UNA RAMA VERDE, de William Faulkner







 I
TOMAMOS té, sentados
bajo las lilas, una tarde de verano.
Nos sentimos cómodos, sin preocupaciones,
con servilletas limpias en las rodillas,
sentados los tres, presos
de una beatitud circunspecta,
para no revelarles a los otros
la felicidad ilimitada que sentimos
aquí, juntos, contemplando la luna joven,
tumbada con recato de espaldas, y la primera estrella.
Hay mujeres aquí:
criaturas de hombros muelles, envueltas en vaporosos fulares,
que pasan
y nos miran con extrañeza al pasar.
Una de ellas, nuestra anfitriona, vacila al acercarse a nosotros:
-¿Se encuentra usted a gusto, señor? – se para y me pregunta.
Me temo que le tenemos algo desatendido.
-¿Desea más té? ¿O cigarrillos? ¿No?
Le doy las gracias y espero a que se vaya.
Se nos antojan personajes de una mascarada.
-¿Quién?- derribado
la primavera pasada- Pobre tipo, su mente
…dicen los médicos…esperan que el reposo le…
Ocupados con el té, los cigarrillos y los libros,
sus voces nos llegan como una maraña de graznidos.
Seguimos sentados, en silenciosa amistad.
-Era una mañana de finales de mayo:
una dama blanca, una blanca lasciva junto a un soto,
una aparición blanca, reflejada en un lago;
y yo, amigo mío, había despegado antes del alba
en mi pequeño cacharro de orejas puntiagudas,
para perseguirla por las alturas resplandecientes del cielo.
Sabía que podía atraparla cuando quisiera,
porque ninguna ninfa era más veloz que mi máquina.
Subimos, más y más,
y la encontramos en la linde de un bosque:
una arboleda de nubes. Me detuve junto a ella
y sentí sus brazos y su aliento fresco.
Aquí me alcanzó la bala, creo
que en el costado izquierdo,
y mató a mi pequeño cacharro de orejas puntiagudas. Lo vi caer,
el vino que quedaba en la copa…
Pensaba que podía dar con ella cuando quisiera,
pero ahora me pregunto si he llegado a encontrarla, después de todo.
Nada debería morir así,
en un día como ése,
de un balazo airado, o de cualquier otra forma moderna.
Ah, la ciencia es una boca a la que resulta peligroso besar.
Deberíamos caer, a mi juicio, abatidos por un dardo etrusco,
en prados en cuya hierba lujuriante floreciera la danza de las Oceánides,
y, en un día como hoy,
convertirnos en una alta columna salomónica: me gustaría ser
una encina en una isla rodeada de mares púrpuras.
En lugar de eso, una bala me atravesó el corazón.
Sí, tienes razón:
nadie debería morir así,
y sin ninguna causa, sin ninguna razón.
Se puede entender que alguien como tú hable
de elevarse hasta el cielo remoto y diáfano, en busca
del beso de la muerte: tú desconocías la felicidad
de un hogar y una familia, la serenidad
de la vida y del trabajo y la alegría que constituían nuestro patrimonio;
y, lo mejor de todo, de la edad.
Eramos demasiado jóvenes.
Y, sin embargo – se pasa la mano por los ojos –
sin embargo, no podía ser de otro modo.
Habíamos participado
en una incursión sobre Mannheim. ¿Conoces
ese lugar? Entonces sabrás
que uno se cuelga de las estrellas y ve
explotar a la negrura inmóvil, y cómo llena los astros de metralla,
y cómo, rasgada por venablos de luz, se alza en olas estremecidas,
cuyas crestas parpadean, fútiles e incesantes.
Nos atraía, aquella noche, la tierra oscura:
nos reclamaba que abandonáramos el aire atormentado por las balas,
negro cuenco de luciérnagas…
Esto se ha de acabar, tarde o temprano:
nadie debería morir así.
Nadie debería morir así.
Su voz se ha apagado y el viento imita sus palabras,
mientras asienten las lilas, pendientes de sus escuetos tallos,
como mostrando su acuerdo con él,
que habla sin preocuparse por que se le oiga o no.
Nadie debería morir así.
Palabras entre audibles y mudas
que revolotean como pájaros grises
alrededor de nuestras cabezas.
Seguimos sentados, en silenciosa amistad.
Tengo frío: el sol se ha puesto
y está refrescando aquí,
donde estamos. La luz ha seguido al sol
y ya no distingo
a las pálidas lilas recortadas y temblorosas contra lila pálido del cielo.
Inclinan las cabezas hacia mí como una sola cabeza.
-Viejo – dicen-, ¿cómo moriste tú?
Yo, yo no estoy muerto.
Oigo sus voces como si vinieran de muy lejos: no está muerto.
No está muerto, el pobre tipo: no ha muerto.

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