ESPIGAS NEGRAS, de María Luisa Artecona de Thomson





Estas espigas negras que ensordecen
tu boca con un enlutado
silencio de protestas.
Estas palabras que se trepan
en ti como hierba medrosa
ya sin el panal ardiente
de la tierra;
en torno de ti
la furiosa abeja
del andrajo comiéndose
resquicios de tu sucia
guerrera de combates,
que algún sangriento
cuartel desechó en su opípara
recámara de hipos
con sus gargantas agrias
de aguardiente
y tabaco importado.
Esta primera hora de tu rancho
con su profundo ventanal
de desalientos
y sus dinteles
con su palabra libre
hacia el rocío.
Este cañaveral que burló
la sequía de los hombres
donde navega hondamente
tu lóbrego sudor de ciudadano
y asciende hasta la caña
para matar tu pan
de paraguayo
para encender tu sueño
en la lujuria
de una raza que bebe
el néctar de su propio seno
en negación y herida
de la materna leche
devastada.
Estás negado
como Cristo en Pedro,
tres veces,
tres, y tres, y tres,
hasta el ocaso
que no revivirá,
antes que el gallo lance
su sonora cuerda
al viento largo
porque sueña un puñal
a tus espaldas;
mientras agazapado,
yerto casi,
vas marchando,
apenas genuflexo
por entre la alegoría
de tus adobes mendigos
de libertad
y de pujanza.
La pedrería esmeralda
de los árboles
decora el grito del tejado
amarillo de la paja
y empuja la canción
hacia el vivac del sol
en lontananza
y estruja la camisa
de la tarde,
de todos sus sudores labrantíos
en la plañidera romanza
de una guitarra brava.
En tanto,
tus manos como reptiles ágiles
bordan la artesanía
del hombre azul,
que en ti siembra,
gime,
y enlutado, vacía
su cántaro de miel
al caminante.

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