II
Bajo el manzano, la forma torturada de Eva
brillaba en la de la serpiente. Su pecho desgarrado
eludió sus anillos y huyó como el sol
para anunciar de Este a Oeste lo abyecto de su pecado.
Acaso pueda calentarse el hombre, en las noches de invierno,
con la expiación de los pecados que antaño cometiera,
o con fetiches que conjuren el ardor de la sangre,
aunque olvide que, por respirar, ha heredado ese ardor.
Pero decaen los dioses de hoy: la vieja Serpiente
es coronada y entronizada en su lugar, y tiene por favorita
a esa manzana de oro que nunca sacia,
pero que alimenta y aviva una migaja de fuego en el hombre,
cuando el chorlito
y la golondrina y los pájaros estridentes sobrevuelan, veloces,
hacia el Norte,
al nazareno, al romano y al virginiano.

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