FOBIA, de Joan Báez





Había aprendido a aguantar, de hecho,
a negociar, a entenderme con ella, a controlarla,
a aceptarla como una enfermiza sombra interior y,
gracias a un esfuerzo sobrehumano, a soportarla
hasta cuando parecía insoportable. Al final, nos hicimos amigas,
mi fobia y yo.
Pero después de pasar treinta y tantos años bailando torpemente
con mi fiel compañera,
comencé
un proceso que jamás había vivido hasta entonces.
Comencé a bucear en mi inconsciente y a descubrir en mi interior una comunidad infinita de criaturas; a recuperar recuerdos, a dibujar, a pintar, a bailar, a escribir poesía, a escribir un diario; a gritar, a enfadarme, a romper cristales, a descubrir la tristeza que se ocultaba tras la furia y a consolar a aquellas criaturas que me habitaban, y a mí misma; a sentir no solo alivio, sino pura alegría al bañarme en un arroyo, al tomar el té en una tacita floreada, al ver un documental de Attenborough sobre monos, al quitarme la ropa para bailar bajo la luna llena, sin que me importara dónde estaba: un huerto de calabazas de Idaho, una salida de emergencia en Italia, un lago de Cerdeña, o un bosquecillo de la Selva Negra; en resumen, comencé a transformarme, y a perseguir la libertad en lugar de la utilidad, a sanar en lugar de poner parches sobre las heridas, a encontrar plenitud en lugar de fragmentos de mí misma.
Parecía no haber límites para lo que podía hacer conforme me iba librando, poco a poco, del miedo; hasta que un día, por fin, jubilé a mi pareja de baile—o, más bien, la mandé con la música a otra parte.

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