AIRE, de Gerardo Diego





Ya se apagaron los celestes fuegos.
Ahora el paisaje es como un gran latido,
palpita un manso anhelo de ternura
en su regazo lírico
en tanto que con gracia sosegada
se despereza el suelo estremecido.
El labio innumerable de la brisa
me acaricia solícito.
Juego de luces suave como un bálsamo,
el ámbito humedece de amarillo
temblor la luz difusa
del éxtasis muriente vespertino,
y en ella se disuelve
la que derrama tibio
el farol con su pulpa azucarada
y su aureola verdosa. Se oye el tímido
pestañear del lucero de la tarde,
solo en el infinito.
Es todo aéreo, frágil, luminoso.
Tosas las cosas son como suspiros
que del alma del mundo, tierna y grande,
se escapasen furtivos.
Y yo siento en mi alma cómo nacen
las alas milagrosas del espíritu.

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