Allá va la infanta
vestida de labriega
recitándole a la luna las canciones
de la montaña huera,
las canciones del cuco,
que entona desde su rama
divinas notas que alegres resuenan
en las cumbres de los Pirineos.
La infanta traduce:
«Oh, soñador orbe,
a vos quiero cantar mis mejores ofrendas,
que puras y humildes han de sonar».
El cuco canta, con dos notas de plata,
su alabanza a la luz,
la luz de la que está hecha la luna,
y la infanta va y viene,
renegada de la naturaleza, diminuta,
apenas un susurro en un claro de ese bosque de España.
(En realidad, el cuco es un ave despreciable, que lleva un chaleco de rayas sucio, y roba y hurta, se cuela en las casas, secuestra bebés y luego se esconde en los relojes suizos. ¿Se le perdona todo por su mágico canto? Esta duda ancestral sigue sin tener respuesta.)
vestida de labriega
recitándole a la luna las canciones
de la montaña huera,
las canciones del cuco,
que entona desde su rama
divinas notas que alegres resuenan
en las cumbres de los Pirineos.
La infanta traduce:
«Oh, soñador orbe,
a vos quiero cantar mis mejores ofrendas,
que puras y humildes han de sonar».
El cuco canta, con dos notas de plata,
su alabanza a la luz,
la luz de la que está hecha la luna,
y la infanta va y viene,
renegada de la naturaleza, diminuta,
apenas un susurro en un claro de ese bosque de España.
(En realidad, el cuco es un ave despreciable, que lleva un chaleco de rayas sucio, y roba y hurta, se cuela en las casas, secuestra bebés y luego se esconde en los relojes suizos. ¿Se le perdona todo por su mágico canto? Esta duda ancestral sigue sin tener respuesta.)

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