Se cimbrean los álamos
del viejo y sombrío jardín,
cabeceando como doncellas,
y susurran por encima de los lechos
de empenachadas malvas locas,
de asteres púrpuras y de flux,
prisioneros del sueño de otro de las margaritas,
incalculable fortuna vertida sin tasa
a sus esbeltos y menudos pies
de bailarinas en equilibrio, aéreas y gráciles.
La luz de las rosas se consume
como la de las velas, e irradia oro en el aire quieto:
las nubes resbalan por el cielo de poniente
para contemplar este ensueño inundado de sol,
mientras las crestas fulgentes de los álamos
rozan apenas sus pechos de plata,
sin soñar con las nieves del invierno
que pronto perturbarán sus hileras virginales.
Los días, de platino, pasan soñando
junto a la argentina luz de la fuente,
que se proyecta y tiembla con la brisa,
airosamente delgada, como los árboles,
y cubre luego con su brillante cabellera
el hermoso rostro tachonado que se refleja
en el estanque inmóvil.
¿Por qué estoy triste? ¿Yo?
¿Por qué insatisfecho? El cielo
me insufla calor, pero soy incapaz de romper
mis límites de mármol. Esa veloz y vivaracha serpiente
es libre de ir y de venir, en tanto que yo
soy prisionero del ensueño, y suspiro
por cosas que sé, pero que no puedo conocer,
diseminadas entre el cielo y la tierra.
La tierra que me circunda incita a mis pies
con huertos rebosantes de apetitosos frutos,
con colinas y arroyos por doquier,
con dormir de noche, en arenas blanqueadas por la luna:
el mundo entero respira y me llama,
a mí, confinado para siempre en el mármol.
del viejo y sombrío jardín,
cabeceando como doncellas,
y susurran por encima de los lechos
de empenachadas malvas locas,
de asteres púrpuras y de flux,
prisioneros del sueño de otro de las margaritas,
incalculable fortuna vertida sin tasa
a sus esbeltos y menudos pies
de bailarinas en equilibrio, aéreas y gráciles.
La luz de las rosas se consume
como la de las velas, e irradia oro en el aire quieto:
las nubes resbalan por el cielo de poniente
para contemplar este ensueño inundado de sol,
mientras las crestas fulgentes de los álamos
rozan apenas sus pechos de plata,
sin soñar con las nieves del invierno
que pronto perturbarán sus hileras virginales.
Los días, de platino, pasan soñando
junto a la argentina luz de la fuente,
que se proyecta y tiembla con la brisa,
airosamente delgada, como los árboles,
y cubre luego con su brillante cabellera
el hermoso rostro tachonado que se refleja
en el estanque inmóvil.
¿Por qué estoy triste? ¿Yo?
¿Por qué insatisfecho? El cielo
me insufla calor, pero soy incapaz de romper
mis límites de mármol. Esa veloz y vivaracha serpiente
es libre de ir y de venir, en tanto que yo
soy prisionero del ensueño, y suspiro
por cosas que sé, pero que no puedo conocer,
diseminadas entre el cielo y la tierra.
La tierra que me circunda incita a mis pies
con huertos rebosantes de apetitosos frutos,
con colinas y arroyos por doquier,
con dormir de noche, en arenas blanqueadas por la luna:
el mundo entero respira y me llama,
a mí, confinado para siempre en el mármol.

Comentarios
Publicar un comentario