imágenes todas
palpitantes
de húmedas pasiones,
vas sumergiéndote
en la dulzura vertical
y cobre de esta tarde,
naciendo en el poema
que trazan
los vestigios invisibles
de la luna,
luz y ausencia
de la cálida llovizna.
Mientras se pone la tarde
como copos de nevada,
viento y nácar
detrás de los cristales,
para abrirse inmensa y pura
sobre el linde de tus brazos
de distancias y presencias
en mis mundos interiores.

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