Morirás a causa de sus besos, dijo, como uno
muere cuando es mordido por una serpiente que inunda
tu corriente sanguínea con su esencia maldita. Quede en silencio,
por una vez, la lengua se desvaneció en mi boca.
Era julio, un julio lleno de lluvia y sombras
atrapadas como humo en los huecos del cielo y
ese obsceno, vaporoso, olor a podrido emergiendo de la tierra.
Caminaba un paso delante de mí, el viento del oeste
filtrándose a través de
su pelo. Y pensé, si tan sólo pudiera desear
de verdad, desear de verdad su amor, cabalgaríamos la felicidad,
gran corcel blanco, pisoteador de leyes no sagradas.
Si tan sólo consiguiese desterrar la heredada
memoria de un roce, me serviría a mí misma en
espejos de dormitorio, fruta oscura en bandeja de plata,
mientras él tumbado mira, justo conquistador de otro
País. Puliré el cristal de sus ojos tristes
y con maneras celosas, tras la ira y las duras palabras,
gemiré en sus nervios, como un gato sin dueño maúlla
entre los escombros de una tormenta. Pero una sólo tiene
la vida que se merece y sueña sólo los sueños que
el alma vieja puede comprender. Sueño con manos lascivas
subiendo por mis miembros y con tanatorios donde
las luces nocturnas
brillan sobre los rostros sellados tras la partida del alma.
Y con vigilantes sepulcrales, empujándome a través
de largos pasillos
al oscuro interior de la sala de rayos X.
(¡Oh! El chasquido de las camillas de los muertos,
tan fuerte como una carcajada intempestiva). Y con aeroplanos
brillando rojos en el cielo… Debería soñar sus
incomparables sueños, sueños de villas soleadas y de
niños gordos de media casta, más adorables que dioses y de
beber vino en verandas, él y yo, envejeciendo
y en paz, despojados de todo disfraz.
Pero terminaré de forma diferente, lo sé, los afluentes
de nuestras sangres no se mezclarán ni una vez.
Es un río de sueños, déjalo así, los niños son
niños soñados. Los verdaderos nunca tienen esos
espléndidos ojos.
Este cuerpo que soporto sin alegría, este cuerpo
cargado de indulgencia, juguete menudo, propiedad
de un hombre de carácter, se atrofiará quizás batallado
con el deseo impersonal de mi amante. O se volverá adiposo
y alcanzará un enorme tamaño antes de su fin.
Seré la bruja de rodillas gordas en la interminable cola
del autobús,
esa de cuya bolsa de la compra caerá una vulgar patata
rodando a través de la calle. Seré la paciente
en la cama de hospital, descansando bajo el sopor de las drogas
y soñando con el hogar. Seré la abuela
distribuyendo sus pertenencias, la chatarra y las baratijas
más duraderas que sus huesos. Quizás algún vientre en ese otro
mundo más misterioso se convulsionará cuando penetre finalmente,
una entrada legítima marcada por el descontento.
muere cuando es mordido por una serpiente que inunda
tu corriente sanguínea con su esencia maldita. Quede en silencio,
por una vez, la lengua se desvaneció en mi boca.
Era julio, un julio lleno de lluvia y sombras
atrapadas como humo en los huecos del cielo y
ese obsceno, vaporoso, olor a podrido emergiendo de la tierra.
Caminaba un paso delante de mí, el viento del oeste
filtrándose a través de
su pelo. Y pensé, si tan sólo pudiera desear
de verdad, desear de verdad su amor, cabalgaríamos la felicidad,
gran corcel blanco, pisoteador de leyes no sagradas.
Si tan sólo consiguiese desterrar la heredada
memoria de un roce, me serviría a mí misma en
espejos de dormitorio, fruta oscura en bandeja de plata,
mientras él tumbado mira, justo conquistador de otro
País. Puliré el cristal de sus ojos tristes
y con maneras celosas, tras la ira y las duras palabras,
gemiré en sus nervios, como un gato sin dueño maúlla
entre los escombros de una tormenta. Pero una sólo tiene
la vida que se merece y sueña sólo los sueños que
el alma vieja puede comprender. Sueño con manos lascivas
subiendo por mis miembros y con tanatorios donde
las luces nocturnas
brillan sobre los rostros sellados tras la partida del alma.
Y con vigilantes sepulcrales, empujándome a través
de largos pasillos
al oscuro interior de la sala de rayos X.
(¡Oh! El chasquido de las camillas de los muertos,
tan fuerte como una carcajada intempestiva). Y con aeroplanos
brillando rojos en el cielo… Debería soñar sus
incomparables sueños, sueños de villas soleadas y de
niños gordos de media casta, más adorables que dioses y de
beber vino en verandas, él y yo, envejeciendo
y en paz, despojados de todo disfraz.
Pero terminaré de forma diferente, lo sé, los afluentes
de nuestras sangres no se mezclarán ni una vez.
Es un río de sueños, déjalo así, los niños son
niños soñados. Los verdaderos nunca tienen esos
espléndidos ojos.
Este cuerpo que soporto sin alegría, este cuerpo
cargado de indulgencia, juguete menudo, propiedad
de un hombre de carácter, se atrofiará quizás batallado
con el deseo impersonal de mi amante. O se volverá adiposo
y alcanzará un enorme tamaño antes de su fin.
Seré la bruja de rodillas gordas en la interminable cola
del autobús,
esa de cuya bolsa de la compra caerá una vulgar patata
rodando a través de la calle. Seré la paciente
en la cama de hospital, descansando bajo el sopor de las drogas
y soñando con el hogar. Seré la abuela
distribuyendo sus pertenencias, la chatarra y las baratijas
más duraderas que sus huesos. Quizás algún vientre en ese otro
mundo más misterioso se convulsionará cuando penetre finalmente,
una entrada legítima marcada por el descontento.

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