UNA POSTAL DESDE EL VOLCÁN, de Wallace Stevens





Los niños que recogen nuestros huesos
nunca sabrán que alguna vez fueron
tan rápidos como los zorros en el cerro;
y que en otoño, cuando las uvas
hacían más penetrante el aire con su olor
estos tenían un ser que respiraba escarcha;
y menos adivinarán que con nuestros huesos
dejamos mucho más, dejamos lo que aún es
la apariencia de las cosas, dejamos lo que sentíamos
en lo que veíamos. Las nubes primaverales soplan
sobre la mansión cerrada,
más allá de nuestra puerta y el cielo ventoso
clama una desesperanza literaria.
Conocimos durante mucho tiempo el aspecto de la mansión
y lo que decíamos se volvió
parte de lo que es… Los niños,
aún tejiendo aureolas en flor,
dirán nuestro discurso y nunca lo sabrán,
hablarán de la mansión que parece
como si quien vivió allí hubiera dejado atrás
un espíritu al asalto en los muros desnudos,
una casa inmunda en un mundo destruido
un jirón de sombras coronado de blanco,
manchado con el oro del sol opulento.

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