LA OFERTA, de María Luisa Artecona de Thomson






Cuando viniste a golpear mi puerta, no salí a mirarte. Hay una tristeza lóbrega que se enciende para mí desde tu rostro afilado por el hambre de un sueño de trigales.
Venías lentamente por entre las galerías de la tarde, despiadadamente fría; con una cesta de juncos donde brillaban, escasos, cuatro ases de fulgor de esas tus manos campesinas.
Ñandutíes.
Ñandutíes de seda sonrosados.
Y todo ese pergamino de angustias lo gritabas; -Por un pedazo de pan, hermano ausencia.
-Por un pedazo de trapo para este frío que entorpece el baluarte de mi carne.
Borracha por el hambre, desde esta implacable jauría del invierno que se muerde tus hijos y tu adobe.
Y sin embargo… hay una mueca impasible que fustiga la ruina de tu mesa.
El opulento.
El mísero.
El sin alma que te arrojó desde la libre cima de tus lapachos hasta la galería de esta última tarde.
-Por un pedazo de pan, hermano ausencia.
-Por un pedazo de trapo para encender el hielo de mi sangre.
Tu grito.

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