SI FUERA LIBRE, IRÍA; de William Faulkner



Iría a donde soplan los primeros cierzos de la primavera
y envuelven a la deslumbrada cumbre de la montaña
con lenguas estridentes, y remolinos,
y feroces pináculos de fuego, y saltaría
desde los escarpados dientes que coronan las hondonadas,
gélidas de silencio. Ahí,
precediendo al año que se despliega,
sobrevuelo las cimas heladas de las montañas
en las que se precipita el cielo, y se remansa,
y, bajo la mirada de la vieja luna,
salto y grito de alegría
ante los abismos insondables
por los que serpentean aguas turbulentas,
y dirijo los ecos al Este y al Oeste,
para que se ciernan en cada soto en el que acecha la bestia,
el Silencio, hasta que regresan, con estruendo,
por la humeante hendidura de la quebrada.
Aquí, las agudas pezuñas de Pan han impreso
este mensaje en la cresta glacial:
Seguidme;
mi siringa – sus menores modulaciones .-
despierta al mundo entero,
conmueve al cielo y a la tierra
con un escalofrío de calor o un espasmo de frío,
horada y hace estallar a la tierra fecunda,
y grita en los sotos que aguardan:
¡venid, oh vivos, despertad y desperezaos!
Así como declina la luz del sol,
chorreando por paredes escarpadas,
hasta llegar, siseante, a las rocas heladas
que motean las colinas como prietos rebaños,
así me interno yo en una recóndita vaguada
en la que brotan las primeras violetas, tímidas
y pálidas, y la primavera, con lágrimas en las mejillas,
me observa desde los sotos cercanos
y reúne sus andrajos
para huir, si alzo la mirada.
Las golondrinas vuelan veloces, casi rozándome,
como flechas pintadas en el cielo,
y la vibración de la cuerda
es el agudo y rápido y tenue canto
que lanzan, cuando se precipitan
en el silencioso estruendo del espacio.
El cornejo florido brilla entre los árboles más delgados,
como una joya en el cabello de una mujer;
corren las aguas de un arroyo inesperado,
canturreando su canción inversa,
y centellean, con blancos calambres de espuma,
abrazadas a pulidas piedras saledizas.
Se afilan y aclaran los delgados renuevos,
y tiemblan los blancos mimbres, como asustados,
sobre la nieve fundida del torrente,
que más parece bailar que fluir.
Entonces despierta por todas partes,
desde lo hondo de los sotos sombríos y quedos,
la respiración de las cosas nacientes,
el silencio vivo de todas las primaveras
por venir, y de las ya pasadas,
y en el suelo del bosque
veo a los silvanos bailar hasta la madrugada,
contemplados por la melancólica primavera.
La primavera, a punto de dar a luz, está triste;
con el pelo mojado,
observa la danza inmortal
que acompaña a la palpitante disonancia del mundo
suscitada por la atenta y chirriante siringa de Pan
ante los días que se suceden, implacables,
como vino derramado por el mundo; y luego se alza:
sus flautas tejen magia en el cielo
y proclaman la alegría y el dolor del nacimiento
de otra primavera en la tierra.

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