A José Ortega y Gasset
Para librarnos del sol
abramos estos árboles
que brotaron anoche de mis venas.
Una lluvia de abejas
se inmoviliza suspendida apenas.
Los colores duermen
en la acequia ensordecida.
Y las norias cantando ingenuidades
dan vueltas a la vida.
Rápido.
Rápido como un viaducto
ha cruzado un torbellino de naufragios.
Todos reconocimos
quién la cabeza propia
quién un brazo.
Y sin embargo,
henos aquí magníficos
bajo el emparrado telegráfico.
Henos aquí pulsando entre árbol y árbol
las siestas bien abiertas
desgarradas en lentos desperezos.
Cae un fresco granizo de murmullos.
Elevemos la voz
más allá
de los muros.
Todo era cierto.
Los pordioseros se han vestido de fuego
vuelto al sur
se espulga
el viento que en su último raid
perdió todas sus plumas.
Una pareja de robles
arrastra lentamente
al verano embriagado
que duerme sobre sombras verticales.
Se ha agostado las catedrales.
Y los mapas resecos
no pueden exprimir sus carreteras.
Veremos la catástrofe
al resplandor de hoguera de las bayonetas.
Una bandada de últimos jirones
transmigra hacia un oriente de leones.
Lloremos.
La fiesta perdió sus cuernos
que quedaron enredados en los cierzos.
Y allá abajo
en el fondo del crepúsculo
que sueña en el pozo de su musgo.
La luna adolescente
que disparó la flecha póstuma
ha dejado caer lacias sus cuerdas.

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