LUZ DE INVIERNO, de Eugenio Montale






Al descender del cielo de Palmira
sobre enanas palmeras y propileo escarchado
un zarpazo en el cuello me advirtió
que tú a raptar me irías,
al descender del cielo de la Acrópolis
y encontrar, en kilómetros, serones
de pulpos, de murenas
(la sierra de sus dientes
en el pecho encogido).
Cuando dejé las cimas de las albas
inhumanas a causa de aquel gélido museo
de escarabajos, momias (tú te encontrabas mal,
única vida) y comparé la piedra pómez
y el jaspe, arena, y sol, y fango
y la arcilla divina
con la chispa
que allí se alzó,
yo renovado fui e incinerado.

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