a ese cordero le enseñaron a odiar,
porque os amo, hijos, os perdono.
Es tan fácil hablar, contar los días,
encender lamparones que enturbien la confianza,
trastornar el artículo y sentirse maldito.
Yo no vine por eso.
Me pongo triste de hombre, solitario de oficio,
hago mis versos tristes, me emociono,
vuelvo a mirar el sol y condiciono
mi impresión de la tarde con un grito.
Me rozo con el cielo porque sí,
de gigante que siento el alma dentro mío.
Siento cariño al vino, a la simiente,
a lo que anda en la calle y lo que siente
que el hombre es puro, soberano, altivo.
Tengo fe en sus trabajos, en su puesto,
en su rumor de lechos, en su furor continuo.
No siento lástima de nadie, no me conmueve
el pobre por ser pobre
ni el rico por ser rico,
el hombre,
sólo el hombre me conmueve
hasta reír llorando a gritos.
Creo en él, creo en los que creen en él,
creo, porque si no creyese
esta misma tarde me pegaba un tiro.
El mundo es mundo y seguirá rodando
porque nadie le ha visto detenerse en el vuelo.
Nosotros construiremos,
haremos pájaros con nuestras libres manos,
reiremos de fuertes, lloraremos de alegres,
cantaremos…

Comentarios
Publicar un comentario